El Tablero Ucraniano (II): Lucha por el relato y bluf ruso

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Despliegue militar en Yelnia, Rusia. Fuente: EFE.

Por Alejandro López.

La diplomacia continuaba retrasando semanas una potencial operación. Con Rusia buscando una implicación de Estados Unidos en el cumplimiento de los acuerdos de Minsk por parte de Ucrania, el envío de respuestas escritas, el anuncio de nuevos encuentros y la oportunidad de la diplomacia retrasaban cualquier eventualidad hasta febrero.

¿Hacia una lucha por el relato?

Por un lado Estados Unidos seguía retrasando una potencial operación militar mientras se seguía armando –con Reino Unido en la vanguardia- y autorizando a los Bálticos a armar a Ucrania, se oían rumores sobre formas de suministrar alternativamente a Europa con gas en caso de ruptura con Rusia y se seguían acercando los Juegos Olímpicos de Invierno, donde Rusia pretendía anunciar algún paso de acercamiento a China.

Por otro lado Rusia podía aprovechar todo este tiempo para seguir movilizando las inéditas cantidades de efectivos y batallones tácticos, venidos incluso desde el Distrito Oriental militar ruso, así como aumentando la organización en torno a la frontera sur de Bielorrusia para los ejercicios militares de febrero. Cabe señalar que estos ejercicios estaban programados y no suponían una novedad sobre la marcha, tras el anuncio de diciembre. Otro punto a explicar es el del despliegue ruso, que alcanza la cantidad de equipamiento militar estacionado suficiente para suministrar a unos 200.000 efectivos.

Tras el despliegue de unas 120.000 tropas en abril de 2021, según estimaciones ucranianas, llegaría el encuentro Putin-Biden en junio, con 80.000 efectivos rusos aún en sus posiciones. En septiembre llegarían de nuevo a 200.000 efectivos entre los participantes de los ejercicios militares Zapad 2021, en el flanco occidental y con la presencia de India, Pakistán, Sri Lanka, Mongolia, Kirguistán, Kazajistán, Armenia y Bielorrusia. La dupla abril-junio entre el despliegue inicial y la reunión de líderes sería concentrada e incrementada entre octubre y enero hasta buscar un umbral de unos 150.000-200.000 efectivos ya solo con presencia rusa y sin el pretexto de ejercicios militares, aunque en diciembre se anunciarían nuevas maniobras con Bielorrusia para febrero. Sin embargo, estos números sirvieron para convenir los dos nuevos encuentros de los líderes en diciembre y, posteriormente, los de las delegaciones diplomáticas en enero. Desde algunos sectores occidentales se apuntó a que las conversaciones diplomáticas fueran una batalla por el relato justificando Rusia una intervención cuando Estados Unidos se negase a aceptar el contenido de los borradores. Rusia, efectivamente, podía usar la baza de la no disposición occidental a negociar si finalmente ocurría tal cosa.

Para saber más: Crisis en Europa del Este: ¿rumbo hacia una nueva guerra?

¿Hacia un farol y bluf ruso?

El gobierno de Kiev había señalado, por su parte, la necesidad de 500.000 efectivos rusos para poder enfrentar a las tropas ucranianas con éxito pero este cálculo parecía ser excesivo, rondando Rusia un tamaño de despliegue ajustado para dicha campaña. De hecho, en ese contexto el despliegue ucraniano también ha sido de gran tamaño dentro de su propio país y cerca de las fronteras rusas, alcanzando 120.000 soldados según el líder de la autoproclamada República de Donetsk, Denis Pushilin. La amenaza de ruptura, por tanto, era mutua y no solo rusa, ya que ambos despliegues ocurrían dentro de su propio territorio respectivo sin menoscabo de la sensación de amenaza que pudiera implicar para la contraparte.

Otro gobierno con el que caben dudas interpretativas es el de Bielorrusia, tras las declaraciones de Lukashenko sobre que si hay una guerra, “está claro de qué lado [entrarían]”. No está claro, sin embargo, que Bielorrusia esté dispuesta a romper los lazos sociales que mantiene con Ucrania, como ya ha ocurrido con Rusia, en una confrontación armada. Un punto a favor de la ruptura sería el liderazgo de facto que Lukashenko ha ejercido para la intervención acordada con Kazajistán en el marco de la CSTO en la segunda semana de enero.

Las conversaciones, en cualquier caso, no avanzaron sustancialmente al situar Estados Unidos la precondición del repliegue ruso para negociar los puntos solicitados. El hecho en sí ya movió el marco hacia la diplomacia, lo cual fue considerado un éxito de Rusia con respecto a años anteriores, ya que estas demandas son objetivos presentados persistentemente y de forma variable durante décadas. Pero el viraje de más y más países aliados hacia Occidente y la sustancial mejoría militar rusa, así como el endurecimiento nacionalista de la debilitada política rusa en los 90, han permitido la mayor asertividad de Rusia en sus demandas de seguridad. El punto de inflexión claro es el Maidán, dado que Kiev es una plaza clave para Rusia, que considera a Ucrania el mismo pueblo que Bielorrusia y Rusia, así como por la importante pero incierta población rusófona que habita el país.

La negativa a una desescalada previa en este escenario fue total y Rusia no rebajó las expectativas de su despliegue sino que siguió aumentando el número hacia febrero. El escenario en que una cesión mínima estadounidense propiciase una desescalada rusa se alejaba pero aún no quedaba descartado si Moscú aceptaba situarse en el centrismo frente al maximalismo de su propuesta inicial. Sin embargo, se ha contemplado la posibilidad, especialmente desde sectores atlantistas, de que Rusia sea un poder en declive y una negativa de EEUU a ceder y ofrecer una rampa de salida a Rusia no sirviera para situar a Moscú en esa posición centrista sino que terminaría desescalando en un bluf que esperase la apertura de otra ventana de oportunidad en el futuro. Este escenario de satisfacción mínima y búsqueda de salvoconducto es posible solo si el cálculo de las sanciones contra Rusia o del alineamiento europeo en su contra arrojase un saldo más negativo que lo positivo que pudiera obtener de la corrección estratégica sobre un potencial gobierno prorruso, balanceado o neutral en Ucrania.

Para saber más: Ucrania: ocho años de crisis.


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Antropólogo, profesor y biólogo especializado en gestión de socioecosistemas. Ahora me dedico al análisis de política internacional.

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