El genocidio yazidí de 2014 y sus implicaciones

Escrito por Guillermo Di Marco Sánchez 

En 2014 el Daesh parecía imparable. Los avances del grupo terrorista en Siria e Iraq eran vertiginosos y las autoridades iraquíes y las fuerzas armadas del KRG, el Gobierno Regional Kurdo de Iraq por sus siglas en inglés, parecían incapaces de contenerlos. El día 1 de agosto había llegado a las cercanías de la ciudad de Sinjar, un enclave habitado mayoritariamente por miembros de la minoría yazidí. La zona circundante a la ciudad, que contaba con una fuerte presencia de la mencionada minoría, estaba habitada principalmente por árabes suníes. 

Los Yazidíes. 

La religión yazidí es una de las muchas que conviven en Siria e Iraq desde hace siglos. Sinjar es sin duda la ciudad en la que habitaban la mayoría de los fieles de esta religión, e Iraq era, por lo tanto, el país donde más numerosos eran los miembros de esta minoría. Los otros dos puntos donde se produce una concentración elevada de yazidíes son Afrin, una provincia del Norte de Siria ocupada en estos momentos por proxies turcos, y el sur de Ereván, en Armenia. La mayoría habla el kurmanji, un dialecto kurdo, así que se les suele considerar como kurdos étnicos. Sin embargo, la diferencia religiosa y los recientes acontecimientos han llevado a algunos a diferenciarse del resto de sus vecinos priorizando su identidad yazidí. 

El origen del yazidismo tal y como se manifiesta en la actualidad se puede establecer en el siglo XII, siglo durante el que vivió el jeque Adi ibn Musafir, su último profeta o reformador religioso. La religión manifiesta, en sus dogmas y ritos, reminiscencias del sufismo musulmán y de distintas religiones iranias, especialmente el zoroastrismo. Las particularidades de la teología yazidí han sido objeto de ataques por parte de grupos musulmanes radicales por, supuestamente, adorar al diablo. 

 Lalish, el santuario más importante de los yazidíes. 
Fuente, Wikipedia

El dios yazidí recibe diversos nombres, aunque el más usado probablemente sea Khoda. Éste es lo que la filosofía latina llamaría un “Demiurgo Indiferente”, que no se implica en los asuntos mundanos. A su vez, ha tenido y tiene tres manifestaciones corpóreas. La primera es Melek Taus, el Ángel Pavo Real, las otras dos son el califa Omeya Yezid I y el jeque Adi. Melek Taus ha sido identificado en distintas ocasiones con Azrael, Arcángel de la Muerte o con el mismo Satán, el Ángel Caído de la tradición bíblica, por el mito que lo introduce a la teología yazidí. Por otro lado, el califa Yazid I fue el que asesinó a Huseyn, el hijo de Alí adorado por los chiíes como Imán martirizado, y a su familia. Estas lecturas han sido aprovechadas por distintos gobernantes para exacerbar el recelo de la población musulmana y divertir el descontento de la población contra esta minoría religiosa. Los yazidíes cuentan que han sufrido un total de 74 genocidios a lo largo de su historia.

Por otro lado, los yazidíes creen en la reencarnación. Su sociedad está muy jerarquizada, con una estructura de castas -que ya pocos tienen en cuenta- fuertemente patriarcal y conservadora. Como comunidad, impiden los matrimonios con personas ajenas al yazidismo. Esto ha permitido que aun a día de hoy muchos yazidíes conserven los cabellos y los ojos claros de sus ancestros arios. Su santuario principal se encuentra en el pueblo de Lalish, en el Kurdistán Iraquí, un lugar de peregrinación en el que se encuentran los restos del jeque Adi. 

El ataque contra Sinjar. 

Los hechos que abarcan la primera quincena de agosto de 2014 son complejos y hay distintas versiones que tratan de explicarlos. Lo que es seguro es que el uno de agosto los Peshmerga – “los que miran a la muerte a los ojos”, los militares de la región autónoma kurda- del KRG combatían al Daesh al sur de la ciudad de Sinjar. El frente se extendía hacia el este, donde el grupo terrorista ya tenía Mosul. Ya entonces llegaron varios avisos de que se estaban produciendo masacres en la zona, aunque es probable que fueran pocos los que pudieron contar lo que sucedía, pues los asesinatos y secuestros eran llevados a cabo en el mismo momento en que los terroristas tomaban una aldea. Entre el día dos y el tres los Peshmerga, según fuentes yazidíes, se retiraron abruptamente de la zona, dejando el camino abierto para el Daesh, que entró en la ciudad de Sinjar sin oposición, entre las 08:00 y las 09:00 de la mañana del día tres. Es posible que los muertos entre los yazidíes, en la toma de la ciudad de Sinjar y de los pueblos de los alrededores, asciendan a varios miles -5.000 es la cifra más consensuada-, casi todos varones o mujeres ancianas. Las mujeres las niñas -hasta 11.000 según algunas estimaciones- fueron secuestradas y vendidas como esclavas, principalmente con fines de explotación sexual. Sin embargo, ese día no sólo cayó Sinjar, pues el grupo terrorista avanzaba también por los pueblos cercanos a la ciudad. La masacre de yazidíes se extendió por toda la región. 

La población huyó con lo puesto, sin apenas equipaje. Los más afortunados, especialmente los que salieron de la zona antes del día tres pudieron huir por Siria. La carretera Hasaka era peligrosa y la de Tal Afar y Mosul estaba siendo empleada por el Daesh para llevar a cabo su ofensiva. Por ello, se estima que hasta 50.000 yazidíes, quizá más, huyeron al norte hacia las Montañas de Sinjar, refugio tradicional de sus antepasados y única vía de escape de la ciudad. Allí quedaron atrapados sin suministros, a casi 50 grados centígrados, y la deshidratación empezó a cobrarse las vidas de los más vulnerables. Si bien la Coalición internacional y el KRG trataron de enviar suministros por vía aérea éstos nunca fueron, ni mucho menos, suficientes. Durante catorce días, decenas de miles de personas permanecieron asediadas por el Daesh en aquellos montes. Las escenas de desesperación alcanzaron al mundo entero, especialmente debido a grabaciones de rescates o de entrega de suministros a través de helicópteros. 

Tras más de diez días de agonía, las YPG y las YPJ, las milicias kurdas de Siria afiliadas al PKK, así como las HPG, guerrillas kurdas del PKK que operan en Turquía e Iraq, consiguieron abrir un corredor que conectaba la frontera Siria con las Montañas de Sinjar. Decenas de voluntarios partieron del Kurdistán sirio con sus coches y, junto a las pick-ups, los tractores y los camiones de las milicias empezaron una difícil evacuación. Ésta no se limitó a la zona montañosa. Salim, un señor de mediana edad, cuenta que se marchó a la población norteña de Zaxho junto a su sobrina cuando unos familiares que vivían en el sur le avisaron que lo que sucedía el día uno. Dice que tuvo suerte porque vivía en el norte, y tuvo tiempo de hacer las maletas e irse antes  de que cerraran la frontera. El hermano y los padres de la muchacha no tuvieron la misma suerte. Selim cuenta que recibió una llamada telefónica, ya en el campo de refugiados de Zaxho, donde le entrevistábamos, de un miembro de las YPG. Le preguntó que si conocía a alguien que hubiera quedado atrapado en su zona. Él respondió que sus padres, con problemas de movilidad, seguían allí. Los guerrilleros mandaron a un coche a por ellos. “No tengo ni idea de la ideología del PKK”- asegura- “pero fueron ellos quienes salvaron a mis padres”. En el campo de refugiados de la ciudad de Zaxho todos los testimonios son similares. Salieron con el PKK por la frontera Siria, para volver a la zona del KRG más al norte, por el cruce de Peshjabour. La intervención del PKK estuvo apoyada por los Peshmerga del KRG y la coalición internacional liderada por los EEUU, que bombardeó distintas posiciones del Daesh para sostener el despliegue de la milicia Kurda. Al sur, en la zona ocupada por los terroristas, continuaron las masacres. La más notable la de Khocho, pueblo en el que centenares de hombres fueron asesinados y un millar de mujeres y niñas fueron secuestradas. Nadie consiguió huir, y de entre los hombres tan sólo 19 pudieron sobrevivir escondiéndose entre los cadáveres. 

Diferentes versiones de los hechos. 

La versión más aceptada por los periodistas sobre los hechos del dos y tres de agosto es que las fuerzas del KRG se retiraron de Sinjar y los pueblos vecinos sin avisar. Según dicen algunos testigos, se estimaba que la ciudad contaba con al menos 250 Peshmerga como guarnición y que se podía haber armado a la población. Sin embargo, los militares se retiraron sin previo aviso dejando a la ciudad y a su población a merced de los terroristas. Algunos yazidíes alegan que incluso se les prohibió salir de la ciudad. 

Esta versión es verosímil porque ya entonces era previsible que el Daesh cortara las comunicaciones de la ciudad con Siria y el norte en cuestión de días, y la caída de Mosul convertía Sinjar en una ciudad difícilmente defendible. La perspectiva de acabar atrapados entre el imparable avance de los terroristas y las montañas pudo haber convencido al alto mando de Erbil a abandonar una posición tan importante también a nivel político, ya que se hallaba -y se haya- disputada por los gobiernos de Erbil y Bardad. En las montañas, fueron principalmente voluntarios civiles yazidíes, quizá alguno con experiencia en la policía o en el ejército los que mantuvieron al Daesh a raya. De hecho, se estima que para cuando se completó la evacuación de las montañas, aún había yazidíes ofreciendo resistencia entre Sinjar y sus montañas, continuando la lucha hasta el otoño del mismo año. Además, el propio KRG ha asegurado que existe una investigación en marcha para esclarecer lo sucedido aquellos días de agosto. 

La versión de los Peshmerga difiere notablemente de la anterior. Pudimos entrevistar a algunos oficiales en la ciudad de Zaxho, uno de los cuales es testigo ocular de los hechos. El militar aseguraba que el día uno ya estaba claro para todos que los islamistas iban a alcanzar Sinjar. Se habló con los líderes de los clanes yazidíes para ofrecerles armas, pero éstos las rechazaron alegando que ya tenían. Mientras combatían al sur de la ciudad junto a voluntarios civiles, se les agotó la munición y retrocedieron. Los civiles de los pueblos que ellos iban abandonando corrían a buscar refugio en Sinjar. Tan solo ocho horas después, el Daesh entraba en la ciudad. Grupos de árabes de la zona se levantaron en armas contra ellos cogiéndoles entre dos fuegos. Cuando los terroristas entraron en la población, según el peshmerga, muchos se negaron a creer las atrocidades que cometía el grupo terrorista, “pensaban que era el ejército de Saddam”. Muchos, como aquellos que no querían perder sus posesiones, se quedaron. Los Peshmerga acudieron a cubrir la huida de los civiles, pero fueron atacados por estos antes de llegar a las montañas, pues 

según el entrevistado querían arrebatarles las armas. Además, los peshmerga con los que conversamos se esforzaron por reivindicar su papel en las operaciones de rescate y en la apertura del corredor humanitario. 

Resulta difícil de creer que una población tan instruida en la violencia atroz que se ejerce contra ellos desde hace siglos se negara a creer que el Daesh cometía los peores crímenes, especialmente cuando las amenazas que el grupo profería contra la población yazidí estaban en Youtube, al alcance de todos, y en los medios de comunicación. Sin embargo, los hechos son tan complejos que sería erróneo adoptar una explicación como definitiva o exclusiva. 

Consecuencias a largo plazo. 

Los efectos del ataque del Daesh contra Sinjar han sido devastadores. Más de la mitad de los en torno a medio millón de yazidíes que habitan en el norte de Iraq habitan a día de hoy en campos de refugiados, sin perspectivas de salir de ellos pero soñando dejar Oriente Medio. Muy pocos quieren volver a Sinjar. “No es seguro”. “estamos cansados de tanta violencia”. Nos dicen en el campo de Zaxho. Muchos se sintieron traicionados por sus vecinos árabes, algunos de los cuales se unieron al Daesh según llegó y se pusieron a darles caza y a robarles sus posesiones. Abundan las historias en este sentido, aunque también las hay que dicen que algún amigo o vecino árabe les ayudó a escapar, o incluso les escondió en su casa. En el campo de Zaxho, todas las familias yazidíes tienen al menos una decena de miembros desaparecidos o muertos. Si bien muchas mujeres, como la Premio Nobel de la Paz Nadia Murad consiguieron escapar de sus captores y otras muchas fueron liberadas por las YPG/YPJ en siria, los Peshmerga o las milicias chiíes de Bagdad en Iraq, ahora que el Daesh no controla ningún territorio se desvanecen las esperanzas de encontrar vivas a muchas de las personas que fueron secuestradas. 

Los recelos entre los kurdos y los árabes han aumentado, si cabe. Los Peshmerga dicen que hay un grupo de terroristas yazidíes que se dedican a matar musulmanes en Sinjar y por otro lado, la identidad kurda se diluye entre los yazidíes, que cada vez se identifican más con su comunidad religiosa aun cuando en muchos casos no son practicantes. 

En cuanto a Sinjar, se encuentra en estos momentos bajo control de milicias chiíes y yazidíes al servicio de Bagdad tras la retirada de las fuerzas kurdas. Las milicias yazidíes afines al PKK, las YBS, abandonaron la ciudad después de que Turquía amenazara con lanzar una ofensiva contra la misma, y los militares del KRG hicieron lo propio tras el desastroso referéndum de independencia de 2017. Fue una operación conjunta de las fuerzas kurdas, organizada principalmente por el KRG, la que recuperó la ciudad en noviembre de 2015. 

Por otro lado, en la vecina Siria, los yazidíes denuncian estar siendo perseguidos en la región de Afrin, ocupada por islamistas y mercenarios al servicio de Turquía en 2018, un lugar que cientos de miles de kurdos y la gran mayoría de los yazidíes que allí vivían han abandonado frente a lo que, según denuncian, es una campaña de limpieza étnica orquestada por Turquía. En sus casas se instalan familias de milicianos leales a Ankara o refugiados árabes suníes, mientras que cristianos, kurdos y yazidíes son expulsados y amedrentados con secuestros recurrentes, quemas de cosechas y matrimonios forzados. 

Las condiciones de vida de los yazidíes no han hecho más que empeorar con el tiempo. Solo la emigración parece depararles una vida ajena a los conflictos enquistados de Oriente Medio, donde la violencia, independientemente de la causa que la originó, siempre parece acabar cebándose con ellos. 

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