
La Conferencia de Seguridad de Múnich, celebrada en febrero de 2026, volvió a poner sobre la mesa la cuestión de la disuasión nuclear europea. La guerra en Ucrania no solo ha reintroducido la contienda convencional en el continente, también ha desmantelado la etapa de los dividendos de la paz que permitió a Europa delegar su defensa última en Estados Unidos, debilitando ahora la credibilidad de la disuasión nuclear transatlántica.
Las capitales europeas se mueven entre dos vectores de inestabilidad. Por un lado, el revisionismo del Kremlin, dispuesto a emplear la coerción militar como instrumento de poder. Por otro, la imprevisibilidad estratégica de Estados Unidos bajo la segunda administración de Donald Trump, cuya lógica unilateral y su enemistad ideológica con el proyecto europeo han erosionado la dimensión política del vínculo atlántico.
Pero las dudas en torno al compromiso efectivo con el Artículo 5 del Tratado de la OTAN no son meramente retóricas, ya que van acompañadas de señales que supeditan el paraguas nuclear al gasto militar o a concesiones políticas, lo que introduce un elevado grado de incertidumbre. En este sentido, cuando la garantía de seguridad se percibe como condicional, la disuasión pierde parte de su credibilidad.
Adicionalmente, el giro estratégico de la Casa Blanca, formalizado con la Estrategia de Seguridad Nacional, señala la seguridad europea como una prioridad secundaria frente a su repliegue hemisférico y su reorientación hacia el Indo-Pacífico.
Al mismo tiempo, Moscú ha adaptado su doctrina nuclear, difuminando la frontera entre guerra convencional y nuclear y ampliando las circunstancias que podrían justificar el empleo de su arsenal. En su nueva doctrina, Moscú avisa que cualquier ataque de un Estado no nuclear que cuente con el apoyo de una potencia nuclear será considerado un ataque conjunto.
Así, el debate nuclear en Europa se desarrolla sobre tres premisas: la erosión de la credibilidad del paraguas nuclear transatlántico, la adopción por parte del Kremlin de una doctrina nuclear más agresiva y el desplazamiento de las prioridades estratégicas de Estados Unidos.
Los pilares nucleares de Europa
En el escenario actual, la coordinación entre Francia y Reino Unido es el único pilar de disuasión nuclear estrictamente europeo. Sin embargo, este descansa sobre doctrinas distintas.
Mientras Londres integra su disuasión dentro de la arquitectura nuclear de la OTAN, la doctrina francesa se fundamenta en la protección de sus intereses vitales. Esta formulación, deliberadamente ambigua, permite a París preservar el control soberano de su arsenal nuclear y evitar compromisos automáticos con terceros.
Esta colaboración llegó a su punto más álgido con la Declaración de Northwood de julio de 2025. Londres y París acordaron reforzar la coordinación de sus fuerzas estratégicas ante un Estados Unidos cada vez más imprevisible y desvinculado de la seguridad del Viejo Continente.
No se trata de una alianza formalizada en términos comunitarios, sino de un entendimiento pragmático cuyo objetivo es cubrir, en la medida de lo posible, el vacío de credibilidad que deja un paraguas estadounidense percibido como menos automático.
Sin embargo, la asimetría frente a Moscú es estructural. El eje franco-británico suma en torno a medio millar de ojivas, mientras que Rusia mantiene un arsenal cercano a las 6.000, con una superioridad notable en sistemas tácticos y subestratégicos. La comparación cuantitativa no lo es todo en disuasión, pero sí condiciona la gestión de la escalada.
Además, por su parte, Reino Unido arrastra una vulnerabilidad difícil de soslayar. Su disuasión depende de los misiles Trident II D5 suministrados por Estados Unidos. Aunque Londres controla el lanzamiento, la infraestructura técnica y el sostenimiento del sistema están íntimamente ligados a Washington. En un eventual escenario de repliegue estadounidense profundo y prolongado, la capacidad británica podría degradarse a medio plazo.
A la otra orilla del canal de la Mancha, Emmanuel Macron, pese a la falta de consenso interno, ha intentado ampliar la dimensión europea del arsenal francés mediante ofertas de diálogo estratégico y participación aliada en ejercicios.
Sin embargo, el principal dilema permanece intacto, ya que el control del botón nuclear reside exclusivamente en el Elíseo. Para Polonia o los Estados bálticos, cuya percepción de amenaza es inmediata, esta garantía carece de autoridad compartida.
La cuestión central es si París estaría realmente dispuesto a comprometer su propia supervivencia estratégica en respuesta a una incursión limitada en el flanco oriental, si bien de momento parece muy lejos de esa disposición.
Aquí emerge la brecha técnica más preocupante. A diferencia de Rusia, que ha desarrollado una doctrina de escalada gradual apoyada en armas nucleares tácticas de baja potencia, Europa carece de opciones intermedias creíbles, especialmente si se redujera la presencia de bombas estadounidenses en el continente. Entre la inacción y el intercambio estratégico masivo existe un vacío operativo que merma la disuasión.
Este vacío es lo que se conoce como brecha de disuasión, que no implica ausencia total de capacidad, sino falta de coherencia escalonada. En tal contexto, Moscú podría verse tentado a probar la resolución europea mediante hechos consumados, confiando en que los europeos no desencadenarán una respuesta estratégica total por una crisis periférica.
Europa se enfrenta así a una disyuntiva incómoda entre aceptar una disuasión incompleta o asumir los costes políticos y estratégicos de dotarse de una arquitectura verdaderamente autónoma.
Escenarios ante una nueva realidad nuclear
El informe del European Nuclear Study Group, presentado en la Conferencia de Seguridad de Múnich, ha ordenado el debate nuclear europeo en torno a cinco trayectorias posibles.
No existe una solución perfecta, ya que cada opción implica intercambios difíciles entre credibilidad militar, viabilidad jurídica y sostenibilidad política. El debate de fondo no trata de encontrar una fórmula mágica, sino decidir qué coste está dispuesta a asumir Europa para reducir su vulnerabilidad.
El primer escenario, el statu quo reforzado, apuesta por mantener la dependencia del paraguas estadounidense dentro de la OTAN. Es, sobre el papel, la arquitectura más sólida, ya que descansa sobre una tríada nuclear diversificada, décadas de integración operativa y una doctrina consolidada.

Sin embargo, su debilidad es primordialmente política. Tras las tensiones transatlánticas recientes, especialmente tras las reivindicaciones estadounidenses relativas a Groenlandia, la confianza en que Washington arriesgaría su propio territorio por Tallin o Varsovia no es incuestionable. La disuasión depende tanto de la capacidad como de la credibilidad, y esta última se ha deteriorado notablemente con la presidencia de Trump.
La segunda opción, el refuerzo del eje franco-británico, plantea que las dos potencias nucleares europeas actúen como una cobertura disuasoria adicional. Apoyada en la coordinación bilateral iniciada en 2025, esta vía es jurídicamente compatible con el Tratado de No Proliferación Nuclear, ya que no implica transferencia formal de armas.
No obstante, su credibilidad exige inversiones sustanciales en capacidades que hoy dependen de Estados Unidos, tales como inteligencia espacial, alerta temprana, reabastecimiento aéreo y defensa antimisiles. Sin esos habilitadores estratégicos, el pilar europeo seguiría siendo incompleto. Además, en este escenario, persistiría el dilema político del control último de la decisión de pulsar el botón nuclear.
La tercera opción, la eurodisuasión supranacional, es la más ambiciosa y también la más disruptiva, ya que propone un arsenal bajo mando de una autoridad multinacional de la Unión Europea.
En teoría, resolvería el problema de la credibilidad al unificar los intereses estratégicos de los Estados miembro bajo una sola estructura de decisión. En la práctica, choca con la negativa francesa a diluir la soberanía sobre su fuerza nuclear y con la oposición de países comprometidos con el Tratado de Prohibición de las Armas Nucleares. Esta vía requeriría una transformación constitucional y estratégica de enorme magnitud y complejidad.
El cuarto escenario para la disuasión nuclear europea contempla la proliferación nacional, donde Estados como Polonia, que ya han mostrado su intención de avanzar hacia un programa nuclear nacional, podrían desarrollar su propio arsenal.
Desde una lógica estrictamente nacional, ofrecería la máxima autonomía, aunque desde una perspectiva sistémica, supondría dinamitar el régimen global de no proliferación y erosionar de forma irreversible el orden estratégico europeo. Además, aumentaría la inestabilidad, fragmentaría la cohesión interna y podría incentivar respuestas preventivas por parte de Rusia.
Finalmente, la última opción propone reforzar masivamente la disuasión convencional de largo alcance. Incluiría programas europeos para desplegar misiles de precisión con alcances ampliados, que tratarían de elevar el coste de cualquier agresión rusa sin recurrir a la dimensión nuclear.
Es la alternativa políticamente más digerible para la opinión pública, pero sin un respaldo nuclear creíble Europa seguiría expuesta al chantaje atómico bajo una doctrina rusa que integra la escalada nuclear limitada como instrumento coercitivo.
El informe del European Nuclear Study Group no ofrece soluciones cómodas ni fáciles. Sin embargo, pone de relieve la importancia y la necesidad de incluir la dimensión nuclear en el debate de la defensa europea más allá de Washington.
Obstáculos estructurales
La urgencia estratégica no elimina los obstáculos estructurales, algunos de ellos presentes desde el inicio del proceso de integración europeo. La posibilidad de una disuasión nuclear europea autónoma tropieza con un entramado de límites que no dependen únicamente de la voluntad política de las grandes capitales europeas.
El primer muro es normativo. El Tratado de No Proliferación Nuclear establece en sus artículos 1 y 2 la prohibición de transferir o recibir control sobre armas nucleares. Esto limita de raíz cualquier intento de comunitarizar formalmente un arsenal bajo estructuras de la Unión Europea. En este sentido, Francia no puede ceder control sin infringir el régimen de no proliferación y Alemania o Polonia tampoco pueden adquirirlo sin vulnerarlo.
A esta restricción externa se suma una fractura interna. Austria, Irlanda, Malta y Chipre, todos Estados miembro, están comprometidos con el Tratado de Prohibición de las Armas Nucleares, que veta cualquier forma de asistencia o fomento de estas capacidades. En una arquitectura institucional donde las decisiones de defensa requieren de unanimidad, esa oposición basta para bloquear el uso de instrumentos comunitarios en materia nuclear.
Más allá del obstáculo legal, emerge el problema del mando y control. La disuasión exige que las armas estén siempre disponibles y, al mismo tiempo, nunca se activen sin autorización legítima. En un marco multinacional, esta tensión se multiplica.
Un sistema de toma de decisiones basado en el intergubernamentalismo puede caer en la parálisis por indecisión, mientras que un sistema concentrado en una capital genera dudas sobre el compromiso último.

La propia naturaleza de la disuasión nuclear se caracteriza por ventanas de decisión muy estrechas, lo que limita la viabilidad de procesos intergubernamentales de larga duración.
Sin una integración política mucho más profunda, que sea capaz de definir intereses vitales verdaderamente compartidos, resulta difícil convencer a un adversario de que una capital aceptaría arriesgar su propia supervivencia por la defensa de otra.
La disuasión no se limita a ojivas y vectores, sino que también requiere de habilitadores estratégicos –sistemas de alerta temprana, inteligencia espacial, sistemas de mando seguros, reabastecimiento en vuelo y defensa antimisiles– así como de la voluntad política creíble que proyecte al adversario la determinación de usar los medios disponibles si fuera necesario.
Hoy, buena parte de estos habilitadores estratégicos europeos descansan en activos estadounidenses o en la estructura integrada de la OTAN. Duplicarlos de forma autónoma implicaría inversiones de enorme magnitud durante décadas, compitiendo directamente con la modernización de fuerzas convencionales. En esta línea, la autonomía estratégica choca con la realidad de la base industrial.
La producción de sistemas avanzados depende de cadenas de suministro globalizadas y de materias primas críticas como el berilio, el niobio, las tierras raras o el titanio, cuya extracción y procesamiento se concentran fuera de Europa. Sin asegurar estas cadenas, cualquier programa nuclear europeo nacería condicionado por dependencias externas que contradicen su propia lógica de soberanía.
El futuro de la disuasión nuclear europea
El debate nuclear en la Conferencia de Seguridad de Múnich deja claro que la etapa de seguridad externalizada para Europa ha terminado. Ninguna de las cinco trayectorias analizadas permite cerrar la brecha de disuasión sin asumir costes significativos, ya sea en términos financieros, jurídicos o políticos.
La dependencia de Estados Unidos sigue siendo, desde el punto de vista estrictamente militar, la arquitectura más robusta, pero su fragilidad política y la creciente divergencia de prioridades estratégicas obligan al continente a plantearse escenarios propios.
El horizonte más plausible apunta hacia una Europa de dos velocidades, con una autonomía condicionada por el nivel de apoyo que de Washington en cada crisis. No se trataría de sustituir a la OTAN ni de romper el vínculo transatlántico, sino de reforzar el pilar europeo como mecanismo de cobertura frente a la volatilidad de Estados Unidos.
Las divergencias estratégicas entre los Estados miembro, las restricciones jurídicas derivadas del Tratado de Prohibición de las Armas Nucleares y la oposición de varias capitales regionales hacen improbable, por ahora, un consenso pleno en el marco comunitario que termine de definir un futuro claro para la disuasión nuclear europea.
En consecuencia, la respuesta tenderá a articularse en torno a una Europa de geometría variable, con una coalición de Estados dispuestos a asumir mayores responsabilidades. Francia y Reino Unido, con el respaldo financiero e industrial de Alemania y Polonia, podrían coordinar capacidades soberanas mientras se refuerza la disuasión convencional de largo alcance.
Hoy en día, el debate sobre la disuasión nuclear europea no es una discusión abstracta, sino un elemento central de la futura configuración de la arquitectura de seguridad europea. La forma en la que Europa gestione esta cuestión condicionará su margen de autonomía y la credibilidad de su disuasión en las próximas décadas.
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