Diez años de guerra en Libia

Una década después de la caída de Muamar el Gadafi el país norteafricano vive estancado en un conflicto interno que parece no tener fin.

El 20 de octubre de 2011 el líder libio Muamar el Gadafi fue asesinado por las milicias rebeldes en la ciudad costera de Sirte, después de ocho meses de guerra civil en el país. La capitulación de su Gobierno, solo tres días después, ponía punto final al liderazgo de Gadafi tras 42 años en el poder y acababa con el experimento de la Gran Yamahiriya Árabe Libia Popular Socialista, el particular régimen que el líder libio implantó cuando llevaba una década en el poder, en 1977. Este sistema se basaba en la “tercera teoría universal”, plasmada por Gadafi en el conocido como Libro Verde, y consagraba un Estado socialista con influencia del nacionalismo árabe –con mucha fuerza en la época y representado por Gobiernos como el de Gamal Abdel Nasser en Egipto, Hafez el Assad en Siria o Sadam Hussein en Irak, entre otros– con características particularmente libias, como la importante presencia del asamblearismo, inspirado por la tradición de las tribus beduinas del país. Durante su mandato, Libia se alineó con el bloque socialista dirigido por la URSS durante la Guerra Fría y mantuvo relaciones tensas con Occidente, que culminaron en el bombardeo del país por parte de Estados Unidos en abril de 1986, en respuesta a un atentado producido en el Berlín Occidental días antes, del que los norteamericanos acusaron a los servicios secretos libios.

Una vez concluida la Guerra Fría, Gadafi se volvió más pragmático y mejoró sus relaciones con Occidente, no en vano, en 2004 el entonces presidente Bush eliminó todas las sanciones contra el país norteafricano. También tuvo relaciones privilegiadas con países como Francia, España y especialmente Italia, país del que Libia fue colonia hasta 1942. Estas buenas relaciones, sin embargo, no impidieron que, tras las protestas surgidas en el país al calor de la Primavera Árabe de 2011, la comunidad internacional se pusiera de lado de los rebeldes que querían derrocar al dirigente libio. En marzo la OTAN impuso una zona de exclusión aérea y comenzó una cobertura de bombardeos que facilitó avanzar a los rebeldes hasta que, en octubre, Gadafi y su Ejecutivo se vinieron abajo. Diez años después de su caída, Libia vive estancada en un conflicto interno que parece no tener fin y se ha convertido en un Estado fallido sumido en un auténtico caos.

Primera etapa: violencia sectaria y asesinato del embajador estadounidense (2011-2013)

Desde el final de la guerra contra Gadafi comenzaron a vislumbrarse las tensiones territoriales, tribales y religiosas que serían la nota dominante durante la siguiente década. Además, se inició una islamización de un país que, con Gadafi, a pesar de que el nacionalismo árabe y ciertos preceptos islámicos impregnaron su política, siempre mantuvo cierto respeto a las minorías religiosas y cierto laicismo. El presidente del Consejo Nacional de Transición, Mustapha Abdel Jalil, aseguró desde su primer día en el cargo que la sharia –ley islámica– sería la base de la nueva Constitución del país, declaró ilegal el divorcio y reestableció la poligamia, prohibida hasta ese momento en el país. El 31 de octubre de 2011 salió elegido Abdel Rahim al-Keeb, procedente de la capital del país, Trípoli, por 26 votos sobre 51, como primer ministro del nuevo Ejecutivo de transición que condujese a un sistema democrático.

Las elecciones legislativas para elegir a los componentes del nuevo Congreso General de la Nación se produjeron el 7 de julio de 2012, con la victoria del Congreso Nacional General (CNG), que sustituyó al Consejo Nacional de Transición. Pero, a pesar de esta supuesta normalización institucional, la situación en el país estaba lejos de consolidarse. En primer lugar, los intentos del Gobierno de transición de disolver las milicias rebeldes que habían luchado contra Gadafi, o de integrarlas en el nuevo Ejército libio, fueron infructuosos y en marzo de 2012 se seguían contabilizando, según datos oficiales, más de 50.000 civiles armados en el país. Además, la caída de Gadafi llevó a un auge del salafismo en el país –que había estado bajo control durante el Gobierno autoritario del coronel– y las tensiones entre las múltiples tribus y etnias del país se acrecentaron.

Por si fuera poco la tensión territorial por la capitalidad del país entre Cirenaica y Tripolitania, las dos grandes regiones de Libia, fue otro motivo más de disputa. Durante el año 2012 los enfrentamientos se sucedieron. Entre febrero y julio combatientes de la etnia tubu –presente en el sur del país– intentaron ocupar por medio de las armas la región de Kufra, al sureste de Libia, e iniciaron combates con otras milicias árabes. El Ejército tuvo que intervenir para reducir a los milicianos y cayeron en combate más de 100 personas. En el mes de marzo, además, milicianos tubu y combatientes árabes se enfrentaron por el control de la ciudad de Sabha, en el suroeste, con un saldo de 147 fallecidos. El Ejército, finalmente, tomó el control de la ciudad el 31 de marzo. En junio se produjeron nuevas luchas tribales, esta vez en el noroeste, en la ciudad de Zintan, con enfrentamientos entre combatientes de la tribu mashashya y de la tribu guntrara que dejaron 16 muertos y obligaron de nuevo a la intervención del recién creado Ejército libio. A finales de junio, además, combatientes de la Brigada Al-Awfea –originaria de la localidad de Tarhuna, a 80 kilómetros al sureste de Trípoli– atacaron el Aeropuerto Internacional de Trípoli tras la detención de su líder, que había sido arrestado por negarse a entregar dos tanques a las Fuerzas Armadas libias. El Ejército, finalmente, retomó el control del aeropuerto y arrestó a varios combatientes. Los meses pasaban y el Gobierno se mostraba incapaz de domesticar a la multitud de milicias que habían combatido contra Gadafi en la Guerra Civil y que se negaban a aceptar un mando único.

Consulado estadounidense en Bengasi tras el ataque AFP PHOTO/GIANLUIGI GUERCIA

Esta creciente violencia culminó con el asalto, el 11 de septiembre de 2012 –coincidiendo con el onceavo aniversario del ataque a las Torres Gemelas de Nueva York– del consulado estadounidense en la ciudad de Bengasi, un ataque en el que fue asesinado el embajador Christopher Stevens junto con varios empleados de la embajada. El atentado fue reivindicado por la milicia islámica Ansar Al-Sharia, cuya sede fue asaltada e incendiada días después por manifestantes hartos de la escalada de violencia que estaba viviendo el país. A este asalto le siguieron otros en los cuarteles generales de diferentes milicias, con un saldo de decenas de muertos, mientras el Gobierno llamaba a los manifestantes a retirarse de las sedes de las brigadas, y les pedía diferenciar entre milicias “ilegítimas” y las que estaban “bajo autoridad del Estado”.

Segunda etapa: el hartazgo contra las milicias se incrementa (2013-2014)

Los sucesos de septiembre de 2012 parecían haber vacunado a parte de la población frente a la violencia y el Ejército había tomado posiciones en el país. Además, se habían reactivado las exportaciones de petróleo y gas, las reservas que más ingresos habían producido a Libia durante el periodo de Gadafi. Sin embargo, esta “tregua” de la violencia resultó ser solo un espejismo. A finales de abril de 2013 grupos de milicianos cercaron los ministerios de Exterior y Justicia en Trípoli exigiendo que se aprobara una ley que impidiera el acceso a cargos públicos a cualquier persona que hubiera tenido algún tipo de responsabilidad durante el Gobierno de Gadafi. Finalmente, el Congreso aceptó aprobar la Ley de Aislamiento Político y los milicianos levantaron el cerco a los ministerios a mediados del mes de mayo.

En el verano de 2013 se incrementó la tensión en la ciudad de Bengasi, la segunda más grande del país, ubicada en el noreste. Cientos de manifestantes contrarios a las milicias armadas se concentraron frente a la sede de la Brigada Escudo de Libia y los milicianos abrieron fuego frente a los ciudadanos, dejando 31 fallecidos. Horas más tarde, la policía tomó la sede miliciana por la fuerza. Días después, los manifestantes salieron de nuevo a la calle para protestar, en esta ocasión, frente a un cuartel del Ejército libio, al que acusaban de inoperancia frente a las milicias. La tensión se acrecentó y algunos manifestantes lanzaron una granada al cuartel, acabando con la vida de varios soldados y decidiendo finalmente el Ejército su retirada del mismo. Solo cuatro meses después de los sucesos de Bengasi, se produjo un intento de golpe de Estado en el país. El día 10 de octubre el primer ministro, Ali Zeidan, fue secuestrado por el grupo Sala de Operaciones de los Revolucionarios Libios en su residencia en Trípoli. Los milicianos afirmaron que la operación se producía respuesta a la captura por parte de los Navy SEALs norteamericanos de Abu Anas al Libi en Trípoli, un miembro de Al Qaeda próximo a Osama Bin Laden, algo que consideraban una violación de su soberanía.

Sin embargo, para el primer ministro se trataba de un intento de golpe de Estado y, después de una ardua investigación, se concluyó que los cerebros de la operación habían sido dos parlamentarios del partido Zauiya, de ideología islamistaMustafa Treiki y Mohamed Al-Kilani. Finalmente, ambos congresistas quedaron impunes debido a la inmunidad parlamentaria. Al mes siguiente, miles de libios cercaron la base de la milicia de Misrata en el distrito Gharghur para pedir que se unieran al Ejército o se disolvieran, pero los milicianos abrieron fuego dejando un saldo de 31 civiles fallecidos y 235 heridos. En marzo de 2014 se produjo una grave crisis petrolera en el país cuando el barco MV Morning Glory, que llevaba bandera norcoreana, intentó extraer de forma clandestina petróleo del puerto del Golfo de Sidra, que se encontraba bajo control de los rebeldes de Ibrahim Jadran. La operación fue descubierta por el Gobierno libio y el barco terminó siendo interceptado con la ayuda de los Estados Unidos, pero este suceso provocó una crisis política que hizo caer al primer ministro Alí Zeidan, sustituido de manera interina por Abdullah al-Thani. En julio de 2014 al-Thani llevó a buen puerto las negociaciones con los rebeldes de Cirenaica, que entregaron al Gobierno el control de los puertos de Ras Lanuf y Sidra, concluyendo así la crisis petrolera de Libia.

Tercera etapa: la segunda guerra civil (2014-actualidad)

El año 2014 marcó un antes y un después en el conflicto libio. En el mes de febrero entra en escena un personaje singular, el general Jalifa Haftar. Este militar, que había sido aliado de Gadafi durante los primeros años de su Gobierno, marchó al exilio a finales de los 80 –tras ser repudiado por el líder libio debido a su fracaso en la guerra contra Chad–  y volvió al país en 2011 para participar en la revuelta contra su antiguo aliado. Tras la caída de Gadafi y el inicio del Gobierno de transición se consolidó como uno de los más altos dirigentes de las Fuerzas Armadas libias.

En febrero de 2014, Haftar emitio un comunicado en el que ordenaba la eliminación del Congreso General debido “a la deriva que había tomado el país” y proponía la formación de una comisión presidencial que gobernara de forma interina hasta que se celebraran nuevas elecciones. Al no ser escuchado su llamamiento, en el mes de mayo, Haftar anunció una operación militar –bajo el nombre de Operación Dignidad– para deponer al Congreso y derrotar a las milicias islamistas que lo apoyaban. Las hostilidades comenzaron el día 16 de mayo, cuando combatientes de Haftar asaltaron las bases de varias milicias islamistas en Bengasi, incluida la responsable del asalto al consulado norteamericano en 2012, acabando con al menos 70 milicianos. El 18 de mayo milicianos aliados del general atacaron el edificio del Congreso General en Trípoli con armas antiaéreas y cohetes, obligando a los congresistas a huir del edificio. Pocas horas después, el general Mokhtar Farnana, hablando en nombre de la Operación Dignidad, declaraba que el Congreso quedaba “suspendido”. Mientras tanto, las milicias islamistas seguían su avance y una coalición miliciana denominada Amanecer Libio tomó el Aeropuerto de Trípoli en el mes de agosto. Este suceso provocó el inicio de la internacionalización del conflicto, ya que Egipto y Emiratos Árabes Unidos bombardearon posiciones de Amanecer Libio para defender las posiciones de Haftar. Mientras tanto, Catar y Turquía comenzaron a dar apoyo a esta coalición islamista contra el general.

Manifestación a favor de Khalifa Haftar en Bengashi. ABDULLAH DOMA

Por si fuera poco, este mismo año entró en escena el Estado Islámico –que acababa de fundar su califato en Siria e Irak– y que ocupó la región de Derna, en el norte del país, llevando a cabo algunas de sus macabras ejecuciones de “infieles” en su nuevo territorio. También en agosto de 2014 se produjo la división del país en dos bloques políticos ya que el nuevo parlamento libio, la Cámara de Representantes de Libia, no fue reconocido por el presidente del antiguo Congreso General, Nuri Abu Sahmain, que se negó a traspasar oficialmente los poderes al nuevo órgano al exigir que se reuniera en Trípoli, bajo el control del Amanecer Libio. El 29 de enero de 2015, el Ejército Nacional Libio de Haftar y sus aliados de Trípoli decretaron un alto al fuego después del “Diálogo Libio” organizado por la ONU en Ginebra para promover la reconciliación de los distintos bandos. El 17 de diciembre del mismo año tuvo lugar el Acuerdo Político Libio, con el objetivo de resolver la disputa entre la Cámara de Representantes legítima, con sede en Tobruk y al-Bayda, y el Congreso General de la Nación, con sede en Trípoli. Se creó, además, un Consejo de la Presidencia, compuesto por 9 miembros para formar un gobierno de unidad que en dos años pudiera conducir a elecciones. La Cámara de Representantes, según este acuerdo, debía ser el único parlamento y actuar como tal hasta las elecciones.

El 30 de marzo de 2016, el nuevo Gobierno de Acuerdo Nacional (GNA) alcanzó Trípoli por mar debido al bloqueo aéreo. El asentamiento del gobierno legítimo condujo a que después de dos años, en abril, la ONU retornara al territorio. Además, el GNA, junto con la Fuerza Aérea estadounidense, liberó Sirte del Estado Islámico en diciembre del 2016. Sin embargo, el Ejército Nacional de Haftar siguió ganando territorio, y contaba ya en septiembre con el absoluto control de las plantas orientales de petróleo. En julio de 2017, el Ejército Nacional expulsó a Estado Islámico de Bengasi. Un año después, tenía bajo su control Derna, la región que había controlado el grupo terrorista, ahora en retroceso, desde 2014. El 17 de diciembre, Haftar declaró nulo el Acuerdo Político Libio, ya que los comicios anunciados no habían tenido lugar. El general comenzó entonces a ganar repercusión en el contexto nacional e internacional. El 19 de abril de 2019 era la fecha prevista para la celebración de la Conferencia Nacional Libia en Ghadamas con el objetivo de acordar una fecha para las elecciones presidenciales y parlamentarias. Sin embargo, días antes este encuentro fue cancelado debido al inicio de la Operación Inundación de Dignidad del Ejército Nacional, con el objetivo de la “liberación” del país, pero esta operación no tuvo los resultados esperados.

El fracaso de la ofensiva del Ejército Nacional contra Trípoli vino seguido de una retirada generalizada de sus tropas de la mayor parte de Tripolitania. Las tropas leales al Gobierno de Acuerdo Nacional, respaldadas por Turquía, ocuparon el territorio abandonado con escasa oposición hasta llegar a la ciudad de Sirte donde fueron repelidos por los combatientes de la organización paramilitar rusa Wagner que habían establecido una nueva línea defensiva de 70 kilómetros entre Sirte y Al-Jufrah. Esto provocó un estancamiento de la situación permitiendo que, el 21 de agosto de 2020, se firmara un acuerdo alto el fuego permanente que daría paso a un nuevo proceso diplomático auspiciado por Naciones Unidas conocido como el Foro de Dialogo Político Libio que, tras meses de negociaciones y debate, ha dado lugar a la formación de un nuevo gobierno de unidad nacional interino que gobernará el país hasta las próximas elecciones, previstas para diciembre de 2021.

Un estado fallido diez años después

Para expandir: Cobertura – La Crisis de Libia

En el otoño de 2021 Libia es un Estado fallido, inseguro y violento, fracturado en duras divisiones geográficas, tribales y sectarias, con una gran presencia del islamismo radical y el yihadismo en su territorio. Diez años de guerra y conflicto no han sido suficientes para que el país norteafricano haya logrado una mínima estabilidad. El proceso auspiciado por la comunidad internacional tiene como objetivo consolidar unas instituciones estatales comunes y evitar la división territorial de Libia, un proceso que no termina de dar sus frutos.

Las promesas democráticas de la Primavera Árabe no han fructificado ni de lejos en Libia. En 2014, tres años después de la revuelta contra Gadafi, Libia tenía dos parlamentos, un ejército ineficaz y diferentes milicias combatiendo por el control del territorio. El país acabó dividido en dos Gobiernos: por un lado, la del Gobierno de Acuerdo Nacional (GAN), dirigido por Fayez al Sarraj y con el apoyo, tras su nacimiento en 2015, de la ONU, aunque militarmente sostenido por Turquía y Qatar. Por otro lado, el Ejército Nacional Libio (ENL), dirigido por el mariscal Jalifa Haftar y apoyado por Rusia –y sobre el terreno por los paramilitares de Wagner– Emiratos Árabes Unidos, Francia y Egipto. Además, por si fuera poco, en la guerra intervinieron una variedad de grupos yihadistas, entre ellos el Estado Islámico. Después del alto al fuego de octubre de 2020 y tras recibir el apoyo de la Cámara de Representantes, un Gobierno interino reconocido por las dos facciones en litigio y apoyado por Naciones Unidas, el Gobierno de Unidad Nacional, ha tomado el timón de los destinos de Libia hasta las próximas elecciones presidenciales, previstas el 24 de diciembre de 2021. La convocatoria llega sin que Libia tenga aún una Constitución y con el problema, presente aún diez años después, de lograr la unificación del mando y la estructura del Ejército. Tras las presidenciales llegarán, en enero de 2022, las legislativas.

La comunidad internacional necesita una Libia estable que actúe como Estado tapón ante un Sahel en el que el yihadismo tiene cada vez más presencia. Además, el extenso país norteafricano, que cuenta con 2.000 kilómetros de costa, es uno de los puntos de partida de la emigración africana a Europa. Libia es, además, un país muy rico en recursos naturales, y cuenta con las novenas reservas petroleras del mundo. El alto al fuego de las dos grandes organizaciones militares en disputa no debe hacer olvidar que continúan actuando en el extenso territorio libio numerosas milicias armadas, la mayoría de inspiración islamista yihadista. Diez años después, Libia continúa en guerra.

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