Descifrando las islas del Pacífico (III): Papúa Nueva Guinea, un estrecho y dos mundos

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En ocasiones una distancia no solo se mide en kilómetros, también se hace en calidad de vida. Este es el caso de ambas orillas del Estrecho de Torres, donde en la orilla sur (Australia) sus habitantes disfrutan de todas las ventajas de vivir en el primer mundo, mientras que en el norte (Papúa Nueva Guinea), la vida de los locales transita entre la existencia en la miseria y la vida en el Neolítico. Con más de 450.000 kilómetros cuadrados y 8.000.000 de habitantes, Papúa Nueva Guinea es el segundo país más grande de Oceanía, pero al mismo tiempo el más pequeño, ya que su geografía es tan accidentada y sus infraestructuras tan precarias que el control efectivo del Estado es débil incluso en las principales ciudades, Port Moresby y Lae.

El país es fruto de disputas coloniales entre alemanes y británicos durante la Primera Guerra Mundial, las cuales fueron ganadas por los segundos, que a su vez decidieron fusionar las colonias de ambas potencias en una sola y entregar el control de esta a Australia. El resultado de estas tropelías es un país extremadamente asimétrico en el cual se hablan más de 700 idiomas, conviven decenas de etnias y tribus, que habitualmente guerrean entre ellas, una pobreza sistémica que alcanza los estándares africanos y un sempiterno conflicto independentista en las islas del archipiélago de Bismarck.   

James Marape, primer ministro de Papúa Nueva Guinea, concede una rueda de prensa durante su visita oficial a Australia. Mark Graham / Bloomberg

Papúa Nueva Guinea es a día de hoy un cóctel, inestable y peligroso, que mezcla en él un Estado extraordinariamente débil, una disparidad entre el crecimiento económico y el demográfico que suscita un malestar generalizado en la población, una alta tasa de criminalidad y una posición geoestratégica, que como ya se demostró en la Segunda Guerra Mundial durante la ocupación japonesa, es clave en el esquema de seguridad australiano. 

Por ello es evidente que en la disputa geopolítica en curso en la región Indo-Pacífica, dicha nación se verá de una forma u otra involucrada. Ahora bien, la cuestión fundamental, y el motivo que nos atañe aquí, es él ¿cómo se involucrará?  

Una democracia eternamente embrionaria  

Desde su independencia en 1975 hasta la actualidad, la política neo-guineana ha estado caracterizada por tratarse de una intermitente lucha por el poder dentro de las administraciones públicas. En este período todos los gobiernos papúes seguían prácticamente el mismo esquema: un líder crea una camarilla corrupta que le encumbra al poder, ya sea mediante unas elecciones sumamente sospechosas de fraude o una moción de censura, el líder convertido ahora en Primer Ministro purga a los anteriores ocupantes del gobierno, estos se hacen a un lado durante un tiempo, el líder pierde capital político y sus acólitos junto con sus rivales se deshacen de él, formando un nuevo gobierno.  

Actualmente, el hombre fuerte en la política nacional es James Marape, el cual es el primer ministro desde 2019, cuando desbancó a su padrino político: Peter O’Neill. De esta manera, Marape, ha heredado las estructuras corruptas de su antecesor y el apoyo de su región natal, las “Highlands”.  Pese a tener en la práctica el control absoluto del Estado, la figura de Marape, debe aún enfrentar tres amenazas internas, que pueden poner fin a su dominio: 

  • Sam Basil: Un exlíder opositor vinculado a O’Neill, supuestamente para hacerse con el poder desde adentro al menor resquicio de debilidad de su padrino. 

  • Mekere Moratua: Líder opositor con mayor carisma y capital político, además de reconocido intelectual. 

  • Patrick Puatich: Líder del partido “Alianza Nacional” (mayor partido opositor). Es el mejor financiado, ya que tiene importantes vínculos con empresas extranjeras, pero, al mismo tiempo, se encuentra fuertemente deslegitimado, debido a que no ha logrado deshacerse de su vinculación con Michael Somare, cuyos gobiernos son considerados nefastos.  

Esta situación entra dentro de la lógica habitual de la política papú, pero en esta ocasión, la suma de una inestabilidad cíclica, promovida en buena medida por un conflicto de fondo entre la modernidad y la tradición, a un panorama internacional cada vez más convulso pone, a quien quiera que gobierne, en la tesitura de decidir si: se impulsan reformas de calado para poder afrontar los múltiples retos del nuevo siglo, o por contra, se mantiene el status quo, permitiendo a la élite política conservar sus privilegios, pero dejando indefenso al país frente a un futuro que se anuncia convulso.

Así, las elecciones de junio de este año supondrán un punto de inflexión sobre el camino que debe tomar el país.     

Miembros de las pandillas «raskol» de Papúa Nueva Guinea. Fuente: Vice News / Stephen Dupont

Un cáncer llamado violencia  

Entre las características que más destacan de Papúa Nueva Guinea es la inquietante cotidianidad de la violencia. Esta, está extendida entre las comunidades tribales del interior (especialmente de la región de las Highlands), como un medio de proporcionar justicia en un territorio dpnde el estado no está presente, ni se le espera. 

Por ello, la violencia deviene un mecanismo clave de las sociedades tribales papúes, ya sea para imponer el orden dentro de la propia tribu o para castigar a los entes tribales rivales. 

El problema de estas sociedades, es que, si bien ellas se han mantenido ancladas durante milenios en el neolítico (tecnológicamente hablando), el resto del mundo ha evolucionado y ha entrado en contacto con ellas. De esta forma, la entrada de empresas extranjeras en el territorio, con la intención de explotar los recursos naturales y la consecuente entrada de armas modernas, han trastocado por completo los esquemas tradicionales, haciendo cada vez más mortífera la arraigada violencia tribal.  

Este baño de sangre sumado a la miseria que se vive en el interior del país, ha llevado a que las pocas ciudades se hayan convertido en una amalgama de viviendas ilegales donde la falta de expectativas de futuro lleva a una población especialmente joven a unirse a pandillas callejeras, las llamadas raskol, que se caracterizan por su extremada peligrosidad. En la actualidad, las pandillas son un problema interno de Papúa Nueva Guinea, ya que sus acciones criminales se centran en delitos como la extorsión, el secuestro y el robo, además de establecer alianzas con los diferentes partidos políticos para servir a los fines de estos a cambio de dinero, armamento y protección. 

Pese a esto, existe un relevante riesgo de internacionalización y profesionalización de las “raskol”, debido a que Australia se ha perfilado como uno de los principales consumidores de drogas del mundo, con unos precios exorbitantes, ha atraído a todo tipo de bandas criminales, desde tríadas chinas hasta el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG). 

Estos grupos ven en el “patio trasero” de Australia, un caldo de cultivo perfecto para sus negocios, y por sus características, Papúa Nueva Guinea se está convirtiendo en su punta de lanza.  

Ante este panorama y la inoperancia estatal, empresas y ciudadanos han optado por contratar a empresas de seguridad privada locales, las cuales realizan la función de la policía. Pero esto, todo y que puede permitir el desarrollo económico al proporcionar un marco de seguridad física estable, también puede lastrarlo, ya que, estas compañías en muchas ocasiones imponen su ley y se financian mediante la extorsión y la extracción de recursos naturales. Alimentando aún más el ciclo de violencia y caudillismo en el que está inmerso el país.

La guarida del dragón 

Como ya hemos adelantado, China lleva décadas expandiendo su influencia en la Melanesia, y la expansión de esta pasa irremediablemente por Papúa Nueva Guinea.   

En las últimas décadas, atraído por la riqueza en gas natural, oro, madera y cobre de PNG, el gigante asiático se ha convertido en su segundo mayor socio comercial, estando en camino de desplazar a Australia del primer puesto. Esto ha granjeado una enorme influencia al dragón en el país, cosa que se ha traducido en una entrada parcial de Papúa Nueva Guinea en la órbita de Pekín. 

Recibimiento a Xi Jinping en Papúa Nueva Guinea en su visita oficial al país en 2015. Fuente: CGTN

La influencia china se ve agrandada por la imperiosa necesidad que tiene el país de conseguir un socio que pueda asegurar un cierto grado de estabilidad y por la presencia de una importante diáspora china, que se ha conformado como una especie de clase pequeña burguesa. Tal es el poder de Pekín, que cuando en 2016, el por aquel entonces primer ministro, Peter O’Niell, visitó China, prácticamente se vio forzado por el Partido Comunista de China (PCCh) a emitir un comunicado de prensa conjunto donde apoyaba las reclamaciones chinas en el Mar del Sur de China.   

Sin embargo, el propio éxito chino se puede transformar en una derrota estratégica, ya que, si bien el Estado neoguineano es lo suficientemente débil como para no poder permitirse una política exterior propia, sus autoridades son plenamente conscientes de que Papúa Nueva Guinea es el líder de la Melanesia por derecho propio, y no están dispuestos a convertirse en un mero brazo de ninguna potencia.  

Por si fuera poco, el éxito económico de la comunidad china, que actualmente controla buena parte de los negocios del país, está suscitando crecientes recelos entre las comunidades locales, convirtiendo a dicho grupo en un potencial chivo expiatorio para futuros gobernantes ineptos.   

Poniendo los huevos en diferentes cestas

El papel de contrapeso regional, que aspira a jugar PNG, está siendo suplantado por Fiyi, jugador que en buena medida ha entrado en la escena geopolítica mundial de manos del gigante asiático. Así, para contrarrestar la influencia fiyiana y evitar caer totalmente en la órbita de Pekín, desde Port Moresby se ha apostado por: 

  • Un acercamiento a Australia mediante el uso de la baza que supone la estricta regulación australiana en materia de inmigración, en qué Papúa Nueva Guinea juega un papel clave, y la necesidad de su vecino del sur de tener a dicho país bajo su órbita para garantizar su seguridad. 
  • Atrayendo a través de sus recursos naturales y de la necesidad que tienen las potencias medias asiáticas de expandir su área de influencia, al tiempo que limitan la china, a potencias de todo el continente como son: Japón, Singapur, India, Filipinas, Malasia o Tailandia.  
  • Utilizar la exuberante influencia de las empresas multinacionales extractivistas en el país (estas no se limitan a extraer recursos, sino que suplantan las funciones del Estado, y proporcionan infraestructuras a la población), para contrapesar la influencia de los actores estatales. Entre las compañías con más intereses en el país destacan: Exxon Mobile, Oil Search, Ok Tedi, Steamships y Rimbunan Hijau.  

Esta estrategia, si bien fortalece la posición de PNG, debido a que evita que se quede emparedada entre China y Australia, al mismo tiempo que le permite limitar la influencia de Fiyi. Puede ser también contraproducente, porque mezcla en un mismo territorio multitud de intereses que no tienen porqué estar coludidos entre sí.  

Entrada de una planta de gas natural en Hides, Papúa Nueva Guinea. Fuente: Céline Rouzet

Una herida sangrante 

En ningún otro lugar se hace tan patente la amorfidad de Papúa Nueva Guinea como en Bougainville. Dicha isla y sus vecinas del archipiélago de Bismarck, presentan una composición social totalmente diferenciada del resto del país. Por ello no es de extrañar que exista un fuerte movimiento independentista.  

Sin embargo, lo que alimenta este conflicto no es la cuestión identitaria, sino la disputa por el control de la mina de oro y cobre de Panguna, mina que era totalmente expoliada por las autoridades del gobierno central y por la compañía minera australiana Río Tinto.  

Así, entre 1988 y 1997, la isla vivió una guerra civil entre los independentistas liderados por Francis Ona (caudillo del Bougainville Revolutionary Army), y una alianza entre las fuerzas gubernamentales, mercenarios anglosajones y una amalgama de tribus rivales de los Nasiois (habitantes del interior de la isla) que se congregaron en torno a Bougainville Resistance Force.  

El conflicto, que contó con el apoyo implícito de Australia al gobierno central, sesgó entre 10.000 y 15.000 vidas.  

La paz solo llegó a la isla cuando en 1997, estalló un escándalo que destapó el uso de mercenarios por parte de la administración del primer ministro Julius Chan, forzando la dimisión de este y obligando a las dos partes a sentarse en la mesa de negociaciones.

Los acuerdos de paz fueron aceptados debido a que dotaban de un alto grado de autonomía a Bougainville y prometían un referéndum vinculante de independencia en 2019. Dicha votación se hizo efectiva en el año acordado, y en ella ganó abrumadoramente el sí, prometiéndose acto seguido la independencia en 2027. 

En el caso en qué PNG cumpla los acuerdos de paz, teniendo en cuenta la calidad democrática del país puede antojarse improbable, surge la siguiente pregunta: ¿Qué repercusiones tiene esto en la región?  

  • Tanto Pekín como Taipéi, están a la espera de que esto ocurra, ya que cuando se consuma la independencia, ambos iniciarán una ofensiva diplomática para conseguir reconocimiento. Especialmente para el primero, la independencia de Bougainville supone una oportunidad para ampliar su influencia.   
  • Para Islas Salomón, puede tener un efecto desestabilizador interno, porque esta nación mantiene estrechas relaciones con la parte occidental del país, cosa que podría agravar las tensiones entre Malaita y Guadalcanal. 
  • Desde el estallido del caso “Sandline” en 1997, Australia se ha mantenido de perfil frente a este conflicto, como forma de proteger una imagen regional ya profundamente dañada. Esta estrategia puede resultar contraproducente frente a una probable crisis regional.  
  • En cuanto a Yakarta, un Bougainville independiente le es perjudicial, ya que serviría de referente para el movimiento independentista de Papúa Occidental, suponiendo un grave perjuicio para su economía y pudiendo desestabilizar su interior.     

Conclusiones

De todo el “patio trasero” australiano, la región de Melanesia y más en concreto, Papúa Nueva Guinea, es el territorio con más potencial desestabilizador para el continente oceánico; ya que en su interior se mezclan una amalgama de desdichas como son una violencia y una pobreza endémicas con un Estado endeble y una posición geoestratégica crucial. 

Francis Ona -tercero por la derecha-, líder del Ejército Revolucionario de Bougainville, con un grupo de guerrilleros del BRA en Guava, cerca de la mina Panguna. Fuente: Ben Bohane / Wakaphotos.com

Estos factores traen al país a un gran abanico de jugadores geopolíticos que van mucho más allá de la evidente disputa sino-australiana. Dichos actores transitan desde potencias medias regionales (cómo por ejemplo Japón, Indonesia..) hasta grupos criminales transnacionales, pasando por multinacionales cómo la petrolera estadounidense ExxonMobil.  

Por desgracia, las paupérrimas instituciones estatales se ven habitualmente envueltas en una serie de disputas interminables entre los diferentes caudillos y sus camarillas. Esto provoca que el país no esté actualmente en condiciones de afrontar los enormes retos que se le avecinan.  

Esta dejadez puede manifestarse con todo su dramatismo en la cuestión independentista de Bougainville, cuestión que tiene el potencial de hacer implosionar al país más heterogéneo del mundo, arrastrando en su desdicha a sus vecinos más inmediatos: Papúa Occidental e Islas Salomón.  

Ante esta situación, encontramos a China y Fiyi, tratando de sacar el máximo provecho a la coyuntura. Pero en el caso de la primera, está, consciente de los riesgos, tratará de limitar los eventuales daños, dejando que sea Australia quien los asuma.  

Por ello, las elecciones de junio de 2022, se perfilan como cruciales en el transcurso de la historia de Oceanía, ya que si el país logra desarrollar un liderazgo fuerte con un mínimo de sentido de Estado, este puede conseguir un importante crecimiento económico, que estabilice la región; pero sí de lo contrario, se continúan con las dinámicas anteriores, la nación se verá abocada a un inmovilismo que puede acabar por descontrolar la “olla a presión” que es Papúa Nueva Guinea.  


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Estudio el Grado de Ciencias Políticas en la Universidad Pompeu Fabra con expectativas a especializarme en Relaciones Internacionales. Mis áreas de interés principal son la región Indo-Pacífica y el África Subsahariana, todo y que el resto de regiones también me interesan.

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