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Montenegro y su travesía hacia Europa

La historia de Montenegro explica los obstáculos que aún separan al país balcánico de su ingreso en la Unión Europea.
La historia de Montenegro explica los obstáculos que aún separan al país balcánico de su ingreso en la Unión Europea. Fuente: AleGranholm - bajo CC BY 2.0

El 21 de mayo de 2006 tuvo lugar el llamado referéndum sobre la independencia de Montenegro. La victoria del “sí” por un 55,55% de los votos llevó a la separación del territorio montenegrino del serbio, después de casi un siglo de continuos intentos de establecer un modelo federal que finalmente moría en aquella primavera.

20 años después, el octavo país más pequeño del continente europeo parece vivir en una situación de stand-by continuo, entre los grandes Estados balcánicos y a las puertas de una Unión Europea.

Un territorio clave

El territorio que actualmente ocupa el Estado montenegrino ha sido tradicionalmente un espacio de disputa. Las tribus ilirias, el Imperio romano y después los pueblos eslavos se asentaron en este lugar, que también estuvo bajo el paraguas bizantino.

No obstante, para comprender la historia de Montenegro debemos remontarnos al siglo XIV, cuando el Principado Zeta, que ocupaba la mayor parte del actual Estado moderno, se “emancipó” del Imperio serbio tras su desintegración.

Fue a finales del siglo XV cuando los venecianos lo comenzaron a denominar como Montenegro, un territorio que desde el siglo XVI pasó a ser un Principado-obispado, una teocracia dominada por la Iglesia ortodoxa y la familia Petrović-Njegoš.

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En ningún momento el Imperio otomano logró un control 100% efectivo del montañoso espacio, si bien los aproximadamente 120.000 habitantes tampoco se regían en su totalidad por lo establecido desde el gobierno teócrata, el cual era verdaderamente inestable.                                  

En 1858, la victoria montenegrina ante las tropas otomanas en la batalla de Grahovac permitió que se empezara a consolidar su independencia. Con la llegada de Nicolás I al mando del principado en 1860 y las alianzas establecidas con Serbia y Rusia, Montenegro se benefició del proceso de desintegración que vivía el Imperio otomano y que quedó marcado por el Congreso de Berlín de 1878. 

Para el año 1910, antes del inicio de la Gran Guerra, el país se había convertido en un reino independiente, con Constitución propia, habiendo extendido su dominio por zonas de mayoría de población albanesa, bosniaca o serbia, lo cual generaría tensiones en el futuro.

Un siglo XX convulso

Durante la Primera Guerra Mundial, Montenegro se alió con Serbia contra los Imperios Centrales, siendo ocupada por tropas austro-húngaras desde 1916. Con el fin del conflicto, el territorio acabó integrado en el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, el cual se convirtió en el Reino de Yugoslavia en 1929. Acababa así su breve pero próspera independencia, diluyéndose entre el resto de Estados balcánicos de mayor relevancia política y territorial.

Hasta la Segunda Guerra Mundial, las tensiones entre quienes defendían la situación de integración con Serbia –movimiento de los Blancos– y quienes abogaban por una independencia total –movimiento de los Verdes– o en forma de federación fueron constantes.

Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, Montenegro fue ocupado por tropas de la Italia de Mussolini. Il Duce conformó un Estado títere montenegrino, gobernado por Sekula Drljević, uno de los líderes del movimiento Verde, quien colaboró tanto con la Italia fascista como con la Alemania nazi.

El país vivió un conflicto civil desde 1943, derivado tanto del proceso de ocupación que vivía el mismo como de las tensiones entre quienes abogaban por la independencia y quienes seguían reclamando un modelo unitario con Serbia. En esencia, Montenegro no fue ajeno a lo que se vivía en Serbia o en otros territorios yugoslavos.

Montenegro durante la Segunda Guerra Mundial.
Montenegro durante la Segunda Guerra Mundial. Fuente: Rowanwindwhistler - bajo CC BY-SA 3.0

Así, por un lado, la resistencia partisana liderada por Tito pretendía acabar con la ocupación de los Balcanes y la constitución de un Estado de corte comunista. Por otro, los chetniks –grupos paramilitares nacionalistas– reclamaban la vuelta al modelo monárquico que las fuerzas del Eje habían desintegrado

El final del conflicto llevó a la integración de Montenegro en la Yugoslavia liderada por el partisano Josip Broz Tito. Al ser un modelo federal, la República Socialista de Montenegro no dependía de las directrices serbias; formaba parte de un ente político en condición de igualdad con respecto a Serbia, Croacia y Bosnia y Herzegovina y Macedonia.

Este fue un período verdaderamente relevante para lo que hoy es el Estado montenegrino. Se trasladó la capital de este a la actual Podgorica, que hasta 1991 se denominó Titogrado.

Además, con el interés de que el Estado yugoslavo viviese en un modelo social y político equilibrado, evitando la imposición serbia, desde el gobierno de Tito se incentivó la diferenciación de una identidad montenegrina con respecto a la serbia. A nivel económico, la promoción turística de la costa permitió que la economía del Estado federal fuese la que más crecía de toda la federación.

Con la muerte de Tito y el inicio del proceso de desintegración de Yugoslavia, en 1990, el Estado montenegrino permaneció unido al serbio, al cual apoyó en las guerras frente a Bosnia y Herzegovina y Croacia. Momir Bulatović y Milo Đukanović, quienes lideraban el país en ese momento, fueron los impulsores del referéndum de 1992, el cual ratificó la unión con Serbia bajo el nombre de República Federal de Yugoslavia.

Montenegro y la separación de Serbia

La guerra y los embargos derivados de la misma hundieron la economía montenegrina, lo cual llevó a que parte de la población y sectores políticos rechazasen la unidad con la Serbia que había configurado el nacionalista Slobodan Milošević.

Fue crucial la intervención de la OTAN tras el conflicto Kosovar, la cual repercutió también en el territorio montenegrino e hizo que muchos sectores de la población rechazasen cada vez más formar parte de un Estado dominado por las decisiones políticas tomadas en Belgrado.

Fue clave también la victoria de Milo Đukanović en las elecciones presidenciales de 1997, pues desde ese momento las posturas políticas viraron claramente hacia la obtención de mayor independencia.

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Así, en 2002 se estableció un modelo confederal que equiparaba a ambos Estados, algo que no sirvió para satisfacer a los crecientes sectores independentistas, que en 2006 vencieron en un plebiscito que ratificó la independencia de Montenegro como Estado independiente.

Los años de integración en el modelo federal yugoslavo, el formar parte de un conflicto tan cruento como lo fueron las guerras yugoslavas y la hegemonía serbia a nivel político reactivaron un nacionalismo y un interés por la independencia que, como se ha mencionado, hundía sus raíces en los acontecimientos que tuvieron lugar en el siglo XIX.

Algo que también tuvo relevancia de cara a que Montenegro apostase por la independencia fueron sus aspiraciones a pasar a formar parte de la Unión Europea. Mientras que los gobiernos de Belgrado no mostraban un claro y decidido interés europeísta, la población montenegrina, bosnia y croata de Montenegro veía cómo el club comunitario era un espacio de prosperidad al que ya iban a acceder otros países balcánicos como Bulgaria o Rumanía.

Los problemas internos de Montenegro

En octubre de 2008 se aprobó la nueva Constitución del país, ya independiente. Se inició entonces un claro proceso de aproximación a la Unión Europea, con éxitos como la liberalización de visados en el área Schengen o la obtención de la categoría de candidato. Pero todo este proceso de apertura e interrelación con el espacio europeo no fue fácil, y las tensiones internas llevaron a que, entre 2015 y 2016, Montenegro se viese sumido en una importante crisis política

Esta inestabilidad alcanzó su punto álgido durante las elecciones parlamentarias de octubre de 2016, cuando las autoridades denunciaron un supuesto intento de golpe de Estado. Según la versión oficial, sectores nacionalistas prorrusos y serbios habrían planeado tomar el Parlamento y asesinar al entonces primer ministro, Milo Đukanović, con el objetivo de frenar en seco el ingreso de Montenegro en la Alianza Atlántica.

Aunque la veracidad de estos hechos fue objeto de un intenso debate político, el episodio sirvió para evidenciar la profunda fractura social entre la población de tendencia occidentalista y aquellos que defendían los lazos históricos con el eje Belgrado-Moscú.

A pesar de estas tensiones, el país logró dar un paso definitivo en su política exterior en junio de 2017, cuando se convirtió oficialmente en el miembro número 29 de la OTAN. Este hito, lejos de estabilizar el panorama interno, aumentó el sentimiento de marginación de los sectores proserbios, quienes veían en la integración militar una traición a las raíces culturales del país y una ruptura definitiva con su pasado.

Milojko Spajić, primer ministro de Montenegro, se reúne con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte.
Milojko Spajić, primer ministro de Montenegro, se reúne con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte. Fuente: NATO North Atlantic Treaty Organization

Todos estos acontecimientos llevaron a que entre 2019 y 2020 se produjeran una serie de movilizaciones que casi llevaron al colapso político del país. En 2019 comenzó un fuerte movimiento de contestación civil conocido como las protestas de "97.000 - ¡Resiste!".

Este estallido social fue provocado por el conocido "escándalo del sobre" tras la filtración de un vídeo en el que se veía a un exalto cargo del Gobierno recibiendo un sobre con casi 100.000 euros del empresario Duško Knežević para financiar ilegalmente la campaña electoral del partido gobernante, el Partido Democrático de los Socialistas (DPS).

Los manifestantes exigían la dimisión de Milo Đukanović y de los responsables de la fiscalía, denunciando un sistema de corrupción institucionalizada. Sin embargo, a medida que avanzaba el año, el foco de la indignación social se desplazó del terreno de la corrupción al de la identidad nacional y religiosa.

A finales de 2019, el Gobierno impulsó la controvertida Ley sobre Libertad de Religión, una normativa que exigía a las comunidades religiosas presentar pruebas de propiedad de sus bienes anteriores a 1918.

Esta medida fue interpretada por la Iglesia Ortodoxa Serbia como un ataque directo y un intento de confiscación de sus templos históricos. Asimismo, la población serbia sintió la necesidad de reivindicar su identidad, a la vez que sus planteamientos unionistas con el Estado serbio. 

La ruptura del statu quo

La llegada de 2020 y la irrupción de la pandemia de COVID-19 no lograron mitigar el descontento, sino que lo agravaron profundamente. Las restricciones sanitarias se convirtieron en un nuevo foco de conflicto cuando las autoridades arrestaron a varios líderes eclesiásticos y de la oposición por organizar actos religiosos, lo que fue denunciado por los sectores proserbios como una persecución política bajo la excusa de la salud pública.

Este clima de polarización extrema, alimentado tanto por los escándalos de corrupción de 2019 como por la crisis religiosa, llegó a su clímax en las elecciones parlamentarias de agosto de 2020. En una jornada histórica, el bloque opositor logró romper la hegemonía de tres décadas del DPS. 

El resultado electoral dio paso a la formación de un gobierno de coalición heterogéneo, liderado por Zdravko Krivokapić, que agrupaba desde fuerzas nacionalistas serbias hasta partidos cívicos y liberales.

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Aunque este nuevo ejecutivo reafirmó su compromiso formal con la OTAN y la integración en la Unión Europea, tanto la influencia y el poder de los sectores serbios, como el acercamiento económico a China, demostraron una gran fragilidad en la alianza interna.

En cualquier caso, las elecciones de 2020 supusieron un cambio de ciclo, el cual puede culminar si el gobierno del europeísta Milojko Spajić, fundador del movimiento “¡Europa Ahora!”, consigue llevar a cabo su agenda política, centrada en diferentes cambios en el Estado de Derecho. 

En definitiva, la travesía de Montenegro ya no se dicta desde los monasterios del siglo XIX ni bajo la sombra de la federación yugoslava. El país encara hoy su propio destino, convertido en un tablero donde se mide la fuerza de su historia frente a la promesa de un futuro continental.

Superar el lastre de la corrupción y el conflicto identitario es el último gran peaje de su viaje. De ello depende que Montenegro deje de ser una promesa en stand-by para convertirse, por derecho propio, en el nuevo rostro de una Europa integrada y diversa.

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