
Estados Unidos y la Unión Europea han anunciado esta semana nuevas sanciones coordinadas contra Rusia, en un momento en que el conflicto en Ucrania no muestra señales de terminar y las negociaciones diplomáticas continúan bloqueadas.
El presidente estadounidense Donald Trump impuso sanciones a las principales petroleras rusas, Rosneft y Lukoil, en respuesta a la negativa del presidente Vladímir Putin a aceptar un alto el fuego en Ucrania. Se trata de un cambio en la política de Washington, que hasta ahora había evitado imponer medidas adicionales contra Moscú. La decisión llega tras la cancelación de la cumbre prevista en Budapest entre Trump y Putin, inicialmente concebida para explorar una salida negociada al conflicto.
En Europa, la Unión Europea aprobó su 19º paquete de sanciones tras semanas de negociaciones entre los Estados miembro. Las nuevas medidas se centran en bloquear las exportaciones energéticas rusas, con la prohibición de comprar gas natural licuado (GNL) a partir de 2027 y en vetar cualquier relación comercial con Rosneft y Gazprom. Además, se suman 117 buques a la lista negra de la llamada flota fantasma rusa utilizada para sortear las restricciones.
El paquete incluye también sanciones financieras ampliadas contra entidades rusas, bielorrusas y kazajas, e incorpora a 45 empresas de terceros países, entre ellas 12 chinas y hongkonesas, acusadas de ayudar a Rusia a evadir las sanciones. Como novedad, Bruselas limitará el movimiento de los diplomáticos rusos dentro de la Unión Europea, que deberán notificar con 24 horas de antelación sus desplazamientos entre Estados miembro.
Divisiones y sin estrategia en la Unión Europea
Sin embargo, las divisiones internas en el club comunitario vuelven a quedar en evidencia. El primer ministro belga, Bart De Wever, bloqueó los planes europeos para utilizar los activos rusos congelados como garantía de un préstamo de 140.000 millones de euros destinados a financiar a Ucrania durante los próximos dos años.
De Wever exigía un mecanismo de reparto de riesgos entre los Estados miembro, una demanda que se podría considerar razonable dado que Bélgica, sede de Euroclear, asume una parte desproporcionada del riesgo financiero. La negativa de Francia y Alemania a aceptar este reparto refleja su resistencia a realizar sacrificios fiscales y evidencia la falta de consenso sobre cómo sostener económicamente el esfuerzo bélico ucraniano.
Más allá del desacuerdo técnico, el debate revela una deriva de corto plazo en la estrategia europea: los fondos inicialmente previstos para la costosa reconstrucción de Ucrania parecen ahora orientarse a mantener el esfuerzo militar, lo que sugiere que Europa carece tanto de recursos como de una visión estratégica a largo plazo.
Alemania, por su parte, busca una exención a las sanciones estadounidenses para permitir que la filial alemana de Rosneft continúe operando, ya que se trata de un proveedor clave de combustible en el país.
Mientras tanto, el conflicto en Ucrania se prolonga sin perspectivas de una solución cercana. Moscú mantiene sus ofensivas en el este, con avances lentos pero continuos en zonas estratégicas como Pokrovsk y Kupiansk, mientras que Occidente y Kiev se niegan a aceptar las exigencias rusas, incluida la cesión del óblast de Donetsk.
En este escenario de estancamiento, Washington continúa trasladando el peso económico de la guerra hacia Europa, cuyos fondos sostienen buena parte del suministro de armas a Ucrania. Sin un plan claro de salida o reconstrucción, la guerra se mantiene como una crisis abierta y prolongada, en la que las sanciones y la diplomacia parecen no ser suficientes para alterar el curso del conflicto.
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