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La Unión Europea, escondida entre gigantes y obligada a crecer

La autonomía estratégica y el rearme militar son temas candentes en la Unión Europea, pero la ausencia de una estrategia clara dificulta su implementación.
La autonomía estratégica y el rearme militar son temas candentes en la Unión Europea, pero la ausencia de una estrategia clara dificulta su implementación. Fuente: pixel2013

"Ha llegado el momento de una ambición política renovada para convertir a la Unión Europea en un proveedor de seguridad, aumentar la preparación para la defensa y construir una auténtica Unión de Defensa Europea". Éstas fueron las palabras de Ursula Von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, el 15 de marzo de 2025, en las cuales expuso la necesidad del rearme europeo para prevenir la guerra.

Estas declaraciones precisamente no son hechos aislados, aunque pudieran parecer utópicas. Son formas de reclamar una autonomía estratégica por parte de la Unión Europea, hacerse fuertes y pretender tener una voz en los asuntos internacionales.

Desde hace más de una década, la Unión Europea ha ido enfrentando desafíos con dispares resultados, repitiendo, como si de un mantra se tratase, su aspiración estratégica en diversas áreas. Mientras sus comunicados oficiales están atestados de intenciones de revertir situaciones adversas, los hechos reales demuestran una realidad altamente preocupante: en un mundo galopante, Bruselas gatea y, en ocasiones, sin un rumbo claro.

Para ampliar: Europa no tiene un plan serio para Ucrania

Vista la situación cambiante mundial y el poder que comprende la geoeconomía dentro de la toma de decisiones, la interdependencia con una gestión negativa puede generar una alta vulnerabilidad. Los hechos acaecidos en las últimas décadas –como la crisis económica de 2008, la anexión rusa de Crimea, las tensiones entre China y Estados Unidos o la gestión de la pandemia covid-19– han dejado al descubierto todas las faltas de la Unión Europa, siendo necesaria la creación de una autonomía estratégica común para mejorar su capacidad de respuesta en áreas decisivas.

El concepto de autonomía estratégica abarca múltiples dimensiones, aunque tradicionalmente se ha asociado al ámbito de la defensa. En la actualidad, incluye sectores como la energía, la tecnología, la salud o la ciberseguridad, entre otros. Su objetivo es lograr una mayor emancipación de Europa frente a las grandes potencias que la rodean, especialmente cuando sus intereses están en juego.

Aun así, esta autonomía sigue siendo más un horizonte deseado que una realidad tangible, como reconoció Charles Michel en 2021, cuando todavía era presidente del Consejo Europeo, en un discurso.

Las dependencias de la Unión Europea

En este caso, cabe destacar una distinción entre los distintos ámbitos en los que se observan dependencias graves dentro de la política exterior europea y su autonomía estratégica: seguridad y defensa, energía y tecnología y comunicaciones, siendo los datos estremecedores en todos ellos.

En primer lugar, pese a los esfuerzos políticos, la Unión Europea sigue siendo incapaz de generar una defensa común sin depender de actores externos. Según datos oficiales, la inversión media del bloque comunitario ha sido similar y estable en los últimos 20 años, ubicándose todos los países entre el 1% y el 2% de gasto en PIB reservado a dichas materias.

Para ampliar: La dependencia de Europa con Estados Unidos y sus vacíos en defensa

La guerra de Ucrania pretendía ser un catalizador de reformas, pero a día de hoy sus inversiones en defensa continúan siendo insuficientes, y en su gran mayoría procedentes de la industria estadounidense, como el sistema de misiles Patriot o los cazas F-35, recientemente usados. De hecho, como ejemplo significativo, el 78% de las compras militares de los países europeos de la OTAN provinieron de fuera de la Unión Europea, especialmente de Estados Unidos, según el SIPRI.

La aprobación de la Brújula Estratégica en 2022 –la cual articulaba cuatro ejes: actuar, invertir, asociarse y proteger– supuso un primer paso para solventar dichas diferencias. Sin embargo, este proyecto presenta desafíos que zarandean su viabilidad, como la propia fragmentación interna respectiva a la cesión de soberanías, la interpretación literal del artículo 42 del Tratado de la Unión Europea (TUE) y las superposiciones entre las competencias del club comunitario y la OTAN.

Por otro lado, en el sector energético, durante la guerra de Ucrania se rompe la apuesta por la que la Unión llevaba décadas invirtiendo: el gas ruso. Esta estrategia basada en la cooperación y el comercio como vehículo de paz –la llamada Teoría de la Paz Liberal– no dio los resultados esperados, pues el 41% de importaciones de gas procedía precisamente de Rusia.

Dicha dependencia no responde a una única causa: la generación de recursos fósiles internos insuficientes –Europa sólo produjo en 2022 el 13% de su consumo de gas natural–, apoyos a proyectos rusos como NordStream 1 y 2, acuerdos vinculantes a largo plazo, y la lentitud en la conversión de un modelo fósil y centralizado hacia una energía menos contaminante generaron una situación difícil.

En relación con este último punto, y pese a los esfuerzos por diversificar las fuentes de energía –en línea con los compromisos del Protocolo de Kioto y el Acuerdo de París– mediante el Pacto Verde Europeo y planes como RePowerEU, las energías renovables no crecieron al ritmo esperado.

Las causas de este estancamiento incluyen trabas burocráticas, la falta de capacidad de almacenamiento y la persistencia de un modelo de producción centralizado, aún basado en energías contaminantes como los combustibles fósiles, que en gran medida siguen siendo importados. China suministra productos esenciales como tierras raras, mientras que el gas natural licuado proviene mayoritariamente de Estados Unidos y Qatar.

En siguiente lugar, en el ámbito de la tecnología, Europa también asiste a un proceso de total dependencia de actores externos. Según la Comisión Europea, más del 90% de los datos de la nube de Europa son procesados por empresas extranjeras –principalmente chinas y estadounidense–, siendo el bloque altamente vulnerable a riesgos de seguridad cibernética, hacking, espionaje o manipulación de datos, como en el caso de Facebook-Cambridge Analytica en 2018.

Para ampliar: Los retos de crear un ejército único europeo

Por otro lado, la dependencia en la producción de semiconductores –altamente relevante para la industria actual– ha conllevado a que la Unión sólo produzca por sí misma el 10% de los semiconductores avanzados a nivel mundial, siendo dependiente del mercado asiático. Esta situación expone al bloque a crisis de desabastecimiento evidentes en caso de interrupciones del suministro, especialmente en el actual contexto de tensiones comerciales en la región.

En este ámbito se han lanzado iniciativas como el proyecto GAIA-X, pensado para construir una infraestructura europea de datos, que avanza a paso lento y con poca tracción real, o el Plan de Acción de Semiconductores de 2022, lastrado por la falta de capacidades de I+D, los límites de dichas inversiones y las dificultades en su ejecución.

Estrategia sin brújula

La guerra en Ucrania, la presión migratoria en el Mediterráneo, la cuestión palestino-israelí y la creciente tensión en el Indo-Pacífico con conflictos recientemente abiertos han obligado a Europa a reconocer una dolorosa verdad: su peso geopolítico es limitado y su capacidad de influencia, aún menor. Las divisiones internas –entre el Este y el Oeste, el Norte y el Sur, los atlantistas y los autonomistas– minan cualquier intento de hablar con una sola voz.

Frente al ascenso de China, la asertividad de Rusia y unos Estados Unidos nada comprometidos con Europa debido al realismo llevado a cabo a la práctica por Donald Trump con la imposición de aranceles como medidas de presión, la Unión Europea no puede permitirse seguir improvisando.

Como advertía el anterior Alto Representante para Asuntos Exteriores, Josep Borrell, en su célebre y polémico discurso de 2022: “Europa es un jardín, pero el resto del mundo es una jungla. Y la jungla puede invadir el jardín si no nos preparamos”.

¿Sería viable un Sistema Estratégico Integral Europeo?

La pregunta sobre la viabilidad de un sistema estratégico integral europeo ya no puede responderse desde la abstracción, sino desde la urgencia. La Comisión Europea ha esbozado en los últimos años propuestas en esa dirección, bajo fórmulas como la Open Strategic Autonomy, que busca reducir vulnerabilidades críticas en defensa, energía, tecnología o cadenas de suministro. No obstante, parece más una autonomía intencional que declarativa.

Pese a ello, existen condiciones objetivas que podrían favorecer un salto cualitativo. En primer lugar, la creciente inestabilidad geopolítica, desde la guerra en Ucrania hasta la fractura del orden liberal internacional. Lo advirtió Emmanuel Macron en su célebre discurso en la Sorbona en 2024: "Europa sólo puede ser fuerte si es próspera [...] Y tenemos que dejar de ser ingenuos y proteger mejor nuestras industrias [...] Europa puede morir".

El Plan de Rearme aspira a sentar las bases para la creación de un ejército único europeo, pero sigue enfrentando numerosos obstáculos.
El Plan de Rearme aspira a sentar las bases para la creación de un ejército único europeo, pero sigue enfrentando numerosos obstáculos. Fuente: Galería del Ejército de Tierra español

En segundo lugar, ya existen herramientas institucionales y financieras sobre las que construir. El Fondo Europeo de Defensa (EDF), la Estrategia Industrial de Defensa Europea (EDIS), el Mecanismo Europeo de Apoyo a la Paz (EPF) o el Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE) son algunos ejemplos. A ello se suma un corpus jurídico que habilita la acción conjunta, especialmente en el marco de la Política Común de Seguridad y Defensa (PESC/PCSD), según los artículos 21 a 46 del TUE.

Por supuesto, los obstáculos son considerables: divergencias geopolíticas entre Estados, falta de voluntad política, escasez de inversiones propias y la persistente dependencia militar e industrial de actores externos, sobre todo de Estados Unidos.

Sin embargo, pensar en un sistema estratégico integral europeo no debe partir de la utopía del consenso total, sino de un enfoque gradual, multinivel y pragmático. El informe “ReArm Europe Plan/Readiness 2030” del European Parliamentary Research Service (EPRS) lo sintetiza bien: será necesario “realismo político, flexibilidad institucional y liderazgo continuado”.

Para ampliar: Europa ante el dilema de enviar tropas a Ucrania

Algunas propuestas ya circulan en este sentido: crear un Consejo de Seguridad Europeo que pueda tomar decisiones operativas rápidas; aplicar el artículo 44 del TUE, que permite a grupos de Estados lanzar misiones de defensa en coalición sin esperar unanimidad; y consolidar el papel del SEAE como motor de acción estratégica exterior.

Un sistema estratégico integral europeo no es una meta inmediata, pero sí una trayectoria posible. Su viabilidad no depende solo de capacidades materiales, sino de un cambio cultural profundo: sustituir por previsión. Más allá de los instrumentos, la Unión Europea ha empezado a reconfigurar su base defensiva, industrial y tecnológica con el objetivo de reducir dependencias críticas en sectores estratégicos. La brújula está trazada. Todavía falta el timón.

¿Para qué sirve la Unión Europea?

En el fondo del debate cuando se plantean cuestiones de autonomía estratégica, acción exterior o a la hora de enfrentar problemas correspondientes a la geopolítica global, surge esta cuestión, que no debe ser respondida bajo binomios –soberanía o cesión, autonomía o dependencia—, sino bajo una cuestión existencial.

¿Queremos pasar por el mundo o que el mundo pase por encima de nosotros? ¿Pretende Europa ser irrelevante o líder? Es cierto que dentro del contexto de la multipolaridad, la Unión Europea no podrá aspirar a ser una superpotencia solitaria, pero sí puede convertirse en un actor estratégico efectivo. Para ello, necesita voluntad política, visión compartida y, sobre todo, conciencia ciudadana.

La autonomía estratégica no significa cerrar fronteras ni renunciar a alianzas. Significa poder elegir sin ser elegido. Tener capacidad de disuasión. No verse forzada a responder, sino poder anticiparse. Y, sobre todo, dejar de ser un actor normativo con aspiraciones globales que carece de las herramientas para defender sus propios intereses. Porque la geopolítica es como la vida: quien no tiene estrategia, acaba siendo parte de la estrategia de otro.

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