
La reciente afirmación del presidente del Consejo Europeo, António Costa, de que una parte significativa del nuevo gasto militar europeo se destinará a la compra de armamento estadounidense pone de relieve una paradoja inquietante: el rearme de Europa, lejos de consolidar una autonomía estratégica, podría acentuar su dependencia tecnológica y política.
“Por supuesto, una gran parte de este 5% se gastará seguramente en comprar productos estadounidenses”, declaró Costa, en un gesto de aparente realismo que, sin embargo, revela una renuncia implícita a la aspiración de construir una base industrial de defensa propia. “Si invertimos más en defensa y si compramos más productos estadounidenses, por supuesto, esto tiene un impacto positivo”, añadió, sugiriendo que la militarización europea servirá también para reequilibrar las relaciones comerciales transatlánticas.
Estas palabras llegan tras la última cumbre de la OTAN, donde Canadá y los aliados europeos aceptaron formalmente el objetivo impulsado por Donald Trump de destinar el 5% del PIB a defensa –3,5% para gasto militar directo y 1,5% para infraestructuras y ciberseguridad– antes de 2035.
Más allá de su viabilidad, la propuesta consagra un giro político de fondo: Europa ya no puede depender de las garantías automáticas de Estados Unidos y debe asumir una mayor parte de la carga de su propia seguridad. Sin embargo, las declaraciones de Costa sugieren que esta carga seguirá apuntalada, al menos en el corto plazo, por proveedores estadounidenses.
El problema no es solo simbólico. En una ironía reveladora, los primeros beneficiarios del esfuerzo financiero europeo serán los gigantes armamentísticos de Estados Unidos, mientras las capacidades industriales propias se reorganizan, reactivan o, en algunos casos, simplemente se improvisan. En vez de catalizar una autonomía estratégica europea, el rearme acelerado se traduce en que el derroche no construye capacidades propias, sino que refuerza la asimetría tecnológica y operativa entre ambos lados del Atlántico.
El dinero no lo es todo
Como advierte el historiador económico Adam Tooze, el problema europeo no ha sido la falta de gasto, sino su escasa eficiencia estratégica. Desde el año 2000, los países europeos han mantenido un contingente militar de entre 1,3 y 1,4 millones de efectivos, repartidos en 29 ejércitos nacionales sin una capacidad real de acción conjunta. En los últimos diez años, Europa ha invertido más de 3 billones de dólares en defensa, y si se amplía el horizonte al periodo 1991-2021, la cifra asciende a 8,9 billones. Sin embargo, los resultados no están a la altura de semejante esfuerzo presupuestario.
Buena parte de este gasto se ha consumido en salarios, pensiones y mantenimiento de estructuras redundantes. Europa ha tratado la defensa como un servicio más que como una inversión, lo que ha impedido modernizar las capacidades materiales, tecnológicas e industriales del continente.
Mientras tanto, la fragmentación del mercado de defensa europeo ha mantenido los costes de producción altos y la interoperabilidad baja. En 2016, se estimaba que Europa operaba seis veces más sistemas de armamento distintos que Estados Unidos, con menos de la mitad del presupuesto. El resultado es una arquitectura militar dispersa, ineficiente y vulnerable.
Por ello, el rearme militar de Europa no debería centrarse en alcanzar cifras simbólicas, sino en redefinir su lógica estratégica. Gastar más no es suficiente. Hace falta gastar mejor: coordinar compras, reducir duplicidades, especializar capacidades y construir una base tecnológica común. En este sentido, la prioridad no puede ser satisfacer a corto plazo las demandas de disuasión mediante compras externas, sino construir una defensa europea sostenible, coherente y socialmente legítima.
El riesgo es claro: que la presión política y mediática para “hacer algo” conduzca a adquisiciones precipitadas, planes descoordinados y sistemas que luego no pueden mantenerse ni integrarse. La defensa requiere continuidad y visión estratégica. Sin una hoja de ruta clara, el aumento del gasto puede agravar los problemas que pretende resolver.
Una política de defensa eficaz no se improvisa. Exige un diagnóstico honesto de las amenazas, un cálculo realista de los recursos disponibles y un compromiso político sostenido. Reforzar la defensa europea implica más que adquirir más armamento: requiere construir soberanía industrial, capacidad operativa y pensamiento estratégico. De lo contrario, el rearme europeo corre el riesgo de convertirse en una operación simbólica sin autonomía, donde se gasta mucho, pero se decide poco. Y donde los verdaderos ganadores no serán los europeos, sino quienes ya dominan el mercado global de la defensa.
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