
Donald Trump lo ha vuelto a hacer. Contrariamente a las predicciones de las encuestas, que auguraban una carrera muy igualada, el candidato republicano ha ganado con rotundidad las elecciones del 5 de noviembre y asumirá la presidencia de Estados Unidos el 20 de enero de 2025. Con su regreso a la Casa Blanca, que lo convertirá en el 47.º presidente –el segundo, desde Grover Cleveland en el siglo XIX, que ejercerá el cargo en dos mandatos no consecutivos–, Trump consuma su resurrección política cuatro años después de su tumultuosa salida, cuando muchos habían dado por sentado el fin de su trayectoria institucional.
El presidente electo ha derrotado contundentemente a su adversaria, Kamala Harris, y vencido en todos los estados bisagra que, según la mayoría de las encuestas, decidirían al ganador de estas elecciones: Nevada, Arizona, Georgia y Carolina del Norte –en el Cinturón del Sol–, y Míchigan, Wisconsin y Pensilvania –en el Cinturón del Óxido–. A diferencia de lo que ocurrió en 2016, cuando Trump se impuso a Clinton por márgenes muy estrechos en los distintos estados clave, en esta ocasión, el republicano ha logrado una ventaja de varios puntos porcentuales en cada uno de ellos.
Aunque, en algunos estados, aún no se ha terminado el escrutinio, los datos disponibles parecen indicar que, contra todo pronóstico, Trump ha obtenido 312 compromisarios –6 más de los que había logrado en 2016 y de los que consiguió Biden en 2020–, ganado también el voto popular e igualado sus resultados del año 2020: alrededor de 73 millones de sufragios. Además, gracias a la ligera bajada de la participación respecto a la que se dio entonces, Trump ha alcanzado, con toda probabilidad, la mayoría absoluta de los votos a nivel nacional.
Las claves de los resultados
Así, por tercera vez consecutiva, las encuestas han vuelto a subestimar a Donald Trump. El presidente electo ha arrasado en las áreas rurales, donde ha mejorado sus resultados de 2020, y triunfado entre los votantes hispanos y los de otras minorías étnicas. Las primeras encuestas realizadas después de los comicios apuntan a que, por primera vez en la historia, el candidato republicano podría haber logrado más del 50% de los votos latinos, propulsado por el apoyo de aquellos sin estudios universitarios, que han virado en masa hacia el GOP.
De este modo, Trump ha incrementado su ventaja en Florida y obtenido grandes triunfos en Arizona y Nevada, estados en los que el electorado hispano cuenta con un gran peso demográfico. Por otro lado, Trump ha logrado erosionar el vínculo entre el Partido Demócrata y el electorado afroamericano, que también se ha movido hacia los republicanos.
Por otra parte, la desmovilización de buena parte de los votantes demócratas explica que Harris haya sido incapaz de mejorar los resultados de Biden en uno solo de los más de 3.000 condados que componen Estados Unidos y que haya sufrido un retroceso electoral en todos los estados excepto en dos –Washington y Connecticut–.
La realidad es que Harris fracasó en su intento de atraerse el voto joven y femenino, pilares fundamentales de su campaña. Mientras que Trump sí ha visto incrementada su ventaja entre el público masculino –en especial en la generación Z, donde la brecha de género es más evidente–, la candidata demócrata ha perdido apoyos entre las mujeres, sobre todo entre las de raza blanca, que habrían votado en su mayoría por Trump.
Por último, los demócratas han acusado la falta de movilización del ala izquierda de su electorado, de los jóvenes y de la comunidad árabe-americana, que, en muchos condados universitarios de Pensilvania y en aquellos de mayoría musulmana en Míchigan, han optado por abstenerse, apoyar a la candidata del Partido Verde o, incluso, respaldar a Trump. La gestión de la Administración Biden respecto a la guerra en Oriente Medio y su renuncia a contener la actuación israelí en Gaza es fundamental para entender lo sucedido en este sentido.
En todo caso, la victoria de Trump se explica sobre todo por la impopularidad de la actual Administración, de la que Harris forma parte, lastrada por las crisis económica y migratoria que, para muchos estadounidenses, se viven en el país. Lo cierto es que, pese a que los datos macroeconómicos no son negativos, la inflación ha hecho estragos entre la mayor parte de la población y diezmado el poder adquisitivo de la clase media, cuestión que, como en tantas otras ocasiones a lo largo de la historia, ha llevado a la ciudadanía a apostar por un cambio político.
En su discurso de celebración, Trump ha prometido “trabajar para restaurar la grandeza de América” y asegurar el inicio de “una nueva edad dorada para el país”, razón por la que, aseguró, “muchos creen que Dios le perdonó la vida” durante aquel mitin en Butler donde fue víctima de un intento de asesinato. Por su parte, Kamala Harris no compareció antes sus simpatizantes hasta el día siguiente a las elecciones, cuando confirmó que había telefoneado al presidente electo para felicitarlo por su victoria y se comprometió a colaborar para asegurar “una transferencia pacífica del poder”.
Harris se ha convertido en la primera candidata demócrata que pierde el voto popular desde el año 2004 y sus pésimos resultados, consecuencia del resquebrajamiento de la coalición electoral tradicional del partido, abren una crisis en el seno de la formación, que tendrá que definir su nuevo rumbo a partir de ahora.
La nueva victoria de Trump tendrá enormes consecuencias en Estados Unidos y en el mundo entero. Los republicanos, que han recuperado el control del Senado y muy posiblemente logren también el de la Cámara de Representantes, tendrán en sus manos la ansiada tríada o trifecta –la presidencia y las dos cámaras del Congreso–, que, además, podría servir para garantizar el dominio conservador de la Corte Suprema durante las próximas generaciones.
Trump, además, ha conseguido someter por completo al Partido Republicano, por lo que, en su nueva presidencia, no deberá ampararse en el establishment del GOP, sino que podrá rodearse de leales para llevar a cabo su proyecto político, fundamentado en tres claves: el nativismo y el discurso antiinmigración, el proteccionismo económico y el aislacionismo en política exterior. El repliegue de Estados Unidos podría culminar, además, el declive definitivo del orden internacional vigente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Qué vendrá después es la pregunta que se hacen todos los analistas.
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