La Superliga Europea: una revolución de 48 horas

Los doce equipos fundadores de la Superliga

Durante 48 horas el fútbol europeo experimentó una auténtica revolución. Doce de los equipos más poderosos del continente habían anunciado la formación de una alianza para crear una nueva competición, independiente a la UEFA, bautizada como Superliga. “Lo hacemos para salvar el fútbol”, aseguró Florentino Pérez, presidente del Real Madrid y uno de los líderes del grupo rebelde. “La situación es dramática. Está en caída libre. Debe evolucionar como la vida, las personas y las empresas”, sentenció.

El órdago estaba servido. Real Madrid, F.C Barcelona, Atlético de Madrid, Inter Milán, A.C. Milán, Juventus, Manchester City, Manchester United, Liverpool, Arsenal, Tottenham y Chelsea buscaban dominar lo que presuponían que se convertiría en la competición más prestigiosa de Europa para, en última instancia, aumentar sus ingresos económicos y romper el monopolio de la UEFA. La Superliga, prometiendo “partidos de más calidad”, estaría compuesta por los quince clubes fundadores -a los mencionados podrían sumarse otros tres- y cinco clasificados anualmente por réditos deportivos. Divididos en dos grupos, los equipos seleccionados jugarían entre semana para disputarse las tres primeras plazas que darían acceso a los cuartos de final.

La idea de reunir a los clubes más prestigiosos de Europa no era nueva. Media Partners propuso en 1998 la creación de un torneo semicerrado -también nombrado Superliga- como alternativa a la Champions League. La empresa italiana prometía más de 800 millones de euros en beneficios, ocho veces más que el dinero repartido por la UEFA en la temporada 97-98. En un intento de disuadir a los disidentes, la UEFA presentó una reforma de la máxima competición europea dirigida a introducir algunas de las demandas exigidas por los grandes futbolísticos: más equipos partícipes y más partidos para tener una mayor audiencia y, por ende, más ingresos por derechos televisivos. “La UEFA comprende perfectamente nuestras preocupaciones y ha presentado un proyecto muy interesante de colaboración a largo plazo con los clubes”, comentó Lorenzo Sanz, ex presidente del Real Madrid.

Manifestación de aficionados del Chelsea contra la Superliga. Fuente: Getty Images

Este año el contexto era diferente. Más caótico. La pandemia y los estratosféricos gastos derivados de los fichajes y los salarios han provocado la explosión de la burbuja económica del fútbol moderno. La deuda neta conjunta de los equipos fundadores de la Superliga supera los 2.750 millones de euros (sin contar al Liverpool) y el futuro pinta desolador. Además, el nuevo formato de la Champions que se estrenará en 2024 no ha convencido a los rebeldes porque para entonces, en palabras de Florentino Pérez, “todos los clubes estarán arruinados”. Así pues, con vistas a salvar sus negocios, los doce vieron como única opción adherirse a la Superliga, máxime teniendo en cuenta que JPMorgan, uno de los bancos más poderosos del mundo, ofrecía “préstamos de infraestructura” de 350 millones de dólares a cada club.

No obstante, los fundadores de la revolucionaria competición no previeron el rechazo generalizado de los aficionados, instituciones políticas y organismos futbolísticos. La Superliga nació sin aliados. La UEFA publicó un agresivo comunicado advirtiendo que los jugadores de los equipos “separatistas” no podrían participar en la Copa del Mundo y en la Eurocopa si el proyecto seguía adelante. Gianni Infantino, presidente de la FIFA, declaró que desaprobaba “con firmeza” el “club cerrado” y avisó que habría consecuencias. Javier Tebas, máximo dirigente de La Liga española, declaró que la Superliga estaba “muerta”. En Inglaterra, los fanáticos organizaron manifestaciones donde se podían leer mensajes como “the club we love has betrayed us” o “R.I.P football”. Incluso los propios jugadores, involucrados indirectamente en la polémica, mostraron su rechazo contra la Superliga. “No nos gusta y no queremos que ocurra”, subrayó el capitán del Liverpool Jordan Henderson. 

Asimismo, el proyecto traspasó las fronteras futbolísticas hasta llegar al espectro político. La Unión Europea, defendió tímidamente un modelo de deporte basado “en valores, en la diversidad y en la inclusión”. Emmanuel Macron, presidente de Francia, aplaudió “la postura de los clubes franceses” que rechazaron participar en un proyecto que “amenaza el principio de solidaridad y méritos deportivos”. El gobierno británico advirtió que usaría una “bomba legislativa” para evitar que los clubes ingleses se unieran a la nueva competición. 

En este escenario, tan solo 48 horas después de oficializarse la Superliga, los equipos partícipes fueron anunciando progresivamente su retirada del proyecto. El Chelsea fue el primero argumentando que la “participación en estos planes no sería lo mejor para el club, para los seguidores o la comunidad futbolística en general”. Le siguieron el Liverpool, Manchester City, Arsenal, Tottenham y Manchester United. El miércoles 21 hicieron lo propio el Atlético, Inter Milán y A.C. Milán, dejando al Real Madrid, F.C. Barcelona y Juventus como únicos miembros de la Superliga.

Economía, política e impacto social: la cara oculta de la Superliga

El fútbol es, sin lugar a duda, el deporte rey en el viejo continente. Pero desde hace décadas su popularidad ha traspasado fronteras convirtiéndose en una referencia mundial con audiencias millonarias y, por extensión, en un suculento negocio.

El deporte es además un elemento clásico de soft power o poder blando, siendo un escaparate e impulso para países que buscan potenciar o mejorar su imagen; algo que hemos visto en casos como el mundial de Qatar -aprovechado para blanquear la imagen de la monarquía del Golfo-, o en el mítico partido RFA-RDA de la Copa del Mundo de 1974 -en contexto de Guerra Fría y con consecuencias en el ámbito político-. Todo ello hace del fútbol mucho más que un deporte por su impacto social, económico y político.

El anuncio exprés de la Superliga Europea no puede entenderse separado de estas tres esferas. Aunque como indica el historiador y periodista deportivo Sergio Vilariño “el proyecto de la Superliga, que parece una novedad, es casi tan viejo como las competiciones europeas. El primer borrador de la Copa de Europa en 1955 buscaba ser una Liga pero por las circunstancias políticas del momento en plena Guerra Fría y por las dificultades en infraestructura y transporte no pudo llevarse a cabo”. De hecho, afirma que proyectos similares se han presentado “casi en todas las décadas desde entonces”. Pero sin duda alguna esta última intentona ha sido la más sólida y con más posibilidades de prosperar hasta la fecha.

Lo cierto es que la industria del fútbol se ha convertido en una de las más importantes en el ámbito deportivo. En España el balompié mueve unos 4.100 millones de euros, cerca del 1.4% del PIB total de país; una cifra que se eleva a 7.600 millones de libras en el caso británico. Números en todo caso algo artificiales y difíciles de cuantificar, pues a los derechos audiovisuales -que hoy representan la mayoría de los ingresos-, las entradas o la venta de merchandaising deben sumarse ingresos indirectos generados por publicidad o los no tributados en el país.

“Históricamente los grandes equipos del momento buscan aprovechar su posición para meter más gente en el estadio, o como ocurre ahora, para tener más gente viendo el partido; este proyecto está pensando en obtener dinero con la mirada puesta en el mercado asiático y americano”, afirma Vilariño.

La creación de la Superliga estaba respaldada económicamente por la financiera estadounidense JP Morgan con 3.500 millones de euros a repartir entre los miembros fundadores. Además, el formato de la nueva competición permitiría multiplicar los beneficios por transmisión y daría mayores primas a los equipos según su plan de presentación. Algo “necesario” para los fundadores debido a “la crisis que atraviesa el sector consecuencia de la COVID”.

Uno de los puntos esgrimidos para oponerse ha sido que el proyecto rompería el principio de “competitividad” en el fútbol al crear un circuito cerrado de quince equipos fijos y cinco invitados. Un círculo vicioso que se retroalimenta, pues los ingresos de la nueva competición se quedarían exclusivamente en este selecto grupo. Para Vilariño “el factor de la competitividad siempre ha estado presente en el fútbol; si tienes mala temporada pierdes dinero e incluso se pierden empleos en la ciudad. Esto convertía a estos clubes en una oligarquía donde el resto se convertían poco más o menos que en una cantera”.

En todo caso, cabe contextualizar este movimiento dentro de una tendencia lógica de mercantilización del deporte, consolidada desde los 80 y agudizada en las últimas décadas, que no habría sido posible sin la base jurídica dada por la Unión Europea y los distintos países miembros. Destacando fundamentalmente el impulso para que los clubes pasasen a convertirse en empresas (Sociedades Anónimas Deportivas), puerta de entrada para la inversión privada en el sector; o la libre circulación de jugadores comunitarios -antes limitados-, primer paso para que el mercado de fichajes alcanzase cifras millonarias y se diese la concentración de profesionales destacados en un puñado de ligas.

Deuda neta de los equipos fundadores de la Superliga a finales de junio de 2020 (sin contar al Liverpool). Fuente: Bloomberg

No es una historia de buenos y malos

De hecho, tal y como señala Vilariño, este marco jurídico también ha sido aprovechado por los principales opositores a la Superliga: FIFA, UEFA y las grandes ligas y federaciones europeas. 

En juego está “el privilegio” de gestionar este suculento sector. Las disputas no responden como quieren hacer creer a una historia de “buenos o malos”. Precisamente, las acusaciones a estos organismos han sido sobradamente probados, quizá el aspecto más destacable sea el caso del Mundial de Qatar, cuya elección ha estado empañada por las acusaciones de corrupción de altos cargos de los organismos para que saliese elegida como sede del campeonato de 2022. El país volvió a la escena pública tras desvelarse que las faraónicas obras llevadas acabo para hacer posible el evento se han cobrado la vida de al menos 6.500 obreros.

Por otro lado, la oposición de gobiernos como el inglés o el francés responden al mismo patrón, preferencia de control y gestión de las ligas y federaciones nacionales frente a terceros agentes. Eso explica la posición de Emanuel Macron o Boris Johnson, a quien poco o nada les importan los aficionados, sino que ingresos se dejarían de percibir con esta competición.

A ello se suma un argumento de “tipo populista” como sería oponerse esgrimiendo también ese factor popular que desaparecería en la Superliga. “En Inglaterra el fútbol es un fenómeno cultural, y sin duda esta propuesta va en contra de la cultura de hinchas que hay en el país; la postura de Boris Jonhson responde a intereses de otro tipo, pero también aprovecha el peso social que tiene el fútbol para justificar su postura, aunque la auténtica motivación sea económica y política” afirma Vilariño.

La Superliga ¿una idea no tan original?

El caso de la Superliga no es único en el deporte. De hecho ni siquiera en Europa. La Euroliga de baloncesto, la competición más importante de este deporte en el continente, es un claro precedente con el que se puede realizar un paralelismo.

En el año 2000 se crea la Euroliga de baloncesto tras un cisma con la FIBA -la Federación Internacional de Baloncesto- que acaba con dos ligas paralelas que dividen a los clubes más importantes. La mencionada Euroliga, propiedad de los clubes  OlympiacosKinder BoloniaReal MadridFC BarcelonaTAU Cerámica y Benetton Basket, y la Suproliga, organizada por la FIBA, que cuenta con la participación del PanathinaikosMaccabi EliteCSKA Moscú y Efes Pilsen. Después de un año, en 2001, se fusionarían finalmente ambas competiciones manteniendo la estructura establecida por los clubes enfrentados a la FIBA, ya que disponían de los mejores equipos, patrocinadores y valor económico.

El formato actual de la Euroliga es parecido al de la Superliga: catorce clubes tienen plaza fija en la competición, mientras que cuatro pueden acceder gracias a méritos deportivos. Pese a la fusión de competiciones, no han cesado los enfrentamientos entre clubes y FIBA, con amenaza de esta última de no dejar participar a los jugadores de los clubes “rebeldes” en el Mundial. De momento la crisis sigue sin resolverse y la FIBA ha creado competiciones de menor rango que no tienen acceso a la Euroliga como la Europe Cup.

Para saber qué impacto podría tener una competición como la Superliga podríamos fijarnos en la salud actual de las ligas nacionales de baloncesto, en particular de la ACB, que es la más importante. Pues bien, en veinte años, la ACB ha perdido el 88% de sus espectadores. Según recoge el Confidencial, la ACB es seguida por aproximadamente 128.000 españoles, con partidos que alcanzan mínimos de 5.500 espectadores. A finales de la década de los 90 la ACB tenía un promedio por partido de más de 700.000 espectadores.

Una de las causas de este desplome de audiencia ha sido el paso de la televisión en abierto (TVE) al canal privado (Canal + y ahora Movistar +), junto con la bajada continua en los derechos de televisión que han hecho mermar los beneficios de los clubes. Aún así, en el declive de la ACB y el resto de ligas nacionales ha tenido mucho que ver la Euroliga. La máxima competición europea de baloncesto no solo gratifica económicamente cada victoria -importante dado el poco nivel adquisitivo de los clubes- sino que también movió las jornadas de martes-miércoles a jueves-viernes, más rentables comercialmente.

Los equipos grandes dan prioridad a la Euroliga, que cuenta con bastantes jornadas, en detrimento de sus ligas nacionales, lo que acarrea evidentemente una degradación de estas últimas. La brecha es muy considerable entre los clubes que juegan la Euroliga -sobre todo el Real Madrid y Barcelona- y los demás equipos de la ACB que tienen que hacer malabares económicos para rellenar sus plantillas. La ACB se ha convertido en una competición de tercera clase, ya que en el escalafón de baloncesto primero se sitúa la NBA, seguida por la Euroliga.

Jugadores y afición del Liverpool celebrando su sexta Champions en 2019. Fuente: Sky News

¿El fútbol pierde atractivo entre los jóvenes?

El fútbol no goza de buena salud actualmente, algo que se deja ver sobre todo en las nuevas generaciones. Lo declaró el mismo Florentino Pérez en el plató del Chiringuito: el 40% de los jóvenes de entre 16-20 años ya no tiene interés por este deporte”. Pero, ¿por qué esto es así? Las causas son múltiples, desde lo económico, hasta la nueva concepción del entretenimiento que tienen los más jóvenes.

Comencemos por el plano económico, el acceso al fútbol es caro, el precio medio de una camiseta de fútbol de un equipo grande ronda los 90 euros, en el 2015, el Mundo publicaba que el precio medio de una entrada para un partido de fútbol ascendía a más de 70 euros. El fútbol en abierto ha desaparecido prácticamente, y adquirir el paquete de fútbol internacional, más la Champions y Europa League cuesta 57,5 euros con Movistar. Estos ejemplos sirven  para entender por qué el fútbol es cada vez menos accesible, sobre todo para unos jóvenes que tienen recursos económicos muy limitados. En ese sentido las nuevas generaciones prefieren consumir otro tipo de entretenimiento más barato, como Netflix, Youtube o Twitch.

El entretenimiento está cambiando. Ahora se busca la inmediatez y los highlights. Los jóvenes no están dispuestos a estar atentos a un partido que dura 90 minutos y, en ocasiones, puede resultar ser aburrido. Cada vez hay menos regates y en muchos casos los entrenadores prefieren ser conservadores priorizando el resultado en vez del espectáculo. Aquí podríamos hacer la comparación con la NBA, una competición más dinámica que ha sabido explotar más su producto gracias a su fuerte difusión en las redes sociales.

Otra cuestión es el tratamiento al aficionado, más allá de los precios, la proliferación de partidos todos los días y a horas incómodas ha generado cierto desapego, sobre todo cuando es sabido que el objetivo es adaptarse al horario asiático. Asimismo, los jugadores de los equipos son cada vez menos accesibles, alejando aún más los vínculos entre jugador-aficionado. Por último, la propia desigualdad económica entre clubes, profundizada notablemente en los últimos años. Esto ha originado que los clubes más modestos plantillas de menor calidad, sin grandes estrellas, provocando la pérdida de competitividad en el proceso.

Todos estos factores explican esta caída en el interés de los consumidores del fútbol. ¿La Superliga podría solucionar estos problemas? Probablemente no. Pero lo que parece evidente es que el balompié necesita reformarse y adaptarse a los nuevos tiempos.

Entrevista a Miguel Quintana

Para poder tener una visión más completa sobre el tema de la Superliga y el estado del fútbol actual, hemos querido acudir a la opinión de periodistas deportivos. Miguel Quintana responde a nuestras preguntas:

1-Has declarado que el fútbol vive una crisis actualmente, entre otras cuestiones genera cada vez menos interés en la sociedad ¿por qué crees eso? ¿La Superliga vendría a solucionar estos problemas?

Hay una mayor fragmentación del ocio. Es decir, hay más competidores por un tiempo que no aumenta, sino que incluye disminuye. El problema que parece tener el fútbol es que no ha penetrado en su momento en el corazón de las nuevas generaciones, y ese es el valor diferencial que ha tenido el fútbol. Uno no ve un partido por su espectáculo, sino porque algo que considera suyo se está jugando 3 puntos, una Copa o la Champions

2-Por como fue el anuncio de la Superliga ¿crees que fue un órdago de los clubes europeos a la UEFA para que hiciera reformas en la Champions que satisfagan mejor sus intereses?

Yo no creo que fuera un órdago, aunque seguro que algún que otro equipo lo vio de esa manera. Me parece que era una propuesta seria porque la élite entiende que hay que cambiar el formato y también al regulador del juego. Son dos cosas que van de la mano.Por eso, que la UEFA cambie de formato, no les satisface.

3-De momento parece que el primer intento de Superliga ha fracasado después de que retiraran la mayoría de equipos ¿cuáles crees que han sido las causas de este derrumbetan rápido?

Ha parecido una propuesta precipitada, mal planificada y peor explicada. Ha sido incapaz de convencer a un mínimo % de la opinión pública y no tenía como aliado a ninguno de los estamentos propios y ajenosal fútbol (aficionados, futbolistas, entrenadores o gobiernos).

4-¿El proyecto de la Superliga está muerto o este es solo el principio de una larga batalla? Y por último en tu opinión ¿Qué cosas habría que cambiar del fútbol actualpara hacerlo un producto más atractivo para los aficionados?

No está muerto. Me parece que la Superliga es inevitable. Ahora bien, lo que sí puede cambiar es quién la organiza y varios aspectos fundamentales de la misma, como el hecho de que los equipos fundadoresnunca puedan perder su categoría.

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