La Red Globo, de la hegemonía golpista a la contestación de la extrema-derecha (1)

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Algo inédito se cierne sobre el mayor imperio de comunicación de América Latina. Por primera vez en mucho tiempo la Red Globo afronta nuevos adversarios que desafían su poder, bien diferentes de aquellos que normalmente ha enfrentado Brasil en las últimas décadas. Durante más de 50 años el Grupo Globo ha consolidado su influencia absoluta como una institución capaz no solo de dictar el comportamiento y los hábitos de los brasileños, sino también las decisiones de los jefes de Estado y sus programas de gobierno. Tanto durante la dictadura militar, como después en la redemocratización, su línea editorial pautó lo que los gobernantes deberían o no hacer de acuerdo con sus intereses corporativos y lo que la sociedad debería pensar al respecto.

Quien milita en el campo de la izquierda ya tiene una opinión formada de que Globo es ‘golpista’. La emisora de TV fue un agente político decisivo en el apoyo a los movimientos de oposición de la presidenta Dilma Rousseff, y protagonista en el controvertido proceso de Impeachment que la derribó. Para los militantes de izquierda, Dilma, a pesar de sus controversias, era una presidenta legítimamente electa que sufrió un golpe parlamentario a partir de una colusión entre un Congreso corrupto y sectores empresariales insatisfechos con la recesión económica. Esta narrativa es alimentada no solo por los acontecimientos políticos recientes de Brasil, sino por el pasado del Grupo Globo y sus relaciones con el poder.

Sin embargo, lo que los partidos políticos y los movimientos sociales progresistas tal vez no sospecharan fue ser testigos de ver a Globo, su principal enemigo en el campo informativo, siendo tildada de ‘comunista’ e ‘izquierdista’. Tornándose cada vez más común ver como atacaban a Globo a través de las redes sociales por los motivos más inusitados, como acusaciones de que la emisora “defiende la destrucción de la familia cristiana”, siendo al mismo tiempo ‘pro-Lula’, ‘pro-Partido de los Trabajadores’ o ‘pro-Cuba’. La desconfianza de la población en cuanto a la mayor emisora de TV de su país parece haber sido canalizado por un camino que la izquierda brasileña no preveía: la extrema-derecha.

Es posible que la propia Globo tenga su cuota de responsabilidad en el ascenso de esos ataques protofascistas al promover la demonización del ‘bolivarianismo’ y llevar a cabo una supuesta ‘cruzada anticorrupción’, especialmente contra los gobiernos progresistas de Lula y Dilma. Los mismos estratos de la sociedad brasileña, sobre todo de la clase media urbana, que antes volcaban su discurso moralista contra el PT ahora vociferan contra los grandes medios. Para comprender tal fenómeno contestatario, amplificado por el poder de Internet, es necesario tener una perspectiva histórica de que está íntimamente relacionada al pasado lejano y reciente de la emisora, que no siempre fue sinónimo de reaccionarismo y ‘golpismo’.

La habilidad de deponer y elegir presidentes

Las estrechísimas relaciones entre el Grupo Globo y las grandes corporaciones empresariales y sus representantes dentro del Estado es un hecho fácilmente contrastable en la historia del siglo XX. La fundación de la emisora de TV en 1965 no acontece menos de un año después del Golpe militar por mera casualidad. El patriarca del grupo, el empresario Roberto Marinho, fue desde el primer momento partidario del derrumbe del gobierno nacionalista de João Goulart y de la instalación de los militares al poder. Al día siguiente del Golpe, el propio Marinho público en O Globo, principal periódico del grupo, un editorial titulado ‘Resurge la Democracia’, en el que celebraba el “heroísmo de las Fuerzas Armadas” por “salvar a los brasileños del comunización”.

La adhesión de Marinho a los militares golpistas fue, ante todo, una decisión mercantilista. La expansión de la televisión en Brasil fue un arma utilizada por la dictadura para consolidar su proyecto de integración nacional. Para los militares, era preciso invertir en una infraestructura de las telecomunicaciones para implantar un modelo de desarrollo industrial favorable a la entrada de capital extranjero. Para Roberto Marinho, el apoyo al régimen permitió al Grupo Globo construir una red hegemónica de comunicación en Brasil y transformarse en uno de los mayores conglomerados de información del mundo.

En este contexto el Jornal Nacional – el principal telediario de la TV brasileña, visto hasta hoy por más de 90 millones de espectadores – es una creación de Globo en sinergia con la iniciativa gubernamental de unificar el país no solo políticamente, sino también de acuerdo a los mercados. No por nada el lanzamiento del Jornal Nacional en 1969 acontece junto al inicio de las operaciones vía satélite de la Empresa Brasileña de Telecomunicaciones (Embratel), fundada por los militares para crear las condiciones para que las telecomunicaciones llegasen a las regiones más distantes del país.

Con una calidad técnica y un alcance inéditos, el Jornal Nacional consolido la profesionalización de la producción televisiva brasileña y, aun siendo realizado por una empresa privada, daba a los espectadores una sensación de disfrutar de un servicio público. En el noticiario, la censura y autocensura de las noticias negativas de Brasil marcaban el pacto de Globo con la dictadura. El general-presidente Emilio Garrastazu Médici llego a declarar en los años 70: “Me siento feliz todas las noches cuando sintonizo la televisión para ver el telediario. Mientras las noticias dan cuenta de graves agitaciones, atentados y conflictos en varias partes del mundo, Brasil marcha en paz, rumbo al desarrollo”.

Con la presión de la sociedad civil por la apertura política y las elecciones directas a inicio de los años 80, Globo supo pronto readaptar su soft power para actuar dentro del juego democrático liberal. El rechazo a la continuación del régimen militar coincidía con la vocación de la emisora para influenciar al electorado en los candidatos de su preferencia. En las primeras elecciones directas para gobernar en 1982, por ejemplo, Globo llego a ser acusada de participar en el Caso Proconsult, en el cual los agentes remanentes de la dictadura intentaron – sin éxito – fraudulentar el sistema de conteo de votos para impedir que el nacionalista de izquierdas Leonel Brizola, un notorio enemigo de Marinho, fuese electo gobernador de Rio de Janeiro.

La mediatización del proceso político es un fenómeno de cuyo potencial el Grupo Globo aprendió a tener amplio control. Ya en la primera elección presidencial después del régimen militar, en 1989, Globo probó como el dominio de la imagen mediática es un factor decisivo para la política al proyectar la figura de un joven candidato conservador Fernando Coller, artífice de la llegada del neoliberalismo a Brasil, contra el candidato del Partido de los Trabajadores (PT), Luiz Inácio Lula da Silva. Con el objetivo de manipular la opinión pública contra el candidato de izquierdas, la emisora edito el debate presidencial para destacar las mejores actuaciones de Collor y exhibir apenas los peores momentos de Lula.

Los candidatos Coller y Lula prestos para el debate electoral.

Como presidente, Collor fue testigo del abandono de la propia emisora de TV que proyecto su imagen como “el cazador de marajás (nota del traductor: nombre atribuido a los funcionarios, en referencia a los marajás de India, a los que acusaba de tener sueldos desorbitados)” y lo ayudo a ser elegido. Collor viró contra Roberto Marinho al intentar articular la construcción de su propio imperio de comunicaciones y acabo depuesto del cargo por Globo. Cuando los escándalos de corrupción de su gobierno movilizaron a multitudes pidiendo su impeachment, la emisora dio amplia cobertura a las protestas, reforzando su fama de tener el poder para elegir y derrocar presidentes.

Durante el gobierno neoliberal de Fernando Henrique Cardoso (1995-2002), del PSDB, la Red Globo ejerció un papel central al volver consenso institucional la defensa de las reformas del mercado y del ideario de la economía abierta. También mantuvo una posición equilibrada en el inicio del gobierno de Lula en 2003 (año de la muerte de Roberto Marinho), cuando este dejó claro que su proyecto social de distribución de la renta no implicaba cambios abruptos en el orden macroeconómico de Brasil. La propia campaña electoral vencida por Lula en 2002, al contrario de 1989, fue marcada por una mayor “imparcialidad” en la cobertura de los principales candidatos, con el objetivo expreso de evitar polémicas.

Globo en la era de Lula y Dilma Rousseff

La primera brecha explicita entre Globo y la administración de Lula ocurre en 2005, con la cobertura del llamado “escándalo del mensalão” – el Partido de los Trabajadores fue acusado de realizar préstamos ficticios para comprar el apoyo de 18 parlamentarios para votar a favor del gobierno en la Cámara de los Diputados. El Partido de los Trabajadores siempre negó las acusaciones de los pagos, pero las repercusiones del caso se tornaron en una mancha en la historia del partido y del propio Lula. Los grandes medios se valieron de denuncias para convencer a los brasileños de que el PT, otrora considerado popularmente como el “partido de la ética política”, estaba protagonizado el “mayor escándalo de corrupción de la historia de Brasil”.

Es preciso asociar la mediatización de las acusaciones contra el PT en 2005 a un factor fundamental: en la historia política de Brasil, la narrativa de “combatir la corrupción” siempre fue útil al conservadurismo. El moralismo político se convirtió en una bandera de la derecha para movilizar a la opinión pública contra objetivos específicos. Es evidente que la corrupción en Brasil es un tema gravísimo que merece atención de la sociedad, sin embargo el discurso de la “defensa de la ética” acostumbra a acompañar posiciones político-partidarias reaccionarias y ser usado para desmoralizar a enemigos políticos de forma selectiva y, muchas veces, autoritaria. Globo ratificó la táctica de denunciar la supuesta corrupción del PT para presionar al gobierno de Lula a acatar las demandas de la empresa, como un decreto que oficializó el sistema de TV digital en Brasil y el nombramiento de un exempleado de la emisora, el periodista Hélio Costa, como ministro de Comunicaciones.

Helio Costa primero por la izquierda acompaña a Lula a un acto.

Aunque no creará una crisis institucional, las acusaciones contra la cúpula del PT en el escándalo de mensalão contribuiría, por primera vez, a construir la imagen de complicidad del partido con actos ilícitos. La cobertura de ese episodio por los medios fue decisiva para catalizar el rechazo a Lula entre los sectores de clase media y cristalizar la polarización política entre el PT y el PSDB en unas elecciones de 2006 que perduran hasta hoy. Como señala el científico político André Singer, los electores más pobres, beneficiarios directos de las políticas sociales y del crecimiento económico de la administración Lula, se volvieron la base electoral del PT, en cuanto a los electores de rentas más altas, más susceptibles de las narrativas mediáticas, se alejaron del partido. Su gobierno conquisto el apoyo de una importante base electoral por la activación de la economía a través del estímulo al consumo y la generación de empleo, lo que dio a Lula un record del 87% de aprobación popular y ayudó a Dilma Rousseff a ser elegida en 2010 y 2014.

Al mismo tiempo, durante las administraciones de Lula y Rousseff, Globo no solo mantuvo su hegemonía en el mercado, recibiendo ganancias todos los años entre 2005 y 2016. Los beneficios acumulados del grupo en el periodo fueron equivalentes a R$ 28 mil millones (~6 mil millones €) una media de R$ 2,54 mil millones (~600 millones €) por año. Aunque el Grupo Globo sea un oligopolio, los gobiernos del Partido de los Trabajadores nunca tomaron iniciativas para combatir la concentración de propiedades de los medios de comunicación en Brasil y democratizar el acceso a la información, algo previsto en el artículo 220 de la Constitución. Toda iniciativa de regular el sector era satanizada, especialmente, por el propio Globo como una “tentativa de censurar a la prensa”.

La cobertura de las protestas de masas de junio de 2013 contra el aumento de las tarifas de autobuses municipales prueba la habilidad de Globo de modificar su propio discurso para capitalizar la indignación social de acuerdo con sus intereses. La emisora, que inicialmente destacaba los “actos de vandalismo”, dejó de criminalizar a los manifestantes y comenzó a dirigirlos contra el gobierno de Dilma Rousseff. Las reivindicaciones por los servicios públicos de calidad y denunciando la crisis de la democracia representativa en Brasil fueron instrumentalizados por Globo por medio de eslóganes genéricos “contra la corrupción y la impunidad”.

El caso más emblemático fue el del comentarista político Arnaldo Jabor, que tildó a los manifestantes de “burros y rencorosos” y, tres días después, los exaltaba como el “despertar de los jóvenes”. El cambio de posicionamiento editorial y la tentativa de dirigir las protestas también quedaron claras en la columna del analista del periódico O Globo, Merval Pereira. El columnista, que inicialmente asociaba los actos a la “manipulación de actividades políticas de grupos radicales y anárquicos”, publicó un artículo titulado “La corrupción es el foco”, exaltando que “el punto común de esas manifestaciones” era la “lucha contra la corrupción”.

Una de las respuestas de Rousseff a las manifestaciones de 2013 fue la llamada Ley Anticorrupción, que determina responsabilidad administrativa y civil a empresas por la práctica de actos de corrupción. La ley instituía, entre otras medidas, los acuerdos de lenidad, por medio de los cuales una compañía podría obtener reducciones de multas si reconocía los actos de corrupción y cooperaba con las investigaciones. Entre las sanciones estaba la interdicción del funcionamiento de la empresa y la prohibición de recibir incentivos y subsidios de la administración. La nueva legislación, sumado al nombramiento por la propia Rousseff de un fiscal general de la República independiente – Rodrigo Janot – en septiembre de 2013, ayudó a crear los mecanismos de investigación que marcarían un espectáculo jurídico-policial con apoyo visceral del periodismo del Grupo Globo: la Operación Lava Jato.

Traducido por Angel Marrades.

Proximamente la parte 2…

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Gabriel Deslandes

Periodista brasileño en Rio de Janeiro, comentarista de la situación política en Brasil.