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La oposición venezolana agoniza y Maduro resurge

Juan Guaidó en una comparecencia pública. Fuente: Manuare Quintero / Reuters

Pocos podían imaginar el escenario, ni siquiera los más fervientes seguidores o aliados de Nicolás Maduro. Cuando el 5 de enero de 2019 un desconocido diputado llamado Juan Guaidó fue juramentado como presidente encargado de Venezuela, parecía que una nueva página se abría en la historia de este país caribeño. Y aunque así fue, el resultado no era el que esperaba el antichavismo.

Guaidó fue reconocido por decenas de países tal como proyectaba la administración de Donald Trump (2017-2021), principal impulsor de este plan. La decisión se respaldó en una interpretación de varios artículos de la Constitución venezolana y un cuerpo legislativo –la Asamblea Nacional de 2015– de mayoría opositora. La estrategia llegó a ser respaldada por gran parte de la comunidad internacional, incluida la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos de las Naciones Unidas.

Guaidó era el verdadero jefe de Estado para varias entidades políticas del mundo, entre ellas la Unión Europea, Colombia, Brasil, Perú y Argentina. Con la popularidad de Guaidó por las nubes y un Maduro rezagado en el concierto internacional, todo se veía oscuro para el heredero de Hugo Chávez, pero la estrategia fracasó. La tríada de objetivos de Guaidó –”cese de la usurpación, un gobierno de transición y elecciones libres”– fue tan grandilocuente como complicada de realizar.

Guaidó no pudo ir más allá del reconocimiento internacional, que en la mayoría de los casos no era más que nominal, porque mientras las embajadas en el mundo estaban en dominio de sus funcionarios, Maduro retenía el control del Estado y por ende, el poder real sobre el territorio, lo que afectaba también a los trámites más valiosos para la comunidad venezolana en el exterior como era emisión de visados o pasaportes.

A diferencia de Henry Ramos Allup –el primer presidente de esa Asamblea Nacional (AN) que nombró a Guaidó como mandatario interino del país–, quien prometió el derrocamiento de Maduro por vía constitucional “en un lapso de seis meses”, el joven político no quiso delimitar el tiempo. Y al final el tiempo acabó siendo su peor enemigo. Maduro se consolidó y en vez de perder apoyos, sumó nuevos tras los cambios de gobierno en la región, que ahora presenta una mayoría de izquierdas.

La caída de Guaidó

A finales del 2022 un grupo de exdiputados de la AN de 2015 –que siguen sesionando por estimar que son el último resquicio democrático del país y su correspondiente desconocimiento del Parlamento emanado de los comicios legislativos de 2020– optó por terminar con la presidencia encargada a Guaidó en una reunión virtual.

Desde hace meses se manejaba en Venezuela la posibilidad de que el G4 –los partidos opositores que concentran el poder de decisión: Acción Democrática, Primero Justicia, Voluntad Popular y Un Nuevo Tiempo– tomaran el camino para acabar con el interinato, mientras Maduro se paseaba por Egipto como máxima autoridad del país en la Conferencia de las Partes (COP27) sobre el cambio climático.

Y así se erigió con el influjo de Primero Justicia, Acción Democrática y Un Nuevo Tiempo, que terminaron con la fórmula de Voluntad Popular, el partido fundado por Leopoldo López del cual formaba parte Guaidó antes de asumir el timón de la oposición.

Ahora lo que rige para el movimiento antichavista es una nueva junta directiva de la AN electa en 2015, bajo el liderazgo de Dinorah Figuera, que vive en España.

“¡Esta es la hora de la victoria total!”, celebró Jorge Rodríguez, que fue ratificado este año como presidente de la AN en funciones (chavista). “Es la fuerza de la realidad la que se impone”, subrayó el legislador, que también lidera la delegación de Maduro que negocia en México con la oposición y estuvo el 1 de enero en Brasil, el último país que dio un viraje en el reconocimiento de Guaidó.

¿Ahora qué?

Venezuela, un país en severa crisis económica, con millones de personas obligadas a migrar y violaciones de derechos humanos con aquiescencia de Maduro según las Naciones Unidas, tiene elecciones presidenciales previstas para 2024. Sin embargo, desde el chavismo no han descartado que se adelanten para este año en un intento de perjudicar a la oposición, que todavía no tiene un aspirante definitivo.

El 22 de octubre está previsto que se realicen las primarias, en las cuales ha tomado fuerza la posición de la exlegisladora María Corina Machado y el humorista Benjamín Rausseo. En una entrevista reciente concedida a la agencia EFE, Guaidó expresó su “asco” por la eliminación de la presidencia encargada, pero llamó a prepararse cuanto antes para el proceso electoral. “Viene un proceso de recomposición, de reconstrucción (…) y yo creo que tenemos también la oportunidad a la vuelta de esquina, que es la primaria”, indicó Guaidó, que opinó que Maduro puede perder con facilidad mientras haya “una elección libre y justa”.

Con ese cometido, entre otros motivos, la oposición volvió a la mesa de negociación en México con el chavismo. Y ya el propio Jorge Rodríguez, que fue presidente del Consejo Nacional Electoral (CNE), admitió que es posible la recomposición del órgano. El actual presidente del CNE es Pedro Calzadilla, un historiador que fue ministro durante el mando de Chávez y posteriormente con Maduro. Una práctica que se hizo costumbre en la nación sudamericana desde inicios del siglo.

De hecho, la Misión Internacional Independiente de las Naciones Unidas manifestó en 2020 la necesidad de continuar investigando “hasta qué punto la influencia política indebida ha obstaculizado la independencia judicial”, en medio de los hechos indagados sobre crímenes de lesa humanidad. Un extremo siempre rechazado desde el gobierno.

Por lo tanto, la oposición tendrá la ardua tarea de procurar condiciones aceptables para concurrir ante un Nicolás Maduro reforzado a nivel internacional, que ahora con su posición mejorada, busca cesar las sanciones internacionales. La mejor carta de la oposición es la misma de los últimos tiempos: Estados Unidos. El chavismo cederá en algunos aspectos, como un nuevo CNE o la habilitación electoral de las principales figuras opositoras, siempre y cuando la administración Biden levante las sanciones sobre Caracas. Un pulso donde está por determinar hasta qué extremo ceden las partes.

Saludo entre Emmanuel Macron y Nicolás Maduro en la Conferencia de las Partes (COP27) sobre el cambio climático. Fuente: Twitter de Nicolás Maduro

Tanto Guaidó, como López –exiliado en España tras escaparse de Venezuela– y Henrique Capriles Radonski están inhabilitados. A pesar del desgaste, la ciudadanía los sigue viendo como las caras visibles de la oposición, especialmente en unos sufragios, junto a otro veterano de la política venezolana como Manuel Rosales, ex candidato presidencial y actual gobernador del estado Zulia.

Según un sondeo publicado a finales de 2022 por la encuestadora Datanalisis, Rosales encabeza las intenciones de voto de cara a las primarias con un 29%, seguido por María Corina Machado (17%), Henri Falcón (11%) y Guaidó (7,5%). Por su parte, en el oficialismo Maduro (19%) es superado por el pintoresco gobernador del estado Carabobo, Rafael Lacava (21%). Aunque no lo ha hecho oficial, las previsiones son que Maduro busque una nueva reelección.

¿Las elecciones serán suficientes?

La negociación en México será larga. El chavismo es especialista en dilatar o acelerar este tipo de conversaciones para consumir y dividir a la oposición. Entretanto, el oficialismo subsiste en base a un núcleo duro de votantes que rondaría el 30-40%. Sobre el resto aspira a que se abstenga o que se divida entre el resto de postulantes. De ahí la valía que tiene la primaria para la oposición. Diversos informes han confirmado la pérdida de confianza de la población en la democracia y el hartazgo puede jugar a favor del chavismo. Ya en 2018 Maduro fue reelegido con un 54% de abstención.

De acuerdo a Naciones Unidas, son más de 7.13 millones de personas refugiadas y migrantes de Venezuela en el mundo que huyeron de la violencia, la inseguridad, las amenazas y la falta de alimentos, medicinas y servicios esenciales. Contar con ese potencial electorado también será vital para la oposición.

No obstante, esto conlleva doble dificultad: convencerlos de acudir a sufragar y garantizar su derecho al voto. Hasta ahora la comisión encargada de las primarias no ha informado que este grupo de personas puedan pronunciarse en las urnas y algunos analistas dudan de que sea posible, por la logística que ameritaría y su respectiva necesidad económica.

El vericueto está claro. La oposición, que no supo aprovechar ni la alta popularidad ni el estatus que llegó a tener Guaidó, ahora deberá llegar a buen puerto, negociando, votando y con Maduro gobernando.

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