La evolución del panarabismo

El 28 de septiembre de 1970, a las 18:15 horas, el conjunto del mundo árabe pierde al que fue el mayor exponente de la unión de todos sus componentes, el presidente de la República Árabe Unida, Gamal Abdel Nasser. Con él, muere uno de los pilares fundamentales del panarabismo, y se acelera la caída política de una idea que en los años anteriores experimentó una eclosión muy notable.

Pero ¿qué es aquello tan abstracto y complejo a lo que nos referimos cuando hablamos de mundo árabe? Podríamos definirlo como el espacio geográfico que comparte como elemento definitorio principal la lengua árabe como mayoritaria. Estaríamos hablando de un espacio que abarca desde La Güera en el Sahara Occidental hasta la ciudad de Al Hadd en Omán. Así abarcaría principalmente África del Norte y Oriente Medio, existiendo otros países fuera de esta órbita territorial como son Yibuti, Sudán, Somalia, Mauritania y Comoras. Sin embargo, estas naciones, principalmente por su distancia espacial con el resto de los componentes del mundo árabe, han tenido un papel prácticamente irrelevante en el germen, desarrollo y posterior atomización del panarabismo y nunca estuvieron realmente incluidas en el imaginario panarabista.

Gamal Abdel Nasser en un discurso público en El Cairo tras ser elegido como presidente de la República Árabe Unida. Fuente: AP

Para conocer el origen del movimiento, hemos de remontarnos al siglo XIX. Es en este siglo donde se infiltra en los territorios árabes dominados por el Imperio Otomano decadente la idea de patria-nación (watan), que es explotada por algunos intelectuales de la época como el libanés Jurji Zaydan para contraponer una idea de nación árabe frente a la dominación otomana cada vez más débil. Este pensar empieza a arraigar hasta generar un capítulo muy importante de la I Guerra Mundial en el año 1916, el conocido como compromiso McMahon. Los británicos se habían marcado tres objetivos principales en Oriente Medio durante esta época: controlar los campos petroleros de Iraq; tener un control absoluto sobre la ruta de la India (del Mediterráneo al Golfo); y asegurar su dominio de los lugares santos de Palestina y la antigua Mesopotamia, con el fin de tener gratas relaciones con las comunidades no musulmanas regionales.

Para ello, necesitaban contar con los árabes de su lado ante los turcos. Así, decidieron establecer el Compromiso McMahon, mediante el cual el jerife de La Meca Husayn ibn Ali y el alto comisario británico en El Cairo, Henry McMahon, acordaron que, a cambio del apoyo de los árabes a los británicos en la guerra mediante una rebelión árabe coordinada contra los otomanos, se reconocería y apoyaría un Estado árabe que contendría las actuales Irak, Jordania, Siria, Líbano, Palestina y la Península arábiga al completo. Sin embargo, habría ciertos territorios no incluidos, como Adén y determinados distritos de Egipto, Irak y Siria. Mientras que la revuelta árabe tuvo lugar, los británicos dejaron caer el Estado árabe creado posteriormente por Husayn, decidiendo apostar por el acuerdo de Sykes-Picot que firmaron en 1916 paralelamente a las negociaciones con los árabes. Este acuerdo entre Reino Unido, Francia e Irlanda repartía Oriente Medio en zonas de influencia inglesas y francesas, formándose el Mandato británico de Palestina entre 1920 y 1948 y el Mandato británico de Irak desde 1920 hasta 1932, y el Mandato francés de Siria y Líbano, que duró desde 1923 hasta 1946.

El panarabismo volverá a dormitar tras este primer germen de una traducción palpable desde las ideas a la realidad. Y despertará con tres puntos fundamentales en el mapa: primeramente, tenemos que, en Egipto, a partir de las tesis de Sati Husri de que fuese Egipto el país que realizara la unidad árabe, como Prusia lo había hecho en Alemania y el Piamonte por la unidad italiana, se formaría en 1945 la Liga Árabe, con el objetivo de conseguir la completa independencia de los países árabes todavía colonizados y evitar el establecimiento de un Estado judío en el territorio palestino. Sin embargo, no era una unión ni mucho menos orgánica, sino una especie de alianza donde cada país conservaba su independencia. Los fundadores fueron Egipto, Siria, Líbano, Irak, Transjordania (ahora Jordania) y Arabia Saudita.

Por otra parte, dos años después, se funda el 7 de abril de 1947, se funda en Siria el partido Baaz (renacimiento en árabe) a partir de las ideas de tres pensadores sirios como fueron Michel Aflaq, Salah Al Bitar y Zaki Al Arzusi. Tres fueron los intelectuales que originaron el partido y tres fueron las palabras en las que se fundamenta el ideario de la organización: Unidad, Libertad y Socialismo. Mientras que Aflaq y Al Bitar aportaron principalmente el pensamiento socialista que conocieron durante su estancia en tierras francesas, Al Arzusi aportó la idea de la unión del mundo árabe mediante la lengua como elemento integrador de las diferentes naciones. La libertad viene dada por la conjunción de ambos elementos como elemento de lucha ante la colonización de gran parte de Estados árabes en la época.

Finalmente, como contestación a la Nakba del año 1948 surge el Movimiento Nacionalista Árabe entre universitarios de Beirut (cuya figura más reconocida era George Habash, futuro dirigente del Frente Popular para la Liberación de Palestina), el cual abogaba por la unidad del pueblo árabe, la liberación del yugo imperialista y la venganza contra el sionismo por la catástrofe palestina. Aquí cabe recordar que fue el fenómeno de la Nakba (catástrofe en árabe) para conocer las consecuencias que supuso. El término se refiere al desplazamiento de más de 700000 palestinos de sus tierras, además de la eliminación de los componentes culturales, políticos y económicos que conformaban su sociedad para crear el Estado judío de Israel. La expulsión de lo que era en 1948 la mitad de la población árabe de Palestina y la destrucción de más de 400 aldeas de manera deliberada ha tenido graves consecuencias para la población palestina, que se prolonga a la actualidad con la existencia de 8 millones de refugiados palestinos que ven negado su derecho de retornar a sus tierras, y, por otra parte, con un Estado sionista que continúa robando tierras y tratando a los palestinos que viven dentro del Estado como ciudadanos de segunda clase.

Volviendo al Movimiento Nacionalista Árabe, pese a que ya existía el Baaz como partido con posibilidad de integrar a las masas en el camino hacia la unión árabe, los creadores de la organización de Habash consideraron necesaria su existencia para reflejar la Nakba en las consignas por las que luchaban las masas de la nación árabe. Además, vieron la necesidad de prepararse para la lucha armada como un camino para recuperar Palestina, acompañada de un enfoque que ponía gran importancia en la necesidad de una organización política con armas de hierro que exija a sus miembros entregarse a la lucha y estar plenamente preparados para la actuación. Este movimiento no tendrá una traducción real entendida como toma de poder con el objetivo de caminar hacia una unidad real de mundo árabe.

Más de 700.000 palestinos se vieron obligados a desplazarse debido a la creación del Estado de Israel. Fuente: imagen de archivo

En el caso de la Liga Árabe, quedará como una organización que no tendrá como objetivo real la unión del mundo árabe más que de cara a la galería, como ocurre con otro tipo de organizaciones similares a esta, como puede ser el caso de la Organización para la Unidad Africana (OUA). Sin embargo, será este país el que verá nacer al que será el mayor exponente del movimiento cuando, en julio de 1952, los Oficiales Libres, un grupo militar egipcio, tome el poder y con ello, Gamal Abdel Nasser vaya ganando poder dentro de este conjunto hasta ser electo como presidente en 1956. El presidente egipcio imprimirá a la nación la existencia de una figura con gran importancia dentro de la estructura política representada en sí mismo como presidente de la República, algo que el pueblo egipcio necesitaba después de la caída del monarca Faruk I que se veía como un gobernante débil y sometido a los designios occidentales.

Además, potenciará importantemente la intervención estatal económica, sobre todo a partir de la creación de la Unidad Socialista Árabe (USA) en el año 1962. Pero en el ámbito principal que hoy nos ocupa, Nasser, en búsqueda de una idea que acompañara al capitalismo de Estado que impuso para legitimar a su gobernanza, encontró en el panarabismo un nicho que explotar y en el que encontraría amplio apoyo de las masas. Como se refiere en Filosofía de la Revolución, una de sus obras más importantes, existe un “círculo árabe”. Dentro de él, se encuentra un conjunto de naciones vecinas, unidas en un todo único y homogéneo por todos los lazos morales y materiales imaginables y que constituyen un grupo indivisible de naciones, inspiradas en los principios espirituales de las tres religiones divinas que no pueden pasarse por alto.

Paralelamente, el partido Baaz va ganando poder en Siria, principalmente, aunque existían otras ramas como la iraquí, hasta que se produce un hecho fundamental en la historia panarabista. El 22 de febrero de 1958, se constituye la RAU o República Árabe Unida, un nuevo Estado formado a partir de la unión del Egipto nasserista y la Siria baazista. Gamal Abdel Nasser fue elegido presidente, debido al amplio protagonismo que tenía dentro del mundo árabe, y El Cairo fue establecida como capital de la nueva nación. Además, el nuevo parlamento nacido de la fusión de los dos anteriores se estableció en El Cairo. Esta unión fue realmente impulsada por los sirios, en cuya ideología residía realmente, como hemos visto anteriormente, la unión del mundo árabe. En cambio, Nasser no era muy proclive a ella, algo que tiene que ver con que para el nasserismo, aunque fue el máximo exponente panarabista, esta idea nació más como elemento legitimador que como pilar impulsor de la llegada al poder. Aun así, la idea de un enemigo común reflejada en el Estado sionista, la crisis del canal de Suez de 1956 y el pacto de Bagdad (una alianza de 1955 entre Irak, Turquía, Irán y Pakistán y el Reino Unido y que suponía la práctica elongación de la OTAN en la zona ante la marea comunista), hicieron ver a Nasser que sería recomendable tener un fuerte aliado regional y poder controlar relativamente la política exterior siria ante Occidente y los enemigos regionales.

Sin embargo, al no ser realmente una fusión llevada desde abajo hacia arriba, es decir, que no nació del pueblo, principalmente del egipcio, que aún arrastraba un sentimiento nacionalista propio más que árabe, la inestabilidad de las fronteras y el exceso de poder de Egipto sobre Siria, la unión se rompió en 1961, conservando Egipto el nombre de República Árabe Unida hasta 1971 y conformándose Siria como República Árabe Siria. Así, ambos continuarán con su ideal dentro del conjunto de elementos que conforman la ideología nasserista y baazista, pero no se producirán más uniones orgánicas durante la vida del líder egipcio.

El panarabismo jamás volverá a ser lo mismo ni tener la fuerza que llegó a poseer. Aun así, da sus últimos coletazos cuando toma el poder en Libia Gadafi en 1969, impulsando un proyecto muy similar al de Nasser en el vecino Egipto. El presidente libio era un ferviente admirador del líder árabe, e incluso se decía que conocía los discursos de Nasser de memoria de escucharlos una y otra vez durante su juventud. En el campo panarabista, mediante un continuismo nasserista y definiendo la reunificación árabe como “objetivo nacional prioritario”, rechazó, por un lado, la unión únicamente del Magreb al que pertenece Libia y se decantó por intentar uniones con el Mashreq árabe, como fue la Carta de Trípoli en 1969 que contenía a Egipto, Libia y Sudán y que se transformaría en la Unión de Repúblicas Árabes en 1971 bajo el mandato egipcio de Anwar Sadat. El fracaso de esta, la marginación de Libia en la guerra de 1973 y la incompatibilidad de la ideología de Gadafi con la normalización de relaciones con el Estado sionista que llevó a cabo Sadat llevaron a que reorientara su posición al Magreb. Tanto el fracaso de la unión con Túnez en 1974 bajo el nombre de República Árabe Islámica (fracaso que no perdonó jamás Gadafi al dirigente tunecino Habib Burguiba) como la Unión Africana Árabe de 1984 entre Libia y Marruecos (una alianza destinada al fracaso por la incompatibilidad de regímenes) enterraron las esperanzas panarabistas de Gadafi y, con ella, las últimas intentonas de una unión real y no meras ensoñaciones de futuro.

Muamar Gadafi en su primera y única intervención en las Naciones Unidas. El discurso duró 100 minutos. Fuente: AFP

Concluyendo, hemos visto como el panarabismo tuvo una aparición larvada, con una eclosión en la RAU y posteriores coletazos que eran más estertores premortem que uniones efectivas con la intención de incorporar al conjunto del mundo árabe a su alianza. La estaca final que está acabando con los últimos reductos de la idea es el panislamismo, que aboga por la alianza de todos los países de mayoría musulmana, poniendo por delante religión ante lengua y cultura. Esta postura es explotada tanto por aquellos gobiernos que hacen de la religión su bandera fundamental, como la República Islámica de Irán en la rama chií o Arabia Saudí en el caso del sunismo, como algunas organizaciones islamistas como los Hermanos Musulmanes, que tienen una amplia implantación en el mundo árabe. Siempre cabe recordar que panarabismo e islam no eran mucho menos elementos

enfrentados, sino que suponían una alianza efectiva. Y es que, como reflejó Aflaq, al que hemos visto como uno de los primeros impulsores, “la arabidad es el cuerpo y el islam el alma”.


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