
La relación entre Europa y Estados Unidos suele presentarse como el pilar más estable del orden occidental, un vínculo cimentado en valores compartidos, cooperación económica y un compromiso mutuo con la seguridad del continente.
Sin embargo, bajo esa narrativa celebratoria, se esconde una realidad mucho más compleja: desde el final de la Segunda Guerra Mundial, y especialmente tras el colapso de la Unión Soviética, el vínculo transatlántico ha estado marcado por una profunda asimetría que ha otorgado a
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