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El terremoto en Turquía y Siria: más problemas para Erdogan

Labores de rescate tras los terremotos registrados en Turquía. Fuente: Erdem Sahin / EPA-EFE

Artículo de Andrea Chamorro y Àngel Marrades

A las 4:17 del siete de febrero de 2023 el sureste de Turquía se veía sacudido por un terremoto de 7.8 en la escala Ritcher que duró aproximadamente 30 segundos y que tenía como epicentro la provincia de Gaziantep, situada a 600 kilómetros de Ankara. Dada la magnitud, el sismo se sintió en 14 países, incluyendo Egipto, Chipre, Líbano e Israel, si bien solo se han reportado víctimas mortales y daños materiales en Turquía y Siria. Poco después se producía otro terremoto a 80 kilómetros al norte con una magnitud de 7.6, que se sumaba a las más de 300 réplicas que la agencia de gestión de emergencias ha notificado.

Se trata de la mayor catástrofe sísmica registrada en ambos países en 30 años. De hecho, el presidente turco Recep Tayyip Erdogan lo ha comparado con el que afectó a Erzincan en 1939, que provocó más de 30.000 muertos. Sin embargo, el último gran terremoto que sufrió Turquía sucedió en 1999, dejando un saldo de 17.000 fallecimientos.

Esta región es una de las zonas de mayor actividad sísmica a nivel mundial. Para entender esto es necesario analizar la geografía tectónica de la región: la placa arábiga o árabe, que ocupa la península arábiga y parte de oriente próximo, choca constantemente con la placa de Anatolia que se extiende por la mayor parte de la propia península. Los movimientos, tensiones y acomodamiento entre las placas son lo que da lugar a los terremotos.

El epicentro del primer gran terremoto fue Gaziantep, en la que viven aproximadamente dos millones de personas. Entre la infraestructura afectada se encuentra el derrumbe del castillo de Gaziantep de más de 2.000 años de antigüedad. El origen del segundo fue en Kahramanmaras, en el que habitan 400.000 personas. Alepo, ciudad que tantos titulares ocupó como consecuencia de la guerra civil siria, volvió a ser noticia por haber sido una de las localidades más afectadas. Decenas de edificios se han derruido y miles de personas se han visto obligadas a desplazarse. En la mañana del 8 de febrero, cuando se escriben estas palabras, las cifras oficiales hablan de 9.000 fallecidos en Turquía, con 53.000 heridos, y 3.100 en Siria, con 3.700 heridos. No obstante, las labores de búsqueda y rescate no han concluido, así que las cifras continuarán aumentando en los próximos días.

La ayuda internacional se ha movilizado con gran rapidez, siendo diecinueve los países que han movilizado efectivos y material. Los casos más llamativos han sido Israel y Rusia puesto que la colaboración se presenta como un signo representativo de la mejora que han experimentando sus relaciones con Turquía en los últimos meses. Por otra parte Ankara ha desplegado 25.000 efectivos, 54.000 tiendas de campaña y 102.000 camas. Sin embargo, pese a la respuesta inicial, se ha denunciado que no ha llegado ayuda a determinadas localidades afectadas, sobre todo a la provincia turca de Hatay, cerca de la frontera turco-siria.

En el caso de Siria, las autoridades de las zonas controladas por la oposición han llamado a la evacuación de los edificios. Damasco ha anunciado la movilización del ejército para efectuar labores de búsqueda y rescate. Al mismo tiempo se ha anunciado que la mayor refinería del país ha tenido que ser cerrada por daños estructurales. La ayuda internacional ha pasado más desapercibida, pero la polémica que surgió en torno a Israel fue relevante. El gobierno israelí declaró que una delegación humanitaria actuaría en Siria como resultado de la petición de ayuda de Damasco. De haberse producido, sería la primera vez que los equipos de rescate israelíes actúan en un país árabe de manera oficial y pública. No obstante, las autoridades sirias aseguraron no haber pedido ayuda a Israel y criticaron que “Netanyahu explote la catástrofe del terremoto para engañar a la opinión pública y encubrir las políticas expansionistas y agresivas de ocupación”.

Más problemas para Erdogan

En el caso de Turquía es importante destacar el contexto que atraviesa el país. Este año se celebran las elecciones en las que el presidente se postula a la reelección en un clima de gran tensión política. Erdogan llegó al poder en 2002 con una gran acogida por parte de un electorado hastiado de las élites tradicionales. Sus primeros gobiernos se dieron en un periodo de bonanza económica, permitiéndole cosechar mayorías absolutas en las siguientes elecciones. Sin embargo, a medida que empeoraba la situación política, social y económica, también descendían los índices de popularidad. Si bien el apoyo mejoraba ligeramente cada vez que tenía lugar una acción importante en política exterior –como una operación militar en Siria contra grupos kurdos–, esta estrategia muestra signos de agotamiento. Asimismo, están surgiendo personajes públicos que hacen sombra al eterno dirigente, como por ejemplo el alcalde de Estambul, Ekrem Imamoglu, sobre el que hay un proceso judicial abierto.

Las posibilidades de reelección para Erdogan se antojaban remotas, pero el seísmo puede haber terminado con sus expectativas. El CHP, principal partido opositor, ha criticado duramente al gobierno dado que el presidente no llamó a los alcaldes del partido que gobiernan en la región –como es el caso de Lütfü Savaş, alcalde de Hatay, y Zeydan Karalar, alcalde de Adana – para coordinar las labores de ayuda. La estrategia de comunicación de Erdogán también ha sido muy deficiente, estando desaparecido de los medios durante 21 horas tras su declaración inicial y viajando al lugar del desastre únicamente al tercer día. 

La respuesta al terremoto, además, ha estado marcada por la falta de planificación y coordinación por lo que muchas provincias han quedado desatendidas. La ayuda internacional ha quedado varada en los aeropuertos a la espera de instrucciones. En Hatay, el territorio más afectado por el terremoto, la ayuda tardó dos días en llegar. La falta de transporte, especialmente de vuelos, ha sido otra de las quejas recurrentes, quedando muchos lugares inaccesibles y con la comunicación totalmente cortada. En estas circunstancias las muertes no se deben únicamente por el desastre, sino también a la ineficiencia de las autoridades. A esta falta de coordinación y comunicación hay que sumarle la decisión del gobierno turco de bloquear Twitter para acallar las críticas por la lenta respuesta, siendo además es una herramienta importante para las labores de rescate. Las Fuerzas Armadas no han podido desplegarse eficazmente en las labores de rescate y para proveer de material muy valioso –como cocinas portátiles, hospitales móviles, grúas o helicópteros–, situación que se agrava teniendo en cuenta que los cuarteles de su 2º ejército se encuentran en Malatya, muy cerca de las zonas afectadas. Esto ha despertado críticas ya que cabe destacar que se trata de la segunda mayor fuerza de la OTAN.

Es importante analizar cómo las reformas introducidas por el gobierno en 2009 para prevenir posibles golpes de Estado han tenido que ver en este desenlace. Antes el ejército podía desplegarse de manera independiente y era entrenado en labores de búsqueda y rescate. No obstante, una de las medidas adoptadas provocó que todo pasara a estar centralizado en la Presidencia de Gestión de Desastres y Emergencias (AFAD) –creada ese mismo año y subordinada al Ministerio del Interior–, convirtiéndose en la única agencia responsable de coordinar unas Fuerzas Armadas que perdieron autonomía y capacidad de actuación.

Como ya hemos comentado Turquía se encuentra situada en una zona de gran actividad sísmica, pero su infraestructura no está preparada para resistir. Si bien desde 1999 hay regulaciones más estrictas en material de construcción, con la llegada del AKP su aplicación se volvió más laxa. El crecimiento económico turco estuvo especialmente basado en el ladrillo, por lo que se construyó a gran velocidad sin tener en cuenta unos estándares mínimos de seguridad. En 2018, asimismo, se decretó una ley de amnistía para la construcción ilegal –reportó al Estado unos 3.000 millones de dólares en ingresos– que socavan más si cabe las regulaciones, que se cumplen poco, al poder adquirir los empresarios licencias retrospectivas de edificios ilegales a cambio de una tarifa.

El presidente turco Erdogan visita las zonas afectadas por el terremoto. Fuente: Presidencialistas de Turquía

Los efectos de esta laxitud en aplicación de las normativas las hemos podido ver en los últimos días. Aquí no hablamos únicamente de viviendas, sino también de infraestructuras críticas como hospitales, carreteras o alcantarillado que han quedado destrozados, algo que no debería ocurrir si la construcción se hubiera hecho con los materiales exigidos. A consecuencia del terremoto de 1999 también se estableció un impuesto especial para tener un fondo para otro desastre, pero, en palabras del ministro de Hacienda y Finanzas, Lütfi Elvan, “es posible que se haya gastado en cualquier otra cosa”, pues no se diferencia del presupuesto como una partida especial.

A toda esta situación hay que sumarle una nueva polémica: la bolsa de valores turca no cerró después del terremoto, permitiendo que las acciones de las cementeras aumentasen hasta un 20% ante la expectativa de compras masivas dada la reconstrucción que debe planificar el país. El gobernante AKP posee numerosos intereses en estas compañías ya que las empresas públicas de construcción fueron privatizadas y posteriormente vendidas a grupos cercanos al partido. Un ejemplo de esto es el conglomerado OYAK con su subsidiaria cementera, que junto a otras cuatro grandes cementeras –Konya Cimento, Afyon Cimento, Nigbas, y Cimbetón– ha crecido un 21% en bolsa. Finalmente el gobierno turco optó por cerrar la bolsa al tercer día ante la indignación. Parece que Erdogán trata ahora de solventar la situación anunciado medidas de alivio como un cheque de 10.000 liras turcas –cerca de 500 euros– a las familias afectadas. Sin embargo, de poco servirá con la galopante inflación que sufre el país. 

Aquí también debemos recordar como Erdogán, siendo primer ministro, después de un terremoto en 2011 en el que murieron cientos de personas, culpó a la mala construcción por el alto número de muertos y dijo: “Los municipios, los constructores y los supervisores ahora deberían ver que su negligencia equivale a asesinato”. No es raro ver como ahora es la oposición quien utiliza estas palabras en su contra.

Los comicios de dentro de unos meses se presentaban inciertos debido a la multiplicidad de factores que juegan en contra del presidente y de los distintos mecanismos que él puede activar para perpetuarse en el poder. Sin embargo, este desastre cambia radicalmente el tablero político. Buena parte de la base social del AKP nace al calor la fiebre del ladrillo, el terremoto puede ser como ha dicho la experta en política turca Sinem Adar: “el trágico final del imperio de la construcción de 20 años del AKP”. En los próximos meses podremos ver sus efectos en la arena política.

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