El Tablero Ucraniano (VII): Invasión rusa de Ucrania

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Montaje con simbología nacional de Ucrania. Fuente: Ukrinform.

Por Alejandro López.

Una vez visto que Rusia y la Administración Biden podrían convenir un INF –o un acuerdo de espíritu similar-, una distensión en el este de Europa y un Minsk III –o un compromiso con el marco pasado- sin que esto implique rendición de las líneas rojas ni cesión ante el rival, cabe mencionar el segundo punto de Lavrov.

¿Hacia un ataque ucraniano en el Donbás?

Aun con la posibilidad de un acuerdo, es viable que el despliegue de tropas en torno a las fronteras con Ucrania no apunte a un INF –para el que la escalada habría sido una crisis de los misiles de Bielorrusia o Kaliningrado- sino hacia una operación militar en Ucrania, dada la cantidad de batallones tácticos desplazados al flanco occidental ruso. Ante la aparente negativa de Rusia a entrar en Ucrania, salvo farol, tanto una operación preventiva de Ucrania como una operación de sectores nacionalistas ante el temor de un Acuerdo de Minsk, podrían ser el detonante de una operación rusa. Pero en ese escenario no habría lucha por el relato. Si Rusia y Estados Unidos logran que avance la diplomacia sin que sea una simple ganancia de tiempos, el empobrecido apoyo de Zelenski en Ucrania se vería resentido. El propio gobierno de Zelenski ya ha denunciado la posibilidad de un golpe de Estado apoyado por Rusia y el oligarca Ajmetov, rival de Zelenski. También en el marco de represión de periodistas –con cierre de medios de comunicación- y opositores, uno de los puntos clave de la política interior ucraniana ha sido el regreso de Petro Poroshenko, predecesor de Zelenski, a Ucrania para ser juzgado. Poroshenko recibió cierto apoyo popular en su regreso pero el dato interesante eran sus acusaciones de traición por su supuesta disposición a implantar el marco de Minsk en su gobierno. Reino Unido seguía publicando supuestos contactos entre Rusia y diputados ucranianos para situarles en un futuro gobierno amigable, entre perfiles del entorno del ex Presidente Víktor Yanukóvich, como al ex diputado Yevgeny Muraev.

Aunque la amenaza de sanciones de Occidente se había rebajado sustancialmente desde los intentos por involucrar el Nord Stream 2 y el sistema SWIFT de intercambios financieros –no descartados por completo-, se seguía apuntando a consecuencias devastadoras para el sistema financiero ruso si se producía la operación militar. Por supuesto, al hablar de “invasión” no se hacía distinción a si se trataba de una ofensiva, una respuesta a un ataque ucraniano y/o un escenario georgiano sin ocupación. Por lo tanto cabe esperar que en cualquiera de ellos, la tensión creada por las fases previas cree un grado suficiente de opinión pública favorable a las sanciones para que se apueste por su imposición, se trate de una operación ofensiva, defensiva, falsa bandera mediante o sin ella. Las consecuencias del carísimo despliegue y del coste derivado de la amenaza del conflicto ya se vivían sin entrar en materia: enero terminaba con la caída del rublo ruso y de la grivna ucraniana.

¿Hacia una falsa bandera?

Durante enero de 2022 ambos bandos han acusado al otro de estar preparando un ataque de falsa bandera para justificar el inicio de las hostilidades. Tanto una falsa bandera como la respuesta rusa a un ataque ucraniano real por parte de sectores nacionalistas y/o de extrema derecha –como los más beligerantes del Maidán- en el Donbás supondrían la preparada entrada de Rusia militarmente en Ucrania sin preocuparse tanto por la batalla del relato. Hay varios escenarios planteados que destacan en torno a esta cuestión: reconocimiento del Donbás o no como pretexto para una entrada limitada, entrada total con ocupación –posterior división y/o cambio de gobierno-, entrada total para exigir retirada ucraniana del Donbás sin ocupación –escenario georgiano-, o entrada total por otro punto de la frontera ucraniana.

En cualquier caso, por un lado, como se ha mencionado, Ucrania critica que la retórica sobre la inminencia de una invasión rusa venga desde las capitales occidentales y no desde Moscú; así como, por otro lado, Estados Unidos convirtió en febrero la rumorología en torno a una potencial operación de falsa bandera rusa en una acusación formal sobre su materialización como pretexto para dicha invasión.

Para servirse de dicha acusación, Ned Price, portavoz del Departamento de Estado, ofreció una declaración en la que se aseguraba disponer de los (anteriormente mencionados como rumores) informes de inteligencia estadounidenses y británicos que estaba desclasificando en el acto. Sin embargo, ante el cuestionamiento de los periodistas presentes en el acto -principalmente de la agencia estadounidense AP- sobre cuáles eran las pruebas que aportaban esos informes, Price reconoció que el documento al que podrían acceder sería la transcripción de su declaración. Por lo que la prueba desclasificada comprendía la declaración en sí misma y no ofrecía nuevos aportes que validasen la acusación. Washington Post, basándose en fuentes gubernamentales, detallaría la supuesta operación rusa como «la transmisión de imágenes de víctimas civiles en el este de Ucrania para generar indignación contra el gobierno ucraniano y crear un pretexto para la invasión». En el juego de propaganda, también Donetsk y Lugansk afirmaban que Kiev sería la que realizaría el ataque tras haber «terminado todos los preparativos» con la recepción del armamento ofrecido por Estados Unidos y Reino Unido, entre otros.

¿Hacia una intervención militar de Rusia en Ucrania?

Mapa de Ucrania señalando ciudades clave como Mariupol (en el lado de Donetsk controlado por Kiev), Donetsk, Luhansk (Lugansk), Odessa (Odesa), Kharkiv (Jarkov), Kyiv (Kiev) o Lviv (Leópolis). Fuente: Wikimedia.

Una vez se había anunciado el fin de los fondos especiales para la reintegración de Crimea, la situación económica previsiblemente volvería a adolecer la crisis del agua que podría ser acuciante en algún punto de 2022. Para paliar la crisis del agua crimea sería importante que Rusia lograse al menos el control del sur de Ucrania, al otro lado del istmo. Existen razonables dudas sobre si una operación militar rusa llevaría a una ocupación para imponer un gobierno favorable, una simple operación que tumbe al gobierno y una ocupación del este para dividir el país, o la fragmentación del país en varios modelos. Cualquiera de los escenarios que implique ocupación parcial o total mostraría las dificultades con insurgencia variable en función de las diferencias sociales entre las zonas occidentales de Ucrania y las orientales. La fuerza nacionalista de Lviv y el ánimo de consolidación del Donbás en torno a Mariupol, llegando como mucho a Odesa, son dos ejemplos de estos modelos diferenciales que se percibieron en 2015. No obstante, evidentemente no se conoce cuál sería el alcance real de la operación, pero se vería mayor interés en la conexión Donetsk-Mariupol, la conexión Crimea-Odesa, la conexión con Transnistria, la toma de Jarkov o la toma de Kiev –parcial o no-.

Con estos escenarios, llegado el caso extremo de una intervención militar, Rusia podría avanzar en una Ucrania sin fuerza en sistemas antiaéreos ni apoyo de la OTAN, pero ofrecería problemas internos en caso de buscar el mantenimiento de una ocupación o ante su retirada. Por lo tanto cualquier guerra, ya sea en el transcurso de la ocupación o durante el nuevo statu quo posterior, ofrecería resistencias y tumultos sociales por parte de los nacionalistas. El escenario georgiano tampoco evitaría necesariamente dicho tumulto una vez se retire Rusia. La baja popularidad de Zelenski, que se ha vuelto sustancialmente más autoritario en los últimos años con el cierre de medios de comunicación y las acusaciones de persecución política a los opositores, pondría en juego la movilización en su favor. Los nacionalistas podrían apostar por diferentes perfiles y grupos políticos, como en las últimas elecciones locales, dada la debilidad del partido Servidor del Pueblo, partido instrumental de Zelenski con un importante carácter personalista.

Pero en cualquiera de los casos, la intervención parece que vendría motivada como respuesta a un ataque ucraniano. Los reportes occidentales se basaban en notas de inteligencia para asegurar la inminencia del ataque ruso desde noviembre. Tanto a principios de diciembre –rectificado posteriormente- como a finales de enero fue negada tal posibilidad por políticos oficialistas ucranianos, incluido el Ministro de Defensa ucraniano, lo cual desmontaría el discurso defensivo en caso de que fuerzas ucranianas lanzasen una operación preventiva o en caso de que la arenga ucraniana hubiera sido artificialmente orquestada. Si la respuesta rusa ante un ataque ucraniano fuera una consecuencia indirecta de un nuevo marco diplomático no aceptado por los nacionalistas o un objetivo del mismo es otra cuestión de la que poco se sabe.


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Antropólogo, profesor y biólogo especializado en gestión de socioecosistemas. Ahora me dedico al análisis de política internacional.

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