Crisis fronteriza entre Polonia y Bielorrusia: ¿hacia el fin de las tensiones?

Los migrantes apostados en el paso de Kuznica han sido trasladados por las autoridades bielorrusas, pero una importante presencia militar polaca se mantiene en la zona

Frontera polaco-bielorrusa en Kopczany, noroeste de Polonia, 23 de agosto de 2021. ARTUR RESZKO / EPA-EFE

La llegada de cientos de personas procedentes de Oriente Medio a las fronteras de Polonia, y en menor medida a Lituania y Letonia, ha desatado una crisis fronteriza con Bielorrusia. Los migrantes tratan de llegar a la Unión Europea desde territorio bielorruso bajo la supervisión de las fuerzas de este país, según las acusaciones de Varsovia y Vilnius. Tras varios momentos de tensión y amplios despliegues militares se han producido algunos gestos que indicarían una reducción de las tensiones.

El primer vuelo de repatriación salió de Minsk hacia Bagdad el pasado 18 de noviembre. Unas 400 personas de nacionalidad iraquí abandonaban la frontera polaco-bielorrusa y se dirigían a su país de origen, mientras otros cientos de migrantes agolpados en el paso fronterizo de Kuznica-Bruzgi se instalaban en un centro de transportes, previamente acondicionado, en la región de Grodno. El presidente bielorruso Alexander Lukashenko dio la orden de ofrecer un refugio a todas aquellas personas que permanecían a la intemperie, bajo la lluvia y el frío, en las inmediaciones de la valla fronteriza que separa a los dos países. Estas primeras señales de distensión por parte de Bielorrusia llegaron tras dos conversaciones telefónicas –en menos de tres días– entre la canciller alemana saliente, Angela Merkel, y el mandatario bielorruso. Desde la crisis política surgida después de las elecciones presidenciales de agosto de 2020 en Bielorrusia –el líder bielorruso fue acusado de cometer fraude electoral y no ha sido reconocido como presidente por la mayoría de países occidentales– ningún líder de la Unión Europea (UE) había hablado de tú a tú con Lukashenko. Además, Josep Borrell, Alto Representante de la Unión Europea, discutió con el ministro de exteriores bielorruso, Vladímir Makei, la situación en la frontera en dos llamadas telefónicas.

Lukashenko presentó su plan a Merkel: de los 7.000 migrantes que se encuentran en territorio de la República de Bielorrusia, según una portavoz de la presidencia bielorrusa, 5.000 de ellos podrían regresar a sus países, mientras Bruselas “abriría un corredor humanitario” para las 2.000 personas que se encuentran en los campamentos. Merkel apuesta por el diálogo con Lukashenko. La parte bielorrusa afirmó que tras el contacto directo entre Minsk y Berlín se acordó el inicio de conversaciones entre Bielorrusia y la UE para buscar una salida negociada a la crisis. Sin embargo, la Comisión Europea sigue reticente a entablar negociaciones con el gobierno de Lukashenko. En Bruselas señalan que “hay conversaciones técnicas con ACNUR y las contrapartes bielorrusas para facilitar la repatriación de las personas que se encuentran en la frontera”. Pero el portavoz de la Comisión Europea, Eric Mamer, enfatizó en rueda de prensa que “no se trata de negociar con el régimen de Lukashenko”. Aunque desde Bruselas se hayan entregado 700.000 euros para la asistencia de los migrantes.

Varsovia ha advertido que no aceptarán ninguna solución de la crisis sin que ellos la aprueben. Hasta ahora Polonia no ha estado presente en las conversaciones de alto de nivel que Francia y Alemania han mantenido con Rusia y Bielorrusia. La limitada coordinación de los 27 ante una crisis fronteriza que se llevaba gestando desde el pasado mes de junio se puso de manifiesto, una vez más, cuando el ministro de Exteriores de Lituania, Gabrielius Landsbergis, reconoció que no había sido informado previamente sobre la “inesperada” conversación de Merkel y el líder bielorruso: “francamente, solo vi el tuit”.

Polonia y la UE acusan al presidente Lukashenko de “usar a los migrantes para ejercer presión sobre la UE”. Señalan que las autoridades bielorrusas son responsables de orquestar la llegada de personas procedentes de Oriente Próximo y África a su territorio con el fin de trasladarlos las fronteras orientales de la Unión Europea, -en concreto a zonas fronterizas de Lituania, Letonia y Polonia–. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, calificó lo ocurrido como un “ataque híbrido” y prometió que el quinto paquete de sanciones contra Bielorrusia se impondría pronto. El alarmismo en las declaraciones de los líderes de Bruselas se desató el pasado 8 de noviembre, cuando una columna de unos 2.000 migrantes llegó a las cercas instaladas en la frontera polaca. Definieron lo ocurrido como “un intento de desestabilización de la Unión Europea”.

Polonia ha desplegado alrededor de 20.000 efectivos en la zona fronteriza y también Lituania y Letonia fueron reforzando la presencia militar en sus fronteras con Bielorrusia. Una zona altamente sensible que involucra directamente a la OTAN y a Rusia (Kaliningrado). Los tres países ya habían notificado durante los últimos meses que establecerían mayores protecciones en sus lindes. Polonia anunció que construirá un muro de 180 kilómetros de largo y 5,5 metros de alto en la zona limítrofe con Bielorrusia. Esperan que la infraestructura esté lista a finales del primer semestre de 2022.

Discrepancias entre Varsovia y Bruselas

La crisis fronteriza se produce en un momento complicado para las relaciones entre Bruselas y Varsovia. El pasado 7 de octubre el Tribunal Constitucional polaco declaró que los artículos 1 y 19 del Tratado de la UE son incompatibles con la Constitución polaca. Una decisión que “pone en rumbo de colisión a ambos sistemas legales”. Por otro lado, el gobierno del partido polaco “Ley y Justicia” (PiS) ha aprovechado la situación para mantener su retórica antinmigración y perfilarse como “el defensor de las fronteras de Europa”. Bruselas ha mostrado su apoyo a Polonia a pesar de las evidentes discrepancias entre los socios. Por el contrario, Varsovia se negó a aceptar la ayuda de Frontex (Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas) y rechazó el despliegue de sus efectivos en la frontera asegurando que ellos mismos podían hacerse cargo de la situación. Sin embargo, Polonia sí permitió que Reino Unido les “brindase apoyo de ingeniería” y los militares británicos ya se encuentran monitoreando la situación en la zona. Londres y Bruselas mantienen serias desavenencias en las negociaciones sobre el acuerdo post Brexit, pero Varsovia se decantó por aceptar el apoyo británico antes que el europeo. Tampoco los medios de comunicación pudieron acceder al lugar tras el decreto de Estado de Emergencia dictado por el gobierno polaco. Algunos periodistas han sido detenidos por las autoridades de este país.

La OTAN reaccionó rápidamente, la misma mañana del 8 de noviembre, y tildó de “inaceptable” el supuesto uso de los migrantes por parte de Minsk para presionar a Letonia, Lituania y Polonia. Si bien es cierto que, ante otras crisis migratorias diferentes a esta, como lo ocurrido entre España y Marruecos, tanto la UE como la OTAN se mostraron menos efusivos en sus condenas.

A media que aumentaba la tensión, y tras rechazar la ayuda de la UE, el primer ministro polaco, Mateusz Morawiecki, informó que se encontraba en conversaciones con Vilnius y Riga para activar el artículo 4 del Tratado del Atlántico Norte –Las Partes se consultarán cuando, a juicio de cualquiera de ellas, la integridad territorial, la independencia política o la seguridad de cualquiera de las Partes fuese amenazada-.

El punto álgido de la crisis llegó el 16 de noviembre, un día antes se hacían efectivas las nuevas sanciones de la UE contra Minsk. Cientos de hombres intentaron asaltar la frontera cerca del paso de Kuznika y arrojaron piedras contra las fuerzas de seguridad polacas. En los vídeos publicados por el Ministerio de Defensa de Polonia se pudieron observar granadas aturdidoras detonando en el lado bielorruso. Varsovia afirma que fueron los efectivos bielorrusos los que proporcionaron las granadas a los migrantes. La respuesta polaca fue contundente: dispararon cañones de agua y gases lacrimógenos contra las personas que trataban de atravesar la frontera.

Un militar polaco rocía gas lacrimógeno durante los enfrentamientos entre migrantes y guardias fronterizos el 16 de noviembre de 2021. AP

Tras este tenso episodio Minsk suspendió la entrega de visados a Afganistán y Somalia –las autoridades bielorrusas habían simplificado el proceso de obtención de visas para varios países meses atrás-. La aerolínea estatal bielorrusa, Belavia, ya había avisado días antes de que no trasladaría a personas procedentes de Yemen, Siria e Irak. También Turkish Airlines suspendió el transporte de personas procedentes de Oriente Medio desde el aeropuerto de Estambul después de que el primer ministro polaco acusase a Ankara de patrocinar la llegada de migrantes a Bielorrusia.

Parece que la crisis se estaría encaminando hacia su final, pero Polonia sostiene que Minsk continúa trasladado migrantes a la frontera, aunque en grupos más pequeños. Los países de la UE fronterizos con Bielorrusia informaron hoy mismo que siguen frustrando los intentos de cruces ilegales hacia sus estados.

Reconocimiento y fin de las sanciones

Alexander Lukashenko quiere ser reconocido como presidente y que las sanciones a Bielorrusia sean retiradas. La ministra de exteriores de Estonia, Eva-Maria Liimets, asegura que estás fueron las demandas que el líder bielorruso planteó a Angela Merkel para poner fin a la crisis fronteriza. Una crisis que se fue intensificando durante todo el verano y a la que la Unión Europea ha llegado tarde.

Alexander Lukashenko. Vía Presidencia de Bielorrusia.

Las relaciones de Lukashenko con sus vecinos occidentales, especialmente Lituania y Polonia, se habían deteriorado desde los comicios presidenciales de 2020 y la posterior represión de los manifestantes y de medios de comunicación contrarios a Lukashenko. Ambos países, los más beligerantes contra el gobierno de Bielorrusia, fueron los que lideraron la presión contra Minsk y los que mayores apoyos otorgaron a la oposición bielorrusa. El siguiente punto de inflexión llegó en el mes de marzo tras el aterrizaje forzoso del avión de Ryanair en el aeropuerto de Minsk y la detención del opositor Roman Protasevich. En aquel momento fue Alexander Lukashenko quien enarboló la bandera la “guerra híbrida” que, según el mandatario bielorruso, estaba desatando la Unión Europea contra su país. Bruselas solo se relacionó con Minsk mediante el lenguaje de las sanciones desde entonces. La principal valedora de esta actitud hacia Bielorrusia fue la excandidata presidencial, Svetlana Tijanovskaya, que en multitud de ocasiones pidió a Bruselas y Washington que aplicasen restricciones contra “el régimen de Lukashenko”. La estrategia parece no haber tenido mucho éxito ya que Lukashenko, gracias al apoyo de Moscú, continúa en el poder. Sin embargo, es la propia sociedad bielorrusa la que sufre las consecuencias de esta política de sanciones.

En el mes de mayo el presidente bielorruso lanzó la siguiente advertencia: “Detuvimos las drogas y los migrantes; ahora se los comerán y los atraparán ustedes mismos”. Esta declaración se produjo el 26 de mayo, tan solo un día antes, el presidente francés Emmanuel Macron mostraba su disposición para invitar a los miembros de la oposición bielorrusa a la cumbre de G-7. A principios de junio Lituania alertaba sobre un aumento del flujo de migrantes hacia su territorio y notificaba que se desplegarían fuerzas adicionales en la frontera.

Todas las partes fueron subiendo las apuestas. Mientras Bruselas establecía restricciones sobre el comercio de fertilizantes de potasio y productos derivados del petróleo, Lukashenko suspendía la participación de Bielorrusia en la iniciativa de la Asociación Oriental de la Unión Europea.  Más tarde el presidente bielorruso anunciaba el cese de los acuerdos con la UE sobre la readmisión de migrantes que cruzasen de forma ilegal desde Belarús hacia países miembros y ordenaba “cerrar cada metro de la frontera”. Lukashenko ya no tendría responsabilidad legal con la Unión Europea sobre esta cuestión.

A pesar del deterioro de las relaciones, el ministro de Exteriores bielorruso, Vladímir Makei, afirmó que intentaron hasta en seis ocasiones discutir con Bruselas la cuestión de la migración ilegal sin ningún tipo de respuestas. Los líderes europeos no reconocían a este gobierno y no quería ningún diálogo. Los funcionarios bielorrusos responsabilizaron a la UE de la crisis y lanzaron una última advertencia clara el pasado 6 de octubre. Alexander Volfovich, secretario de Estado del Consejo de Seguridad de Belarús, afirmó que el despliegue de un grupo de la OTAN especializado en “amenazas híbridas” en Lituania, durante dos semanas en septiembre, podría “llevar a una escalada” del problema migratorio.

Alexander Lukashenko terminó sugiriendo en una entrevista exclusiva con la BBC que era “absolutamente posible” que sus soldados ayudasen a los migrantes a llegar a territorio de la Unión Europea: “Nuestros soldados saben que los migrantes van a Alemania”. Pero continúa negando que él sea el responsable de orquestar la crisis fronteriza.

El presidente bielorruso demostró que todavía conserva cierta capacidad de presión y ha conseguido ser reconocido de facto como presidente del país. A pesar de las reticencias de algunos estados miembros, las negociaciones entre Minsk y Bruselas se habrían iniciado y las llamadas de Merkel son una victoria moral. Lukashenko ha sabido cambiar el tema de las agendas mediáticas y la represión interna ha pasado a un segundo plano. Además, el mandatario bielorruso puso de manifiesto, una vez más, las contradicciones entre los valores que la Unión Europea dice defender y sus acciones cuando se trata de aplicar esos mismos valores.

¿Cuál es el papel de Moscú?

El primer ministro de Polonia, Mateusz Morawiecki, involucró a Rusia en la crisis migratoria y acusó al presidente Vladímir Putin de ser “el autor intelectual”: “El ataque que está llevando a cabo Lukashenko, tiene su cerebro en Moscú”, sentenció Morawiecki. Esta premisa ha sido sostenida ampliamente por diversos sectores de la prensa y algunos analistas de Occidente. Rusia siempre ha negado cualquier participación en el transcurso de los acontecimientos.

Suponer que Lukashenko es un simple títere de Rusia quizás no es del todo acertado. El presidente bielorruso no ha sido un aliado cómodo para Moscú, los desencuentros han marcado las relaciones entre ambos estados. Lukashenko, consciente de la importancia de su posición geográfica, ha sido un duro negociador y no ha dudado en balancearse hacia Rusia o Bruselas cuando consideró que podía sacar algún rédito de ello. La situación, como ya se ha mencionado antes, cambió tras las elecciones presidenciales de 2020 que supusieron la negativa de Bruselas para seguir considerando a Lukashenko un interlocutor válido. Esta estrategia de la Unión Europea empujó a Minsk hacia Moscú y aceleró las negociaciones, antes estancadas, sobre la integración en el Estado de la Unión. Putin y Lukashenko consiguieron llegar a acuerdos y se aprobaron 28 programas que se traducirán en una mayor integración económica. Acuerdos que sin duda benefician a Minsk. Además, también se ha establecido una Doctrina Militar del Estado de la Unión y ambos socios han ampliado su cooperación en el ámbito de Defensa. Rusia ha conseguido beneficios, sí, pero Minsk tiene ahora una vinculación con Moscú que le permite arriesgar en sus estrategias sabiendo que Rusia estará obligada a asistirle. Y estas aventuras bielorrusas no tienen por qué redundar estrictamente en un beneficio para Rusia. No está de más recordar que a pesar de que Rusia es un socio vital para Lukashenko, éste todavía no ha reconocido explícitamente la pertenencia de Crimea a la Federación Rusa.

El Kremlin apostó por distanciarse de la crisis en la frontera polaco-bielorrusa; señalaron que se trata de un problema entre Minsk y Varsovia y recomendaron a la Unión Europa mantener conversaciones directas con las autoridades bielorrusas. Cuando Lukashenko amenazó con cortar el gas que llega a Europa a través del gasoducto Yamal-Europa, el presidente ruso le recordó que de hacerlo incurriría en una violación de los contratos de tránsito. Una llamada de atención, sin duda. Días después “una reparación no programada” en el oleoducto “Druzhba” limitaría la cantidad de petróleo que se bombea desde Bielorrrusia a Polonia. Esta incidencia fue anuncia por el operador bielorruso Gomeltransneft. Moscú guardó silencio, pero en 48 horas se solucionó el problema.

Otra de las teorías para sostener que Rusia está detrás de estas crisis, fue la supuesta intención de Moscú para ampliar su presencia militar en Bielorrusia. Sin embargo, la colaboración entre ambos países en esta materia ya se había estrechado meses atrás. En marzo Rusia y Bielorrusia firmaron por primera vez un acuerdo de asociación estratégica para los próximos cinco años. Un plan que “estipula la interacción práctica entre las ramas militares de las tropas y las fuerzas especiales”. Además, acordaron establecer tres centros militares para el entrenamiento conjunto precisamente en Grodno y Kaliningrado.

Pero, quizás, lo que más evidenciaría un malestar en Moscú, fueron las últimas declaraciones del presidente Putin en las que afirma que la integración continuará entre Rusia y Bielorrusia a la vez que señala que Lukashenko debería iniciar un diálogo con la oposición.

No es la primera vez que se plantea la idea de que Moscú estaría interesado en una retirada ordenada de Lukashenko. El próximo mes de febrero se celebrará, según declaraciones de Lukashenko, el referéndum constitucional en el país. Aunque todavía se desconocen los detalles concretos de las enmiendas, éstas estarían dirigidas a reducir los poderes del presidente. Unos cambios en los que Moscú ha insistido, aunque partieran del jefe de Estado bielorruso.

Rusia, y cualquier otro país, va a aprovechar toda circunstancia para intentar sacar un beneficio propio. Pero cabe preguntarse si una tímida distensión entre Bruselas y Minsk tras la escalada -que podría ser uno de los motivos detrás de la crisis fronteriza- aportaría alguna ganancia a Moscú para generar esta tensión en la cercanía de sus fronteras. O por el contrario esta reducción de las tensiones con la UE daría alas al presidente bielorruso para volver a posicionamientos más duros en las negociaciones.

Estados Unidos afirma que Lukashenko ha intentado “sembrar división y distraer de las actividades de Rusia en la frontera con Ucrania” con esta crisis. Desde principios de noviembre varios medios de EE. UU. han dado la voz de alarma sobre una acumulación de fuerzas rusas en las fronteras de Ucrania. Kiev lo negó en un principio, sin embargo, ahora sostiene estas acusaciones. Las hostilidades en el conflicto de Donbás se han intensificado y el marco diplomático para la resolución de la guerra parece que da señales de agotamiento. El uso de un dron Bayraktar TB2 por parte de Ucrania contra una posición de la autoproclamada la República Popular de Donetsk y el intento del ejército ucraniano para capturar nuevos asentamientos, podría indicar que Kiev está dispuesto a incrementar la presión en la zona. Las autoridades ucranianas también han ampliado el número de efectivos de las fuerzas de seguridad en su linde común con Bielorrusia.

Un aumento de las hostilidades, por ahora, en forma de declaraciones, ya está teniendo lugar entre Rusia y la OTAN. Putin afirma que las “líneas rojas” de Moscú no se tienen en cuenta por parte de sus socios europeos y estadounidenses, mientras la prensa occidental aviva el temor de una “posible invasión rusa de Ucrania”.

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