
Alberta es una de las provincias que conforman el Estado de Canadá y, junto a Saskatchewan, Columbia Británica y Manitoba, ha constituido históricamente uno de los principales desafíos a la cohesión territorial y política del país.
Parte integral del sentimiento de western alienation –traducible como "alienación occidental"–, la provincia ha mantenido una relación tensa y recurrentemente conflictiva con Ottawa, alimentada por una percepción persistente de agravio económico y de desconexión política respecto del poder federal.
Alberta y la "alienación occidental"
En este contexto, Alberta se ha consolidado durante décadas como un bastión conservador en una Canadá mayoritariamente liberal –o, más bien, progresista-liberal–. La derecha ha gobernado la provincia de forma prácticamente ininterrumpida. La única excepción se produjo entre 2015 y 2019, con el mandato de la socialdemócrata Rachel Notley.
Fuera de ese breve paréntesis, el poder provincial ha estado siempre en manos conservadoras: entre 1935 y 1971, bajo la hegemonía del Partido del Crédito Social; entre 1971 y 2015, del Progressive Conservative Party; y desde 2019, de la Unidad Conservadora.
El Partido del Crédito Social de Alberta fue fundado en 1935 por el evangelista y educador William “Bible Bill” Aberhart, quien adaptó la teoría económica del británico C. H. Douglas al contexto de la Gran Depresión.
Douglas sostenía que la crisis económica tenía su origen en la insuficiencia del poder adquisitivo y proponía una intervención estatal destinada a distribuir crédito directamente a la población. Aberhart transformó estas ideas en un programa político de fuerte impronta popular y religiosa.
La propuesta conectó profundamente con el malestar agrario y urbano de la provincia y condujo a una victoria electoral arrolladora en 1935, cuando el partido obtuvo 56 de los 63 escaños y desplazó al gobierno de los United Farmers.
Aunque muchas de sus iniciativas monetarias fueron posteriormente bloqueadas por los tribunales y por el marco constitucional canadiense, el Partido del Crédito Social logró mantenerse en el poder hasta 1971, encadenando nueve triunfos electorales consecutivos.
Tras la muerte de Aberhart en 1943, Ernest Manning lideró una evolución del partido desde un reformismo económico heterodoxo hacia una administración conservadora pragmática, que prosperó especialmente con el auge petrolero. Este prolongado dominio no solo definió el perfil político de Alberta, sino que dejó una huella duradera en la cultura política del Oeste canadiense.
Sobre esta base histórica se asentó un autonomismo albertano que nunca dejó de ser políticamente hegemónico. Sus críticas a Ottawa se articulan en torno a tres ejes recurrentes: la lejanía política del poder federal, una supuesta “injusticia” fiscal y las restricciones impuestas a la industria petrolera. Son estos argumentos los que colocan a Alberta a la “vanguardia” de las provincias del oeste que hablan de la “alienación occidental”.
¿Del petróleo a la secesión?
Es precisamente este último punto el que concentra hoy las mayores fricciones. Las autoridades conservadoras provinciales buscan potenciar las actividades extractivas, algo que también apoya el poderoso lobby del crudo provincial.
Sin embargo, la limitada autonomía de Alberta y la regulación ecológica y ambiental del Estado federal actúan como frenos sistemáticos a las aspiraciones de la élite del crudo. Su singularidad política se explica, en primer lugar, por la posición estructural de Alberta dentro del equilibrio energético nacional.
Se trata de una de las provincias más ricas de Canadá y concentra en su territorio en torno al 90% del petróleo nacional, lo que le confiere un peso decisivo tanto por la magnitud de las actividades extractivas en curso como por su función de reserva energética estratégica ante eventuales necesidades futuras. A ello se suma la presencia de importantes reservas de tierras raras, lo que refuerza su centralidad económica y geopolítica.

La riqueza energética de Alberta se combina con una cercanía económica, territorial e incluso política con Estados Unidos que termina de moldear su perfil ideológico diferenciado.
La dependencia de Alberta respecto del mercado estadounidense excede ampliamente la que mantiene con el resto de Canadá, una realidad que alimenta su orientación conservadora y su tradicional desconfianza hacia las políticas federales.
Sea como fuere, una eventual independencia de Alberta resulta altamente improbable por las vías legales existentes. Incluso en el escenario de un triunfo electoral de fuerzas abiertamente independentistas, el proceso exigiría la celebración de un referéndum y la aplicación de la Ley de Claridad Federal, que obliga a negociar con el Estado central, con el resto de las provincias y con las naciones indígenas del territorio, actualmente contrarias a la secesión.
A ello se suman requisitos parlamentarios prácticamente inalcanzables: unanimidad en la Cámara de los Comunes, mayoría en el Senado y el apoyo de dos tercios de las provincias, un umbral que no se alcanzaría ni contando con el respaldo de Columbia Británica, Saskatchewan, Manitoba y Quebec.
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