
Alemania ha sufrido un revés diplomático inédito en Naciones Unidas. Su candidatura para ocupar un asiento no permanente en el Consejo de Seguridad durante el período 2027-2028 fracasó este miércoles, 3 de junio de 2026, tras no alcanzar la mayoría necesaria de dos tercios en la Asamblea General.
Berlín competía por uno de los dos puestos correspondientes al grupo de Europa occidental, pero quedó por detrás de Portugal y Austria. Lisboa obtuvo 134 votos y Viena 131, superando el umbral de 127 apoyos requerido entre los 190 Estados presentes. Alemania, en cambio, se quedó en 104 sufragios, a 23 del mínimo necesario y claramente por detrás de sus dos rivales europeos.
La derrota tiene un fuerte valor simbólico. Es la primera vez que Alemania pierde una votación de este tipo en la Asamblea General de Naciones Unidas. Hasta ahora, el país había ocupado en seis ocasiones un asiento no permanente en el Consejo de Seguridad.
El resultado ha provocado un intenso debate interno en el país germano, donde algunas voces han llegado a plantear una reducción de la inversión alemana en Naciones Unidas, pese a que Berlín es el segundo mayor contribuyente de la organización.
Cabe recordar que el Consejo de Seguridad es uno de los órganos más importantes de Naciones Unidas, ya que puede autorizar medidas clave para mantener la paz y la seguridad internacional, desde sanciones hasta el uso de la fuerza militar. Está formado por 15 miembros: cinco permanentes, con poder de veto, y diez no permanentes, elegidos por mandatos de dos años.
Aunque formalmente los miembros no permanentes son elegidos por la Asamblea General, en la práctica la selección suele decidirse previamente en los grupos regionales.
Estos reparten los puestos siguiendo una lógica de rotación entre países, aunque también influyen otros factores, como la participación en misiones de paz, la situación política interna, las alianzas internacionales, la fortaleza económica, la ayuda exterior y las relaciones personales entre delegados.
El proceso de elección combina criterios formales e informales. Al tratarse de negociaciones a puerta cerrada y votaciones secretas, pueden darse acuerdos, intercambios de apoyos y presiones diplomáticas. Además, los países más poblados o influyentes suelen tener ventaja, porque su presencia en el Consejo de Seguridad puede resultar más relevante para los intereses de otros Estados.
Las razones de la derrota alemana
La derrota alemana no es un caso aislado. Desde el final de la Guerra Fría, varias potencias medias occidentales han fracasado en sus intentos de acceder al Consejo de Seguridad.
Suecia perdió en 1992 frente a España y Nueva Zelanda; Australia en 1996 frente a Portugal y Suecia; Grecia en 1998 frente a Países Bajos y Canadá; Italia en 2000 frente a Irlanda y Noruega; Canadá en 2010 frente a Alemania y Portugal; Finlandia en 2012 frente a Australia y Luxemburgo; Turquía en 2014 frente a España y Nueva Zelanda; e Italia y Países Bajos tuvieron que compartir asiento en 2016. Canadá volvió a sufrir una derrota en 2020, cuando los puestos fueron para Irlanda y Noruega.
Para ser elegido, no basta con proyectar peso internacional, es necesario cultivar alianzas amplias, evitar resistencias políticas y convencer a países que no siempre comparten las prioridades de Europa o de sus socios más cercanos.
Por su parte, el ministro de Exteriores alemán ha atribuido la derrota de Berlín a dos factores principales: su apoyo inquebrantable a Ucrania, que según ha señalado habría motivado una campaña rusa contra la candidatura alemana, y su posición respecto a Israel, definida como una cuestión de “responsabilidad histórica”. Sin embargo, esta explicación parece insuficiente para entender el alcance del revés sufrido en la Asamblea General.
Alemania debería leer este resultado como una advertencia sobre los límites de una política exterior marcada por claros dobles estándares. Berlín ha sido uno de los principales apoyos occidentales de Israel, pese al genocidio en la Franja de Gaza y a las operaciones militares israelíes contra varios países de la región.
Esa posición ha deteriorado su imagen ante numerosos Estados del sur global, que perciben una clara asimetría entre la firmeza alemana frente a Rusia y su indulgencia hacia Israel.
El fracaso de la candidatura alemana refleja, por tanto, algo más que una maniobra diplomática rusa o el coste de apoyar a Ucrania. También muestra el rechazo que genera una política exterior excesivamente alineada con las prioridades occidentales y poco sensible a las percepciones del resto del mundo.
En un sistema internacional cada vez más fragmentado, el peso económico y la contribución financiera a Naciones Unidas ya no bastan para garantizar apoyos políticos.
Además, la diplomacia alemana atraviesa desde hace años un momento de visible desgaste. La etapa de Annalena Baerbock ya evidenció las dificultades de Berlín para proyectar una política exterior eficaz, creíble y capaz de construir puentes más allá de su entorno occidental inmediato. Con figuras como Friedrich Merz, es probable que esa tendencia continúe.
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