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Shutdown 2025: el cierre del gobierno en Estados Unidos y la estrategia de Trump

El shutdown en Estados Unidos refleja la parálisis política entre demócratas y republicanos y la estrategia de Trump para imponer su agenda.
El shutdown en Estados Unidos refleja la parálisis política entre demócratas y republicanos y la estrategia de Trump para imponer su agenda. Fuente: Ulises Jorge - bajo CC BY-NC-SA 2.0

A las 00:00 del miércoles 1 de octubre de 2025 el gobierno federal de Estados Unidos ha entrado en una situación de cierre parcial (shutdown). El mecanismo se ha puesto en marcha tras fracasar en el Senado varios intentos de aprobar una financiación temporal tras semanas de negociaciones entre ambos partidos.

El bloqueo llega al comenzar el nuevo año fiscal federal y dejará cientos de miles de funcionarios sin sueldo hasta que se apruebe una ley de gasto, mientras servicios no esenciales se suspenden y otros continúan con personal mínimo. La cifra de afectados oscila, pero las estimaciones señalan que entre 700.000 y 800.000 trabajadores podrían ser suspendidos temporalmente de empleo y sueldo si el cierre se prolonga.

Más allá de la pugna inmediata entre republicanos y demócratas, el shutdown de 2025 también genera preguntas más amplias sobre la dirección que está tomando el poder estadounidense. 

Una particularidad del sistema estadounidense

Un shutdown ocurre cuando caducan las apropiaciones presupuestarias y ni las doce leyes de gasto anuales ni una resolución continua –conocida como continuing resolution o CR, que extiende temporalmente el presupuesto del año anterior– han sido aprobadas. El marco legal estadounidense es muy estricto: sin un texto en vigor, el Ejecutivo no puede gastar un solo dólar del erario público. Esto responde a la cláusula de la Constitución que otorga al Congreso el poder sobre la bolsa y que obliga a la Casa Blanca a negociar cada año con ambas cámaras la financiación de la administración.

Cuando el plazo llega a su fin, todas las agencias federales deben activar de inmediato planes de contingencia previamente diseñados que determinan qué trabajadores continúan en activo y cuáles son enviados a casa sin sueldo, así como qué programas se consideran esenciales y cuáles deben suspenderse. La defensa nacional, la seguridad fronteriza, el control del tráfico aéreo o la atención en hospitales militares se mantienen, mientras que una parte importante de la burocracia federal, desde la tramitación de visados hasta la investigación científica en laboratorios públicos, queda paralizada.

El shutdown de 2025 se ha producido porque el Congreso no ha aprobado a tiempo ninguna de las doce leyes de gasto que debían financiar el nuevo ejercicio fiscal ni tampoco una prórroga de los presupuestos del año anterior. La ausencia de ambas herramientas fuerza a la administración federal a aplicar un cierre completo que deja inactivas a muchas agencias desde la medianoche del 30 de septiembre. La parálisis no se explica solo por el mecanismo legal, sino por la incapacidad política de conciliar dos visiones irreconciliables sobre el rumbo del gasto público. 

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En el centro de la disputa han estado dos cuestiones. Por un lado, los demócratas defendieron que la financiación temporal debía incluir la prórroga de subsidios sanitarios y programas sociales que expiraban en 2025, muchos de ellos vinculados al marco del Affordable Care Act (ACA) comúnmente conocido como Obamacare.

Por otro, la mayoría republicana, respaldada por Donald Trump, se negó a aceptar esa extensión y condicionó el acuerdo a la aprobación de un paquete de prioridades presidenciales centradas en migración y en la reducción del gasto no militar. La votación fallida en el Senado selló la ruptura y desencadenó el cierre, sumiendo a la administración federal en una parálisis que refleja la creciente incapacidad de Washington para alcanzar compromisos básicos de gobernabilidad.

No es la primera vez que Estados Unidos enfrenta una situación así. En los años noventa, la pugna entre Bill Clinton y los republicanos liderados por Newt Gingrich derivó en cierres que sumaron casi un mes de inactividad. En 2013, Barack Obama tuvo que lidiar con un bloqueo de 16 días motivado por la oposición a financiar el Obamacare. Y en 2018–2019, Donald Trump protagonizó el cierre más largo de la historia, con 35 días de parálisis por la negativa del Congreso a financiar su muro fronterizo. 

Las consecuencias del shutdown

Las consecuencias de un shutdown son numerosas y abarcan desde lo económico hasta lo diplomático pasando por lo político. El impacto económico depende en última instancia de la duración del cierre, pero incluso unos pocos días bastan para que se perciban las consecuencias. Los hogares de los funcionarios afectados sufren un corte abrupto de liquidez, lo que reduce su capacidad de consumo y genera un efecto dominó en comercios y servicios locales.

Los contratos públicos con empresas privadas se retrasan, interrumpiendo obras, proyectos tecnológicos y suministros que dependen de la administración federal. A ello se suma el colapso de trámites como visados, permisos de trabajo o inspecciones regulatorias, que se acumulan en oficinas cerradas y ralentizan la actividad económica de sectores enteros. 

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El daño político es igualmente palpable. Cada partido intenta imponer su relato, consciente de que la opinión pública suele responsabilizar a quien aparece como intransigente. Los republicanos insisten en que el cierre refleja la negativa demócrata a aceptar reformas “necesarias” en gasto e inmigración, mientras los demócratas presentan el bloqueo como una estrategia deliberada de la Casa Blanca para imponer su agenda a costa de los ciudadanos.

El riesgo para ambos partidos es que esta confrontación refuerce la imagen de un sistema incapaz de resolver disputas mínimas de gobernabilidad, lo que erosiona la confianza en las instituciones y profundiza la polarización. En la medida en que la crisis se prolongue, la factura electoral crecerá, lo que provoca que, en cierto sentido, el cierre también funcione como un ensayo de la campaña electoral. 

Donald Trump, presidente de Estados Unidos, en un acto público.
Donald Trump, presidente de Estados Unidos, en un acto público. Fuente: Gage Skidmore - bajo CC BY-SA 2.0

Los republicanos buscan fijar el marco narrativo de que la parálisis es responsabilidad de los demócratas, confiando en que la opinión pública castigará a sus adversarios. Sin embargo, la estrategia tiene sus riesgos. En cierres anteriores, la ciudadanía tendió a culpar al partido percibido como más intransigente. Esta batalla por el relato será decisiva en un contexto en el que la campaña presidencial de 2026 comienza a perfilarse en el horizonte. 

Más allá de la situación interna, el efecto del cierre parcial del gobierno federal también se siente fuera de las fronteras de Estados Unidos, puesto que para los aliados de Washington el shutdown de 2025 puede actuar como confirmación de un desasosiego creciente. La parálisis presupuestaria proyecta la imagen de una superpotencia que cada vez tiene más dificultades para garantizar su propia gobernabilidad doméstica.

Esto debilita la confianza en Washington y abre espacio para que actores rivales, como China, presenten su estabilidad relativa como alternativa a un modelo estadounidense que aparece atrapado en su creciente polarización y estancamiento.

Trump y el shutdown en Estados Unidos

El cierre del gobierno también puede leerse como un síntoma de un cambio más profundo en la naturaleza del poder estadounidense. En los últimos meses se ha consolidado la impresión de que Washington ha dejado de concebirse como garante del orden liberal internacional para adoptar una lógica más transaccional, centrada en la reducción de costes y en la priorización de objetivos inmediatos.

Bajo esta óptica, la continuidad de la burocracia federal ya no se entiende como un bien común que debe preservarse, sino como una pieza del juego político interno que puede sacrificarse si sirve para reforzar la agenda presidencial.

Esta reinterpretación del papel del Estado se hace visible en la actitud del propio presidente. Trump no se ha limitado a lamentar el bloqueo en el Congreso, sino que lo ha presentado como una herramienta legítima para imponer sus prioridades. En sus declaraciones ha defendido que de la parálisis “puede salir algo bueno”, porque permite recortar programas que, a su juicio, inflan el gasto público sin aportar beneficios.

En uno de sus comentarios más controvertidos, incluso sugirió que un cierre prolongado debería derivar en despidos de funcionarios, unas palabras que provocaron indignación entre los sindicatos y alarma en algunos sectores de su propio partido.

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La estrategia presidencial ha tensado aún más las negociaciones. Lejos de buscar un terreno común, Trump ha utilizado el cierre como prueba de fuerza frente a los demócratas, insistiendo en que la financiación de subsidios sanitarios no puede prolongarse y que los recursos deben redirigirse a reforzar la frontera y ampliar el gasto en defensa. Sus aliados en el Congreso han seguido esa línea, endureciendo su postura y cerrando la puerta a cualquier acuerdo intermedio. El resultado es un bloqueo aún más férreo, en el que cualquier concesión se percibe como una derrota política.

Las consecuencias de este enfoque van más allá del terreno legislativo. El presidente ha convertido la gestión del cierre en un escaparate de prioridades, decidiendo qué servicios se mantienen abiertos y cuáles se paralizan para subrayar sus mensajes.

La decisión de mantener operativos los parques nacionales con recursos mínimos o de proteger el funcionamiento de las agencias migratorias pese a la falta de financiación general refleja esa lógica: reducir el coste político para su base electoral y reforzar su narrativa sobre seguridad y control fronterizo, aunque sea a costa de otros ámbitos de la vida pública.

Si el cierre se extiende durante semanas, el desgaste económico se hará evidente en aeropuertos, tribunales y oficinas públicas, y la presión de empresarios, sindicatos y gobernadores sobre la Casa Blanca y el Congreso aumentará. Sin embargo, por ahora Trump parece dispuesto a mantener la confrontación, convencido de que el shutdown no es un fracaso de gobernabilidad, sino un instrumento más para redefinir el papel del Estado y consolidar su agenda política.

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