10 años de la caza de Osama Bin Laden (II) El cerco se estrecha

Introducción

Bin Laden había comenzado su actividad yihadista a finales de la década de 1970, cuando marchó al norte de Pakistán con el fin de establecer una red que reclutase, entrenase y armase a combatientes extranjeros para que luchasen contra la Unión Soviética en Afganistán. A finales de los años 80, decidido a llevar la yihad donde fuese, fundó el grupo Al-Qaeda (“La Base”), del cual toma pronto el control total. A lo largo de los años 90 inicia su brutal actividad, financiando la yihad y declarando la guerra a los Estados Unidos en 1996. Dos años más tarde, se situó como uno de los más buscados, tras los brutales atentados contra las embajadas estadounidenses en Kenia y Tanzania, para convertirse en el enemigo público número uno tras la masacre del 11 de septiembre de 2001. Desde aquel fatídico día, la prioridad de Estados Unidos fue simple y clara: buscar y encontrar al yihadista saudí. Casi diez años después de la caza del yihadista más buscado, ¿qué ha cambiado?

Bin Laden en un vídeo de 2004.
Fuente: Daily Express

Comienza la búsqueda

Tras conseguir escapar después de la invasión estadounidense de Afganistán, Bin Laden pasó años cambiando regularmente de residencia dentro de Pakistán. No obstante, la caza del saudí había comenzado años atrás. Bin Laden ya era conocido de antes por los servicios de inteligencia estadounidenses por sus actividades en Afganistán. No obstante, el verdadero punto de mira no se centró sobre él hasta 1996. En enero de ese año, la CIA creó la llamada Unidad Bin Laden, dentro de su sección antiterrorista, cuyo fin era buscarle y perjudicar sus finanzas, negocios e intereses. Hasta entonces, Bin Laden no era visto como una amenaza real para los Estados Unidos, pero nuevos informes hablando sobre él y sobre “algo llamado Al-Qaeda” habían hecho que los servicios de inteligencia prestaran más atención al saudí. En mayo tuvo lugar uno de los principales cambios en la postura de la CIA sobre esta cuestión : en aquel mes, un sudanés identificado como Jamal Ahmed al-Fadl, antiguo residente en los Estados Unidos, entraba en una embajada estadounidense en un país africano, presentándose como un importante miembro de Al-Qaeda. Al-Fadl había desertado del grupo terrorista debido a su resentimiento por el salario que percibía: mientras que él cobraba unos 500 dólares mensuales, varios egipcios del grupo yihadista recibían unos 1200. Fruto de ese resentimiento, se apropió de unos 110.000 dólares del grupo y se convirtió en informante de los Estados Unidos. El sudanés proveyó a los agentes estadounidenses de valiosa información que revelaba las verdaderas intenciones de Bin Laden.

Otro antiguo yihadista insatisfecho, Hussein Kherchtou, testificaría también contra su antiguo líder en resentimiento por la negativa del saudí de concederle dinero para que pudieran practicarle una cesárea a su esposa. Gracias a estos testimonios, Estados Unidos comenzó a darse cuenta de los planes e intenciones del yihadista.No obstante, aquella subestimación, mezclada con la falta de voluntad impidió capturarle a tiempo.

 En febrero de 1996, agobiado por la presión y el aislamiento internacional, representantes del gobierno de Sudán se reunieron con funcionarios saudíes, con el fin de relajar las tensiones con el reino wahhabita. A cambio, el gobierno de Sudán ofreció entregarles a Bin Laden. Sin embargo, los saudíes rechazaron la oferta, al considerarlo un elemento indeseable por sus críticas al rey, críticas que le habían valido perder la ciudadanía en 1994. Sin embargo, el primer país que emitió una orden de arresto internacional contra él fue, precisamente, un país islámico: Libia. En marzo de 1998, el gobierno de Gaddafi emitió una orden de arresto internacional contra el yihadista saudí, acusado de estar implicado en el asesinato de dos ciudadanos alemanes en 1994.

Embajada estadounidense en Kenia tras el atentado de Al Qaeda.
Fuente:CNN

Los brutales atentados contra las embajadas estadounidenses en Kenia y Tanzania supusieron el inicio de la persecución norteamericana del líder de Al Qaeda. A raíz de aquellas masacres, fue por primera vez imputado por un tribunal norteamericano en junio del mismo año. Sin embargo, el gobierno talibán se negó a extraditar al saudí alegando “falta de pruebas” y que como musulmán, debía ser juzgado por un tribunal islámico.

 Bin Laden gozó de amplia libertad y seguridad en el Afganistán controlado por los talibanes, donde pudo establecer sus campos de entrenamiento y desplazarse sin ningún tipo de restricción. Años más tarde, el presidente Bill Clinton admitió que podría haber eliminado al saudí lanzando un ataque con misiles sobre un complejo residencial en el cual la CIA afirmaba que el saudí pernoctaría. Sin embargo, el presidente canceló el ataque, pues temía que, al lanzarlo, podría causar hasta 300 bajas civiles.

El líder de Al Qaeda fue incluido en la lista de los más buscados en por el FBI en 1999. Ese mismo año, la CIA y el servicio de inteligencia pakistaní, el ISI, entrenaron a un grupo de comandos pakistaníes con el fin de infiltrarse en Afganistán y capturar y matar a Bin Laden. Sin embargo, la operación fue abortada debido al golpe de Estado en Pakistán, perpetrado por el general Pervez Musharraf.

Columnas de humo en las montañas de Tora Bora tras el bombardeo estadounidense.
Fuente:BBC

Estados Unidos invadió Afganistán en respuesta a los brutales ataques del 11 de septiembre de 2001, dispuestos a poner fin al santuario que era la nación asiática para el saudí. El gobierno de Bush se lanzó en su búsqueda en sus refugios de las montañas de Tora Bora, en la frontera con Pakistán, en diciembre de 2001.

Según informes de la CIA, Bin Laden logró escapar por muy poco de ser capturado durante aquella batalla, logrando cruzar la frontera para esconderse en Pakistán. Convertido en enemigo público número uno, la persecución del líder de al- Qaeda se convirtió en objetivo prioritario para Occidente. A consecuencia de ello, el gobierno de Bush acusó a Saddam Hussein y a su gobierno de apoyar activamente a Bin Laden, utilizando estas acusaciones, junto a la supuesta existencia de armas de destrucción masiva, como pretexto para la invasión de Irak en 2003. Las alegaciones de la colaboración iraquí con Al Qaeda jamás pudieron demostrarse, e informes posteriores del Senado estadounidense y del Pentágono concluyeron que no había evidencias suficientes para afirmar que esa colaboración hubiese existido.

Además, un informe del Inspector General del Pentágono de 2007 concluyó que el informe de la Oficina de Planes Especiales del Pentágono, emitido para probar dicha colaboración y así justificar la invasión de Irak, era “inconsistente”. El Inspector afirmaba, al mismo tiempo, que la actuación de su responsable al redactarlo había sido “inapropiada”. El presidente del Comité de las Fuerzas Armadas del Senado norteamericano llegaría a una conclusión similar, afirmando que dicho informe “había sido manipulado por oficiales de alto rango (…) para apoyar la decisión de la Administración de invadir Irak”.

Pese a la pérdida de su refugio en Afganistán, Al Qaeda continuó con su campaña yihadista. Los atentados de Bali en 2002 o Casablanca en 2003 fueron algunos ejemplos, y tras la invasión de Irak, Al Qaeda redobló sus ataques con brutales ataques en suelo iraquí. Además de ello, células yihadistas también perpetraron masacres en Europa, con los atentados de Madrid del 11 de marzo de 2004, o los de Londres del 7 de julio de 2005, y expandieron sus células a varias regiones continentales, logrando la adhesión de grupos yihadistas ya existentes. Un ejemplo de ello fue el argelino Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC), que en 2007 manifestó su lealtad a Al Qaeda, y, sobre todo, el Estado Islámico de Irak y Levante conocido como ISIS o Daesh, que fue fundado en 1999 y que fue parte de Al Qaeda hasta su escisión en 2014. Las violentas acciones en Irak también azuzaron la violencia sectaria entre musulmanes, teniendo, entre sus objetivos principales, mezquitas chiíes.

Atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid.
Fuente:El Mundo

Objetivo número uno

La caza de Bin Laden y la guerra contra el terror se convirtieron en un obsesivo objetivo principal para los Estados Unidos, que persiguieron activamente a cualquier aliado o asociado que pudiera darles una pista sobre el paradero del saudí. Entre los mayores logros de la inteligencia estadounidense figura la captura, en 2003, de Khalifa Seikh Mohammed, autor intelectual del 11-S y uno de los principales lugartenientes de Bin Laden.  Sin embargo, esta persecución también dio lugar a duros episodios de abusos y atropellos con prisioneros, que tuvieron como máximo exponente los tristemente célebres penales de Guantánamo y Abu Grahib. En aquellas prisiones, las torturas, malos tratos y abusos por parte de agentes y soldados estadounidenses fueron una constante, y que se contaba, sino con la aprobación, con el conocimiento con altos cargos de la Administración Bush, y entre ellos, el propio presidente.

Informes posteriores revelaron que el gobierno de Bush había realizado maniobras legales y encubrimientos para evadirse del control del Poder Legislativo, e incluso evitar la aplicación de normas de la Convención de Ginebra, que regula el trato a los prisioneros de guerra. Uno de los prisioneros más célebres de los centros de detención estadounidenses sería Abu Bakr al-Bagdhadi, que estaría preso en Camp Bucca, a las afueras de Basora. En dicha cárcel fue donde Al-Bagdhadi estableció contacto con otros simpatizantes con los que, más tarde, conformaría la cúpula del Daesh. Al-Bagdhadi fue liberado once meses después, comenzando su ascenso en la organización yihadista.

En 2010, un oficial de la OTAN especuló con que Bin Laden se encontraba escondido y seguro en Pakistán, cerca de la frontera con Afganistán. El oficial afirmó, además, que el saudí estaba bajo la protección de oficiales de inteligencia y cargos locales pakistaníes. Esta información fue negada por la inteligencia pakistaní, pero aquel oficial no se encontraba muy desencaminado respecto a la localización del yihadista.

Localización y caza

A través de la información obtenida a prisioneros de Guantánamo, la inteligencia estadounidense logró localizar a un subordinado de Khalifa Seikh Mohammed. Este subordinado, llamado Ibrahim Saeed Ahmed, de nacionalidad pakistaní, ocupaba el cargo de mensajero en el organigrama de Al-Qaeda.

Tras una intensa labor de búsqueda, en 2010 la CIA logró dar con el correo. Los servicios de inteligencia advirtieron el viaje del mensajero a una finca situada en Abbotabad, Pakistán, a tan solo 120 kilómetros de la capital del país, Islamabad, y a menos de un kilómetro y medio de la Academia Militar de Pakistán.

Los oficiales de inteligencia analizaron, vía satélite, la propiedad, consistente en un edificio principal de tres plantas rodeado de elevados muros de más de cinco metros de altura, coronados con alambre de espino. La mansión disponía, además, de dos puertas de seguridad y un muro de dos metros en un balcón para evitar ser vistos desde la calle. Para evitar cualquier tipo de localización, el saudí no disponía de teléfono o conexión a Internet, si bien si tenía conexión satelital para televisión. Las imágenes satelitales captaron, además, a un hombre que salía al patio cada día y cuya estatura era similar a la de Osama Bin Laden.

Finca de Bin Laden a las afueras de Abbotabad.
Fuente: Business Insider

Los agentes de inteligencia estadounidenses llegaron a la conclusión de que en tal complejo debía vivir, al menos, un miembro principal de Al Qaeda. Para obtener algún tipo de identificación, la CIA organizó una falsa campaña de vacunación en la zona para obtener muestras de ADN de los residentes en la vivienda.

Tras una intensa vigilancia desde un piso franco, y múltiples discusiones con altos cargos de inteligencia, el presidente Obama dio la autorización para el asalto de la vivienda, al considerar que las probabilidades de que el saudí se encontraba escondido allí eran suficientes.

En la madrugada del 2 de mayo de 2011, 79 efectivos de los Navy SEAL (la élite de las Fuerzas Especiales estadounidenses) lanzaron la operación Lanza de Neptuno, encaminada a acabar con el saudí. La operación se realizó sin ningún tipo de aviso a las autoridades pakistaníes, aprovechando la ausencia de luna, y volando los helicópteros que transportaban a los comandos a baja altitud para evitar ser detectados. No obstante, uno de los helicópteros sufrió un accidente al estrellarse en el patio de la finca, aunque sin víctimas. Otro helicóptero desplegó fuerzas fuera de la finca para contener cualquier tipo de reacción exterior.

Con la luz cortada, los comandos se introdujeron en la casa, subiendo hasta que por fin, en la tercera, localizaron al saudí, al que abatieron de un tiro en la cabeza, recibiendo más disparos una vez en el suelo. Todavía hay controversia sobre si hubo intercambio de disparos o no con los inquilinos. La quinta mujer de Bin Laden, Amal, fue herida en una pierna tras intentar interponerse entre su marido y los comandos. Según los SEAL, estaba siendo usada por él como escudo humano.

En la operación murieron cinco personas en total: Osama Bin Laden, su hijo Khalid, de 23 años; el correo Saeed Ahmed, su hermano y la esposa de éste. 32 años después de iniciar su yihad, y casi 10 desde su mayor ataque al mundo occidental, el líder de Al Qaeda era encontrado y abatido. Su cadáver sería evacuado en helicóptero, y tras identificarlo, fue arrojado al mar.

Estadounidenses celebran la muerte de Bin Laden a las puertas de la Casa Blanca.
Fuente: Daily Mirror

¿Qué ha cambiado?

Una vez abatido el líder más icónico, podría pensarse que el fenómeno de la yihad estaría próximo a su final. Nada más lejos de la realidad, a casi diez años de la muerte de Bin Laden, el yihadismo continúa con bastante fuerza.

Los años inmediatamente posteriores a la caza de Bin Laden vieron como el yihadismo no solo se mantenía, sino que además incrementaba notoriamente sus actividades.

La llamada “Primavera Árabe”, movimiento social y político que sacudió a los países árabes, no solo no consiguió sus objetivos (la transición a la democracia y la consecución de libertades), sino que además se convirtió en terreno abonado para corrientes políticas islamistas radicales y, especialmente, el aumento de los grupos insurgentes armados de carácter yihadista.

La caída de algunos de los regímenes previos a 2011 permitió el ascenso de grupos yihadistas antaño reprimidos por dichos regímenes. Al caer dichos gobiernos, los vacíos de poder que dejaron jamás (o apenas) fueron cubiertos. Así, de todos los países que vieron cómo sus regímenes caían, (ya fuera por la presión de las protestas, los golpes militares o la intervención extranjera) solo uno, Túnez, puede afirmar que logró sustituir exitosamente un régimen por otro.

 En cuanto al resto, la caída de sus líderes desembocó en Estados con ausencia del imperio de la ley o con varios gobiernos que reclaman ser el legítimo. Así, encontramos naciones como Libia o Yemen, y el caso de Siria, que, sin haber visto la caída del presidente Bashar al-Assad, ha sido víctima de una cruenta guerra civil. Todos estos países tienen un denominador común, y es la presencia en su territorio de grupos yihadistas fuertes que controlan franjas de terreno, con su población y sus recursos económicos, de manera más o menos efectiva. Resulta necesario resaltar la presencia de un actor que posee una fuerza mayor que la que jamás tuvo Bin Laden: el Daesh. El Estado Islámico, si bien en los últimos años ha perdido empuje y ha visto cómo su “califato” se veía reducido por las victorias del Ejército sirio, las fuerzas kurdas y las Fuerzas Aéreas internacionales, para 2014 controlaba amplias zonas de Siria e Irak, llegando a controlar importantes ciudades como Mosul.

Combatiente del Daesh durante la guerra civil siria.
Fuente: Sky News

Además de ello, en los últimos años hemos sido testigos de la aparición de “lobos solitarios” que han golpeado en el corazón de Europa, con ejemplos como la matanza de Charlie Hebdo en enero de 2015, los atentados de París de noviembre de ese mismo año, los de Barcelona en agosto de 2017 o los más recientes en Viena. Estos ataques han proporcionado un profundo impacto propagandístico para la yihad.

Por si fuera poco, se han seguido cometiendo los mismos errores que hace 40 años en Afganistán. Allí, la consecución del objetivo de derribar a un gobierno opuesto pasó por la financiación y apoyo a grupos islamistas radicales. En aquel caldo de cultivo se generó Al Qaeda, sostenido por donaciones de grandes fortunas de las monarquías del Golfo. Hoy, gracias al derrocamiento (o intento de ello) de gobiernos como el de Libia o el de Siria, se ha permitido el florecimiento de varios grupos yihadistas, entre los que destaca el citado Daesh. La falta de gobiernos fuertes, sumada a las fronteras permeables (que permiten que los grupos se nutran de nuevos reclutas y adquieran las armas necesarias para su yihad), han sido grandes factores para el ascenso de la yihad. Además de ello, hay que resaltar la continua radicalización que ejercen clérigos salafistas, y la financiación que reciben de organizaciones caritativas o grandes fortunas de Arabia Saudí y otros países del Golfo.

Soldados iraquíes celebran la liberación de Mosul contra las fuerzas del Daesh.
Fuente: Daily Mail

No obstante, por fortuna, en los últimos años, este fenómeno ha decrecido. Según el Global Terrorism Index, el año 2020 fue el quinto consecutivo en el que los atentados han descendido, incluyendo los yihadistas. Además de ello, el Daesh ha perdido la inmensa mayoría de sus territorios. Sin embargo, grupos como los talibanes o Boko Haram (que juró lealtad al Daesh) siguen contando con bastante fuerza en los países en los que actúan, y ahora hay que sumarle los recientes ataques de grupos salafistas en Mozambique. Aunque en los últimos años hayan bajado las víctimas por atentados yihadistas, no cabe duda de que todavía queda mucho que avanzar.

Por José Ignacio Contreras

 

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Jurista y politólogo, analizando la actualidad.

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