Thomas Sankara, la revolución que plantó cara al neocolonialismo

“Si solo Burkina Faso se niega a pagar la deuda, yo no estaré presente en la próxima conferencia”. Como si de una profecía se tratara, el entonces presidente burkinés, Thomas Sankara, era asesinado apenas tres meses después de su encendido discurso en la Cumbre de Jefes de Estado africanos de Adís Abeba en 1987. Su negativa al pago de la deuda externa, que consideraba como “imperialista” e “ilegítima”, no encontró el apoyo del resto de dignatarios, acelerando los planes del magnicidio que pondrían el punto y final al periodo revolucionario iniciado en 1983.

Thomas Sankara en una rueda de prensa concedida en 1986
Thomas Sankara en una rueda de prensa concedida en 1986. Fuente: Dominique Faget / AFP

Más de treinta años después, el 6 de abril de 2022, el Tribunal Militar de Burkina Faso sentenciaba a cadena perpetua a los considerados como los principales artífices del asesinato de Sankara y doce de sus colaboradores. De los condenados, únicamente Gilbert Diéndére cumplirá condena dado que se encuentra bajo arresto por un intento de golpe de Estado en 2015. Blaise Compaoré, mano derecha de Sankara y presidente tras su muerte, y Hyacithe Kafando, considerado jefe del comando, se encuentran exiliados en Costa de Marfil, y, pese haberse emitido ya una orden internacional de arresto, parece poco probable que acaben cumpliendo su condena.

Para buena parte de la sociedad burkinesa se trata de una sentencia histórica que, aunque tarde, viene a poner algo de luz en uno de los acontecimientos históricos más relevantes de la post-independencia africana. Sin embargo, la implicación internacional de países como Francia o Estados Unidos ha pasado de puntillas por el juicio. La lucha acérrima de Sankara contra la política neocolonial de extractivismo y deuda ejercida por las grandes potencias le granjeó muchos enemigos, pero también la simpatía de gran parte de la sociedad africana que a día de hoy continúa reivindicando su legado.

Golpes de Estado y políticas neocoloniales

Thomas Isidore Noël Sankara, nace en 1949 en el entonces llamado Alto Volta, una de las colonias del África Occidental Francesa. La independencia del país en 1960 fue sucedida por una dinámica imparable de golpes de Estado militares cuyo denominador común fue el entendimiento con la otrora potencia colonizadora. Las potencias extranjeras mantenían su influencia sobre la estructura económica del país, al mismo tiempo que la pobreza y las desigualdades no hacían sino aumentar respecto al periodo colonial.

La decepción con el proceso descolonizador haría fluir por todo el continente movimientos antiimperialistas, muchos de ellos influidos por ideologías marxista-leninistas. El ejército no fue ajeno a ello, y se crearon diversas asociaciones de militares progresistas hartos de ser utilizados por la alta jerarquía castrense para hacerse con el poder, tras lo que ni ellos ni el pueblo veían un cambio sustancial de su situación económica y social.

En este contexto, Sankara iniciaría su carrera militar con tan solo diecinueve años. Durante su experiencia en Madagascar, país por entonces considerado socialista, conoció y participó de las ideas revolucionarias que se expandían por el continente, decidido entonces a llevarlas a cabo en su país natal. Ya en el Alto Volta, fundaría junto a Compaoré y otros jóvenes oficiales la Agrupación de Oficiales Comunistas.

Sankara junto a su compañero y posterior verdugo Blaise Compaoré el 4 de junio de 1983, día del Golpe de Estado
Sankara junto a su compañero y posterior verdugo Blaise Compaoré el 4 de junio de 1983, día del Golpe de Estado. Fuente: Archives Jeune Afrique

El enésimo golpe de Estado, el protagonizado en 1982 por Jean-Baptiste Ouédraogo, fue posible gracias a la movilización ciudadana deseosa de cambios estructurales en la gobernanza del país. En un intento de instrumentalizarla, se nombró primer ministro a un carismático y ya muy popular Sankara, quien, sin embargo, será muy crítico con el nuevo gobierno y lo abandonaría poco después. Tras ello, será detenido y puesto bajo arresto domiciliario, causando un levantamiento popular generalizado en todo el país que desembocará en el golpe de Estado del 4 de agosto de 1983. Este será organizado por su amigo y compañero Blaise Compaoré, quien dejará para Sankara el cargo de jefe del Estado.

Revolución social y económica

La llegada de Sankara y un grupo de jóvenes militares al poder trajo la esperanza a toda una generación que hasta entonces solo conocían de gobiernos despóticos y con un nulo interés en el bienestar de la población. Como militar, Sankara creía firmemente que el fin último del ejército debía ser ayudar a su pueblo, pero, sin embargo, décadas de gobierno militares demostraban lo contrario. Era necesario un cambio radical del país, y los primeros pasos, aunque simbólicos, le granjearon muy pronto la simpatía de los más humildes. Vendió toda la flota de coches oficiales Mercedes Benz y los sustituyó por el más discreto Renault 5 bajó el sueldo a todos los altos cargos y prescindió del aire acondicionado en su despacho. Además, se cambió el nombre del país al actual Burkina Faso, “la patria de los hombres libres” en una combinación de los idiomas mooré y diula.

El gran objetivo de Sankara será entonces llevar a cabo una enorme transformación social, económica y política del país. Se creará para ello un Consejo Nacional para la Revolución, quien será el encargado de poner en práctica un programa de reformas que se englobarán en la denominada Revolución Democrática y Popular. Bajo inspiración en los CDR cubanos, se crearán los Comités de Defensa de la Revolución, por los que los distintos barrios y puestos de trabajo se autorganizaban de forma asamblearia para representar sus propias reclamaciones en el gobierno estatal, creando un sistema de organización no jerárquico en el que estuviesen representadas todas las capas sociales de la población burkinesa.

Nombrar la cantidad ingente de medidas revolucionarias de Sankara durante los cuatro años que gobernó el país sería una tarea inacabable, pero sí merece la pena detenerse en algunas de ellas. Especialmente innovadoras fueron aquellas destinadas a mejorar la calidad de vida de la población, con especial énfasis en las de carácter social y económico. Como ferviente antiimperialista, se decidió a romper las relaciones con los grandes organismos financieros como el Banco Mundial o el FMI, rechazando la ayuda exterior al desarrollo e impulsando la soberanía económica. Nacionalizó tierras y recursos naturales, expulsando a las grandes empresas y redistribuyendo las tierras entre los campesinos para promover la autosuficiencia alimentaria.

Para llevar a cabo esta profunda transformación era necesario una modernización estructural del país, llevando a cabo una importante campaña de obras públicas con la construcción de un sistema ferroviario y de carreteras que articularan el país por completo. El objetivo era que la población burkinesa produjese aquello que necesitara, poniendo el énfasis en la agricultura y la industria textil. En poco tiempo se dobló la producción de trigo por hectárea, capacitando al país para convertirse en exportador. Además, como ferviente panafricanista, intentó que estas políticas fueran replicadas en todo el continente como un modo de lograr una verdadera independencia. “Produzcamos en África, fabriquemos en África y consumamos en África”, se convirtió en uno de los grandes lemas del general revolucionario.

Fidel Castro condecora a Sankara con la Orden José Martí
Fidel Castro condecora a Sankara con la Orden José Martí. Fuente: imagen de archivo

Otro de los objetivos fue acabar con los privilegios de los grandes jefes tribales, eliminando su derecho a recibir tributos o el trabajo obligatorio. Su campaña de vacunación masiva fue todo un éxito en la lucha contra enfermedades como la poliomielitis o el sarampión, llegando a vacunar a más de 2,5 millones de personas en tan solo una semana. Además, fue el primer gobierno africano en reconocer el VIH como una gran amenaza. A su vez, la educación se convirtió en uno de los grandes ejes de su política de transformación, construyendo decenas de escuelas y promoviendo la alfabetización de millones de personas.

Pero si hubo un aspecto en el que Sankara se convirtió en un referente en el continente, fue en lo relativo a los derechos de las mujeres, tomando medidas radicales inéditas en todo el mundo. Prácticas tan arraigadas en la sociedad patriarcal burkinesa como la mutilación genital femenina, el matrimonio forzado o la poligamia, fueron prohibidas. Se creó también un Ministerio de la Mujer, y decenas de mujeres accedieron a altos cargos. En palabras de Sankara: “hablar de la emancipación de la mujer no es un acto de caridad o un arranque de humanismo, sino un requisito fundamental para el triunfo de la revolución”.

Aislado internacionalmente y asesinado por su gran colaborador

Su intento por romper con el pasado colonial representado por los intereses de las grandes potencias, y una serie de enfrentamientos con sus vecinos regionales, provocaron una cada vez mayor marginación del país respecto a la comunidad internacional. El apoyo de Sankara  a la inclusión de Nueva Caledonia en la lista de territorios por descolonizar o su denuncia de la venta de armas francesas a países en guerra, acabó de romper unas ya muy deterioradas relaciones con Francia, que iniciaría entonces una cruenta campaña mediática para desacreditar-lo.

Costa de Marfil, la gran aliada francesa en la región, no tardaría en seguir el mismo camino, temerosa de que las ideas de la revolución burkinesa penetraran en el país. Por ello, el gobierno liderado por Félix Houphouët-Boigny, acogió y financió a la oposición política de Sankara. A su vez, su otrora aliada, la Libia de Gadafi, le reprochaba su negativa a apoyarle en su conflicto con Chad. Ambos países eran también grandes aliados de Charles Taylor, quien por entonces luchaba por hacerse con el poder en Liberia y que Sankara se negó a ayudar, creando un frente común entre los tres.

Aislado internacionalmente y con un creciente número de enemigos internos, Sankara era asesinado el 15 de octubre de 1987 junto a doce funcionarios mientras presidía un consejo, y su cuerpo enterrado en una tumba anónima. Se trataba de un golpe de Estado organizado por su compañero Blaise Compaoré, que se erigiría como nuevo presidente de Burkina Faso. Pronto inició una política de “rectificación de la revolución”, revirtiendo nacionalizaciones y recuperando las relaciones con el FMI y Francia. La revolución de Burkina Faso había durado cuatro años.

Manifestantes portan imágenes de Sankara durante el levantamiento popular de 2014 que provocaría la caída de Compaoré
Manifestantes portan imágenes de Sankara durante el levantamiento popular de 2014 que provocaría la caída de Compaoré. Fuente: Reuters / Joe Penney

Años después, el señor de la guerra liberiano Prince Johnson, afirmó que Charles Taylor había sido uno de los máximos responsables de la muerte de Sankara. Compaoré, se convertirá entonces en su gran aliado en la guerra civil liberiana. Algunas investigaciones insinúan también la participación de Francia en el magnicidio, extremo que hasta ahora no ha podido ser probado por la negativa de esta a la desclasificación de documentos que Macron prometió en 2017. Lo que sí ha quedado demostrado es la presencia de agentes franceses en Uagadugú el día posterior al Golpe de Estado. Otras fuentes también denuncian la supuesta participación de los Estados Unidos, quien habría entrenado a diversos participantes en el golpe.

Blaise Compaoré ejercería como presidente durante casi tres décadas, cuando un levantamiento popular lo derrocó en 2014. La omnipresente imagen de Sankara durante las protestas inspiró a un movimiento que reclamaba su legado político, del que se consideraban herederos. Sankara se ha convertido en un símbolo del panafricanismo y de las luchas de los sectores más humildes de la sociedad africana, y su corta revolución sirve de ejemplo para las nuevas generaciones que creen en un mundo más justo.


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