
El 28 de febrero de 2026, tras meses de amenazas y negociaciones infructuosas, Israel y Estados Unidos lanzaron una guerra contra Irán que tuvo un fuerte impacto en todo el golfo Pérsico. Durante la primera jornada de ataques consiguieron asesinar al ayatolá Alí Jameneí, una acción que Washington y Tel Aviv pretendieron utilizar como detonante para forzar un cambio de liderazgo en Teherán.
No obstante, la arquitectura del poder iraní demostró una notable solidez y superó con creces la prueba que supuso el primer asesinato de un Líder Supremo en la historia de la República Islámica.
Tras el fracaso del intento de forzar una transición política en Irán, las fuerzas militares israelíes y estadounidenses continuaron realizando ataques sin un objetivo claramente definido –apelando a argumentos como el desarrollo de un programa nuclear, la seguridad de sus ciudadanos o los derechos humanos de la población civil iraní– y golpeando instalaciones militares, civiles, logísticas e industriales.
Por su parte, Irán respondió atacando a Israel. Aunque las pérdidas humanas y materiales en el país hebreo no han sido especialmente elevadas en términos numéricos, Teherán ha demostrado disponer de un potencial militar que, hasta el momento, parece haber sido subestimado.
La República Islámica también lanzó bombardeos contra prácticamente todos los países ribereños del golfo Pérsico –Arabia Saudí, Baréin, Catar, Emiratos Árabes Unidos y Kuwait–, a los que acusa de complicidad con Estados Unidos por albergar bases militares y permitir el uso de su espacio aéreo.
Sin embargo, una de las medidas de presión más efectivas emprendidas por Teherán ha sido la guerra económica, articulada mediante un “cierre selectivo” del estrecho de Ormuz.
Este pequeño cuello de botella que conecta el golfo Pérsico con el golfo de Omán ha demostrado ser clave para la economía mundial, ya que por él transita el 20% del petróleo mundial y una proporción similar del gas natural y del gas natural licuado (GNL) que consume el planeta.
Esta medida ha desestabilizado enormemente los mercados internacionales, provocando fuertes subidas en los precios de la energía que, a su vez, han alimentado la inflación a escala global.
Pero este nuevo conflicto regional, por su escala y proyección internacional, también ha traído enormes sorpresas en el plano diplomático, como la amenaza estadounidense de abandonar la OTAN, el choque dialéctico entre Estados Unidos y el Vaticano o la firme posición española de rechazo ante el conflicto.
En definitiva, comprender la guerra con Irán resulta crucial para entender la dinámica de poder entre las grandes potencias y cómo esta contienda está contribuyendo a configurar un nuevo orden mundial: desde la unipolaridad surgida tras la disolución de la Unión Soviética hasta una multipolaridad que Estados Unidos parece resistirse a aceptar.
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