
La península de Corea ha sido el escenario de un conflicto político, militar y nacional desde el mismo fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945. La derrota del Eje y, más concretamente, de Japón, desencadenó la disolución del Imperio nipón que, desde antes incluso de 1910 había controlado el territorio coreano. La liberación de Corea no borró el conflicto de clase e ideológico entre comunistas y conservadores que se había fraguado ya durante los años de resistencia antijaponesa, sino que se cruzó con la Guerra Fría que daba por aquel entonces sus primeros pasos.
Tras la intervención estadounidense y soviética en la península, el país fue partido en dos: al norte, un Estado socialista alineado con la Unión Soviética y dirigido por el líder guerrillero Kim Il-sung; al sur, uno asociado a Estados Unidos conducido por Rhee Syngman que, a lo largo del siglo XX, fue consolidando una relativa autonomía respecto a Washington, sin llegar a desligarse en ningún momento de la estrategia general norteamericana.
La guerra de Corea, pausada –pero no finalizada– en 1953 enquistó la partición artificial definida por el arbitrario paralelo 38, pero los gobiernos de norte y sur nunca llegaron a abandonar el horizonte de la reunificación; aunque, para beneficio de Washington, las posturas reunificacionistas de ambos bandos no fueron en ningún momento verdaderamente compatibles. Los dispares modos de organización social, económica y política desarrollados a ambos lados de la frontera intercoreana y la tesitura bélica en la que la Guerra Fría sumió a la península limitaron durante todo el siglo XX las posibilidades de acercamientos entre ambos bandos.
En la actualidad, la reunificación de las dos Coreas sigue siendo una verdadera quimera: los equilibrios políticos en Corea del Sur, la militarización de Corea del Norte y, fundamentalmente, el tutelaje que Estados Unidos ejerce sobre Seúl en términos militares y estratégicos imposibilitan en la práctica cualquier acercamiento tendente a la configuración de alguna forma de Estado coreano unificado. Además, la decisión que el gobierno de Kim Jong-il tomó entre finales de la década de los noventa e inicios de la década del 2000 de desarrollar su propio armamento nuclear como método irrenunciable para la supervivencia del sistema socialista juche trajo consigo el aislamiento internacional, el régimen de sanciones y el alejamiento de antiguos socios como China y Rusia.
Corea es un enclave decisivo para la estrategia de Estados Unidos en Asia-Pacífico, por lo que China, Rusia y Japón miran de cerca los movimientos políticos y militares de ambos bandos. Corea del Sur es uno de los más firmes aliados de Washington, no solo en la región sino en el mundo entero, al tiempo que Corea del Norte se halla en un proceso de acercamiento con Moscú que podría suponer un cambio del estatus internacional del país a medio plazo.
¿Cuál ha sido el rol de Estados Unidos en el conflicto coreano a lo largo de las décadas? ¿Por qué la península es tan importante en el tablero internacional? ¿Cómo y por qué Corea del Norte desarrolló su propio programa nuclear? ¿Qué papel juega la reunificación en la política interna de Corea del Sur? Estas y otras muchas preguntas habrán de ser respondidas en las tres sesiones que dan forma al sexto seminario de Descifrando la Guerra.
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