Nigeria vive su décimo secuestro masivo de escolares durante este año

El grupo integrista Boko Haram dio origen a los raptos grupales de alumnos nigerianos al secuestrar a 270 niñas de un colegio de Chibok en 2014.

Un grupo de hombres armados no identificados secuestró al menos a 140 alumnos del Instituto Baptista Bethel en la localidad nigeriana de Chikun, perteneciente al estado federal de Kaduna, durante la madrugada del pasado lunes. “Los equipos tácticos de la Policía fueron tras los secuestradores. Todavía prosigue la misión de rescate”, afirmó el portavoz de las fuerzas de seguridad estatales, Mohamed Jalige.

El ataque al internado comenzó a las once de la noche del domingo. Los asaltantes escalaron la verja que rodeaba el centro y dominaron a los guardias de seguridad tras un breve tiroteo. Después acudieron a la residencia de estudiantes, habitada por unas 180 personas que permanecían allí para realizar los últimos exámenes del curso, y raptaron a un número desconocido de ellas.

Uno de los fundadores de la escuela, el reverendo John Hayab, confirmó a la agencia de noticias Reuters que solo veinticinco alumnos y una de sus profesoras pudieron escapar. Los captores propiciaron que sus rehenes se internaran en los bosques situados alrededor de la población para dificultar la labor de seguimiento de los equipos de rescate de la Policía, con los que también colaboran miembros del Ejército y la Marina.

La acción finalizó a las cuatro de la madrugada del lunes. Residentes locales que rechazaron ser identificados declararon que varios oficiales de seguridad acordonaron el instituto después del ataque, y las autoridades se han negado a dar más detalles sobre las víctimas o el operativo organizado para rescatarlas.

La inseguridad reina en el norte de Nigeria

Pocas horas antes de que se produjera el secuestro en Chikun, otros dos grupos de hombres armados con fusiles de asalto y ametralladoras irrumpieron en la ciudad de Zaria, la más grande de Kaduna. Uno de ellos se dirigió al Centro Nacional de Tuberculosis y Lepra. El otro cercó una comisaría cercana para impedir que los agentes de servicio acudieran en auxilio de los que se encontraban en el hospital.

Los policías consiguieron repeler a sus atacantes e hirieron a varios de ellos, pero cuando llegaron al lugar descubrieron que se habían llevado a ocho personas: dos enfermeras, un niño de un año, un técnico de laboratorio, un guardia de seguridad y otro miembro del personal. “Hasta ahora no ha habido ninguna demanda. No hemos sabido nada desde que se los llevaron”, aseveró la portavoz del hospital, Maryam Abdulrazaq

Policías nigerianos crean un cordón de seguridad. [Archivo ― Olamikan Gberniga/AFP]

El incidente de Chikun es el décimo secuestro masivo perpetrado en el estado desde el pasado mes de diciembre. Los hombres armados, conocidos localmente como “bandidos”, han transformado el secuestro por rescate en una actividad que crece con rapidez en los territorios septentrionales de Nigeria. Cerca de mil personas han sido secuestradas en las escuelas de Kaduna y, de ellas, más de ciento cincuenta siguen desaparecidas.

Las organizaciones fundamentalistas Boko Haram y Estado Islámico de la Provincia de África Occidental (ISWAP, en sus siglas en inglés) fueron las creadoras de esta táctica, que alcanzó su máximo apogeo mediático después de que, en el año 2014, un comando de Boko Haram secuestrara a 270 niñas de un colegio femenino en la aldea de Chibok, situada en el estado de Borno, cerca de la frontera con Camerún.

Otras facciones locales han copiado su estrategia. La mayoría solo buscan ganancias materiales, pero algunos han jurado fidelidad a los islamistas radicales que luchan contra las tropas del Gobierno en el noreste del país. Muchos de los “bandidos”, dedicados también al saqueo de aldeas y al expolio de ganado, operan desde campamentos ocultos en el bosque de Rugu, que se extiende hasta el vecino Níger a través de los estados de Katsina, Zamfara y Kaduna

Mapa político de la República de Nigeria. [TUBS/PROOFS]

La reacción gubernamental

El presidente de la República Federal de Nigeria, Mohamed Buhari, declaró el pasado mes de febrero que los Gobiernos estatales deberían revisar las políticas seguidas en cuanto a las exigencias de los “bandidos”. Sugirió que entregarles dinero y vehículos puede hacerles pensar que las autoridades son débiles y causar su envalentonamiento, por lo que la ola de crímenes no se detendría.

Buhari es un general retirado que gobernó el país como dictador militar entre 1983 y 1985, tras derrocar al régimen democrático de la Segunda República nigeriana. Veinte años después, se transformó, en sus propias palabras, en “un demócrata converso”. Se presentó como candidato a cuatro elecciones presidenciales y ganó las últimas, celebradas en 2015.

El presidente nigeriano, Muhammadu Buhari. [Archivo ― PremiumTimes]

El político africano salió victorioso gracias a su intolerancia contra la corrupción y a la promesa de acabar con los numerosos conflictos del territorio. Sin embargo, cada vez es más criticado y cuestionado por su irresponsable gestión económica, su pasividad en política interior y su incapacidad para acabar de una vez por todas con los numerosos casos de corrupción. También se le ha acusado de ser un militarista reaccionario y de despreciar las libertades fundamentales y el sistema democrático.

Por otro lado, sus partidarios le caracterizan como a un hombre serio y competente que intenta imponer disciplina social en una nación desgarrada por las luchas internas. Además, le atribuyen la modernización de las infraestructuras nacionales y la creación de un vasto programa de ayudas económicas destinadas a acabar con el malestar social.

La relación entre inestabilidad y pobreza

Nigeria es uno de los pocos países africanos en vías de desarrollo. El Banco Mundial lo considera como una potencia regional en el propio continente, una potencia intermedia en asuntos internacionales y una potencia global emergente. A pesar de ello, según su propio vicepresidente, Yemi Osinbajo, el crecimiento de su población es mucho más rápido que el de su economía, por lo que el Gobierno no puede crear sistemas alimentarios sostenibles y resistentes para la población.

La creciente inflación de los precios ha agravado aún más este problema. Si el número de nigerianos en situación de pobreza extrema ya estaba entre los más altos del mundo —un 40% de ellos vivían por debajo del umbral de la pobreza y otro 25% en situación de vulnerabilidad—, otros siete millones de personas han caído en ella este año. El aumento de los precios de los productos alimenticios es especialmente preocupante, sobre todo en el noreste del país, donde las miserias de la guerra y el hambre se mezclan sin distinción.

Mientras tanto, las autoridades se ven incapaces de diversificar la economía nacional, fuertemente ligada a recursos naturales contaminantes y perecederos. La nación subsahariana cuenta con una de las mayores reservas petrolíferas del mundo y el crudo representa más del 80% de sus exportaciones, un tercio del crédito del sector bancario y la mitad de los ingresos del Gobierno, según las estadísticas del Banco Mundial

Vertido de la compañía petrolera británica Shell en el delta del Níger. [EP

La reducción de precios en el sector petrolero ha provocado una importante disminución en los ingresos de Nigeria. Este hecho, combinado con la inflación del resto de sectores económicos, ha encarecido aún más el nivel de vida de la población, que ya se veía afectada por un alto nivel de desempleo y las consecuencias de la epidemia de COVID-19.

La cuestión religiosa

El ahogo económico se suma a las fuertes tensiones étnicas, lingüísticas y religiosas, que laten con fuerza desde que el país se independizó de Gran Bretaña en 1960. La mayoría de la población de los territorios meridionales es cristiana, pero en el norte la religión dominante es el islam.

A su vez, los musulmanes nigerianos se dividen en tres facciones distintas: la sunita, la chiita  en otro punto se encuentran el integrismo que aunque acoge tanto a chiíes como suníes esta es rechazada a menudo. La primera es la que tiene un mayor número de adeptos, y se diferencia de la segunda por aceptar el liderazgo religioso de un musulmán que no sea descendiente directo del profeta Mahoma.

El principal movimiento chií de la zona, el Movimiento Islámico de Nigeria (IMN, en sus siglas en inglés), ha sido calificado como “terrorista” por las instituciones suníes. El Gobierno federal detuvo en 2015 a su líder, Ibrahim El-Zakzaky, y a su esposa, Zeetna, porque los consideraba sospechosos de organizar un atentado contra el antiguo Jefe del Estado Mayor del Ejército, Tukur Buratai.

Militares nigerianos hirieron a El-Zakzaky durante su detención. Esta se produjo en una manifestación chiita en Zaria en la que también murieron asesinados tres de sus hijos y cientos de miembros de su organización. Las Fuerzas Armadas declararon que los manifestantes se resistieron de forma violenta, aunque varias organizaciones humanitarias denunciaron que la protesta había transcurrido de manera pacífica hasta el inicio de las ejecuciones y que sus organizadores estaban desarmados.

Manifestantes chiitas protestan por el encarcelamiento de El-Zakzaky. [Hispan TV]

El fundamentalismo y su guerra insurgente en el noreste

Las agrupaciones integristas nigerianas son suníes, pero abogan por la violencia para conseguir sus objetivos político-religiosos, entre los que se encuentra el establecimiento de la ley islámica —la “Sharia”— como base del sistema de justicia estatal. Las dos formaciones más prominentes entre ellas son Boko Haram y el Estado Islámico de la Provincia de África Occidental, la última de las cuales es una escisión más moderada de la primera y rechaza el ejercicio de la violencia contra otros musulmanes.

Milicianos de Boko Haram. [AFP]

Las tropas nigerianas luchan contra estas organizaciones en el noreste del país desde 2009, pero aún no han conseguido derrotarlas en su totalidad. Han realizado acciones conjuntas con las fuerzas militares de los vecinos Camerún, Chad y Níger, que también se han visto afectados por la ola de violencia desatada por los insurgentes.

EE UU., Francia, Italia y otros países europeos y africanos asisten preocupados al aumento del terrorismo en la región del Sahel. La reciente derrota de la organización Estado Islámico de Irak y Siria (ISIS) en Oriente Medio ha costado ingentes recursos y la pérdida de numerosas vidas de inocentes, así que pretenden terminar con la amenaza fundamentalista de África Occidental antes de que crezca más.

Los números les apoyan. Según la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la guerra en el noreste de Nigeria se ha cobrado la vida de aproximadamente 350.000 personas, de las cuales unas 324.000 eran niños y niñas menores de cinco años, y ha supuesto el desplazamiento forzado de otros dos millones de ellas.
Además, los informes de distintas organizaciones humanitarias dan cuenta de que los supervivientes no tienen acceso a agua potable, alimentos, ropa de abrigo ni medicamentos. También dan cuenta de que los secuestros, las ejecuciones, las torturas, las violaciones, el tráfico sexual, la esclavización de menores y la utilización de niños soldado en los combates son fenómenos que se han hecho cotidianos para la población.

(CICR) en las afueras de Maiduguri. [Mackenzie Knowles―Coursin/CICR]

Los secuestros: una mezcla de atrasos económicos y fracasos institucionales

El auge de los secuestros en el noroeste de Nigeria obedece a varias causas. Los factores económicos son importantes, pues el alto nivel de desempleo, la falta de oportunidades, el clima generalizado de miseria y los grandes beneficios económicos que pueden obtenerse exigiendo un rescate a cambio de los rehenes empujan a muchos hacia la comisión de actividades criminales para sobrevivir.

Manifestante de las protestas contra la brutalidad policial posa en la ciudad de Lagos en octubre de 2017. [Temilade Adelaja/Reuters]

Por otro lado, los conflictos internos entre agricultores y pastores de distintas etnias y los diversos grupos de insurgentes —los chiitas, los integristas, los grupos armados del delta del Níger, los separatistas del movimiento de Biafra y las diversas partidas de “bandidos”— crean un caos absoluto que es el caldo de cultivo para el ejercicio de estos delitos, y copan la capacidad de respuesta de la Policía y las Fuerzas Armadas nigerianas.

Con respecto a esta última cuestión, una investigación realizada por Amnistía Internacional afirma que estas instituciones —y sobre todo la brigada policial de élite del Escuadrón Especial Antirrobo (SARS, en sus siglas en inglés)— abusan con frecuencia de su poder para ejercer la fuerza legalmente y no cumplen con su deber de proteger a los ciudadanos de los ataques de los “bandidos” y los terroristas.

Los grupos yihadistas se han convertido en una grave amenaza tanto para la población como las instituciones de los países afectados. Los grupos yihadistas han desarrollado los secuestros masivos de estudiantes como una forma de obtener ingresos, sembrar el miedo en la población y tener en jaque al Gobierno. No se ha encontrado todavía un sistema eficaz de proteger a los más indefensos de esta horrible práctica.

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