La política exterior de Turquía y el papel de África del Norte (II): La evolución de la política exterior

Primera parte – Segunda parte

Durante la primera se ha abordado los cambios políticos internos de Turquía con la llegada al poder del AKP y el ascenso de la facción erdoganista con la purga de los gülenista. En esta segunda parte se analizarán las transformaciones de la política exterior turca a partir de dichos cambios internos.

La nueva política exterior turca

El contexto internacional actual, caracterizado por el reposicionamiento de las distintas potencias y la erosión del orden internacional establecido por Estados Unidos tras el fin de la Guerra Fría. Esto ha desembocado en una situación donde la correlación de fuerzas entres los diversos actores estatales del sistema internacional se halla en plena transformación y donde la emergencia de polos contrarios que cuestionan el liderazgo estadounidense generan resquicios por donde potencias de segundo orden tratan de encontrar una posición más adecuada para satisfacer sus intereses nacionales.

En este contexto, la ruptura con la política exterior turca protagonizada por Erdogan alrededor de 2015 refleja la situación descrita, mostrando la capacidad del país otomano para no ser únicamente objeto del sistema internacional, sino también sujeto, elaborando su agenda propia y erigiéndose como actor imprescindible a nivel regional con unos objetivos de carácter global.

Así las cosas, el punto de inflexión dentro de la política exterior turca lo encontramos en 2015. Frente a la doctrina de”cero problemes con sus vecinos” expuesta en el libro Profundidad Estratégica de Davutoglu y aplicada entre los años 2002 y 2011, los años que median entre ambos se pueden entender como un espacio de reconfiguración y reorientación de la política exterior. Así, la nueva política exterior turca implica una ruptura a la par que una continuidad para con la política exterior previamente aplicada, en tanto que Turquía dejaba de ser un simple puente entre Occidente y Oriente, deviniendo en una potencia regional con un carácter proactivo en sus actuaciones. No obstante, ambas estrategias se encuandran dentro de lo que distintos autores han denominado como neo-otomanismo.

Ahora bien, a partir de 2016 el neo-otomanismo responde, por un lado, a una adaptación del país turco a las oportunidades y amenazas existentes dentro del sistema internacional y, por otro lado, a la indiscutible hegemonía dentro de las estructuras estatales y entre las distintas capas sociales que el AKP, liderado por Erdogan, logra como resultado del desplazamiento de unas posiciones previamente ocupadas por otras facciones de la clase política turca. De este modo, si el desarrollo y la aplicación del neo-otomanismo ha sido posible es gracia a la coincidencia de: a) unas condiciones objetivas idóneas para ello, b) capacidad para una implementación efectiva y c) una estrategia coherente.

Así pues, la nueva política exterior turca reviste un carácter mucho más agresivo en cuanto que aspira a convertir al país en una potencia regional donde el soft power sea combinado con el hard power (sharp power), siendo el segundo base material de una presencia continuada sobre la región. De este modo la implicación de Turquía sea necesaria en cualquier solución que se proponga para los conflictos que afectan a Oriente Medio.

En un principio el neo-otomanismo, tal y como Davutoglu lo expuso, se articulaba sobre la idea de cero problemas con los países vecinos de Turquía de tal manera que, imbricando indirectamente con la política exterior de los últimos años del kemalismo basada en evitar problemas tanto a nivel interno como externo, dicha política aspiraba a mejorar la relación de Turquía con sus países vecinos a través de la cooperación regional, de manera que quedara asegurada la estabilidad del país. Gracias a esta nueva política exterior, Turquía inició la normalización de las relaciones con Chipre y Armenia, así como también se convirtió en mediador entre Israel y Siria. Además, lograba negociar junto a Brasil el acuerdo nuclear de Irán y acordar acuerdos de gran importancia con Rusia en materia de energía.

Así las cosas, el neo-otomanismo tiene por objetivo principal recuperar la influencia en aquellas zonas que históricamente fueron parte del territorio del Imperio Otomano, presentándose, tal y como Erdogán ha promovido, como referente dentro del mundo musulmán de forma que, apoyando a distintas organizaciones musulmanas, pueda expandir su influencia a la par que disputar a los saudíes el liderato religioso en el mundo musulmán sunita.

Erdogan junto a Davutoglu | Fuente: Umit Bektas / Reuters

No obstante, este objetivo cohexistía paradójicamente con el deseo de pertenecer a la Unión Europea, es decir, de convertir Turquía en un país occidental que rompiese con su pasado otomano. De tal modo, durante la primera década de gobierno del AKP, reflejo de las dos corrientes que convivían en el seno del partido, la política exterior turca careció de una única prioridad, siendo muchas y volátitles, presentando a Turquía como un país avanzando y europeo cuando se trataba se acercase a la Unión Europea, pero sin renunciar a convertir a Turquia en una potencia regional en Oriente Medio y con presencia global.

Un desarrollo contradictorio de la política exterior turca, donde en ciertas ocasiones la orientación europea llegó a dominar a la preferencia por Oriente, que persistió hasta 2016, cuando la facción de Erdogán consolidó definitivamente su posición dentro de las estructuras estatales turcas al derrocar a la facción gulenista. Desde entonces, Turquía inició una política más alejada de Europa y de Estados Unidos, buscando crear una serie de alianzas con Rusia e Irán que sirviesen como contrapeso a Estados Unidos y Arabia Saudí, aunque sin llegar a enfrentarse directamente con el país americano. En este sentido, Turquía no sólo ha evitado una confrontación directa con Estados Unidos, sino que también ha tratado de mostrarse como un país imprescindible para los intereses del anterior en la región de tal forma que Ankara sea un pivote geopolítico imprescindible en las operaciones que la OTAN realiza en la región, y que le dotan de una ventaja estratégica en el aspecto militar.

Sin embargo, volviendo a la evolución del neo-otomanismo, la mencionada ruptura con respecto a lo planteado por Davutoglu no es sino resultado de la concrección de dicha doctrina de una política ciertamente ambigua en otra más clara, firme y asertiva, con una notable capacidad de adaptación al volátil contexto internacional actual. En este sentido, la época de consenso y negociación entre países que caracterizaba el inicio del milenio parece haber caducado en favor de un momento internacional marcado por el reposicionamiento de las distintas potencias globales y regionales de cara a asegurar sus zonas de influencia a través de la fuerza.

Así las cosas, este cambio de tendencia en el sistema internacional derivó en que la estrategia de Turquía entre 2002 y 2010 basada en utilizar la globalización en su favor promoviendo el multilateralismo fuera reemplazado por el establecimiento e implementación de alianzas de seguridad estratéticas las cuales permitan a Turquía salvaguardar sus intereses nacionales sin verse subordinada a los intereses de otra potencia como previamente había ocurrido. Asimismo, esta evolución se ha visto reflejada en una política selectiva y enfocada en Iraq y Siria, así como en el Norte de África de tal forma que el país de Erdogan logre asegurarse una zona de influencia que sirva como resorte para lanzar operaciones más amplias a otras regiones como puedan ser el Sahel o el Magreb.

La evolución y transformación de la política exterior turca durante los años en el gobierno del AKP responden a una mayor proactividad de Turquía con respecto a su entorno y la reorientación de la misma hacia otras zonas geográficas, siendo la alternativa europea obviada. En este sentido, dicha decisión se enmarca en un intento por parte de Erdogan de dotar al país de una autonomía lo suficientemente amplia para convertirlo en líder regional y potencia global en la medida que aprovecha en su favor los vacíos de poder dejados por Estados Unidos y sus disputas con Rusia.

Igualmente, dicha concrección únicamente ha sido posible en la medida que en el plano interno la facción erdoganista se ha vuelto la dominante, desarticulando a la oposición tanto interna como externa. En esta línea, la política exterior de Turquía en los últimos años no puede entenderse sin el papel que el propio Erdogan ha jugado en ella mediante la denominada diplomacia personal gracias a la reforma constitucional de 2017 y el derivado desplazamiento del estamento militar y del papel del Ministro de Asuntos Exteriores, uedando suprimidaos los obstáculos burocráticos que realentizaban el proceso de toma de decisiones y disminuían su efectividad.

Asimismo, factores exógenos tales como el nuevo gobierno egipcio hostil a Ankara y aliado con EAU para lanzar una ofensiva en Libia contra el apoyo turco, el Gobierno de Acuerdo Nacional (GNA), han funcionado como elementos que han coadyuvado indirectamente a la transformación de la política exterior turca durante la pasada década. Así pues, la política exterior turca actual se sustenta sobre la idea de que el status quo ya constriñe, ahoga y limita los intereses de Ankara, donde además el nivel de confianza en aliados y socios tradicionales está marcado por un enorme recelo y desconfianza, de tal modo que una política autónoma y pragmática se presenta como la opción más viable para los intereses nacionales turcos desde el punto de vista del AKP, tal y como la involucración en Libia y Somalia muestran.

Reunión entre el Presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, y el Presidente del GNA libio | Fuente: Oficina presidencial turca | Agencia EFE

La posición de Turquía en el norte y en el Cuerno de África

Cualquier análisis de los puntos clave para la política exterior turca debe partir de la mencionada dualidad de la identidad turca que previamente explicaba. Así pues, a modo reduccionista, dichos puntos pueden dividirse entre Occidente y Oriente. Sin embargo, previniendo frente a cualquier acusación de culturalismo, entiéndase el primero como alusión a aquellos países agrupados bajo el paragüas estadounidense y su hegemonía sobre dicho grupo de países en la medida que históricamente ha sido capaz de colocar sus intereses como los deseables o menos dañinos. Asimismo, con respecto a Oriente se alude a una serie de países que, ubicados en las regiones de Oriente Medio y Magreb, resulta su control indispensable poder desarrollar una política exterior autónoma por parte de Turquía.

De tal modo, es en el segundo grupo de países, aquellos localizados en el Norte de África, donde se pondrá el foco de cara a satisfacer el objetivo de este artículo. Sin embargo, en lo que respecta a Occidente, es importante remarcar cómo Turquía ha logrado presentarse como un país con el que es necesario tratar tanto para Estados Unidos como para la Unión Europea, a pesar de las crecientes fricciones con la última, principalmente debido a la lucha por las mismas zonas de influencia entre Francia y Turquía. En este sentido, la política de adhesión ha sido utilizada en provecho de la facción erdoganista para profundizar en sus purgas internas, especialmente en las FAS, alegando como excusa la exigencia de la Unión de apartar del poder al estamento militar.

En cuanto a las regiones mencionadas, resulta necesario destacar la prominente configuración de un cada vez más definido, aunque todavía volátil, bloque anti-turco que agrupa a países de la propia región, así como a otros pertenecientes de la Unión Europea tales como Francia y Grecia. Dada dicha situación, la apuesta turca pasa por un arriesgado concierto de alianzas volátiles donde a la par que se mantiene una relación estratégica con Estados Unidos, se ha buscado un acercamiento con Rusia e Irán, creando una red de alianzas y acuerdos que han dotado a Turquía de un amplio margen de maniobra en la región.

Influencia de Turquía en África | Fuente: African Business Magazine

El arrumbamiento de la integración europea provocó una reorientación de la politica exterior turca hacia Oriente Medio y el Norte de África dentro de una estrategia dirigida a proyectar su influencia más allá del territorio inmediato a sus fronteras convirtiéndose, como se ha comentado, en uno de los países más importantes en la región a nivel geopolítico y permitiéndole actuar en el establecimientode de modos de vinculación entre África, Asia y Europa donde Turquía sea imprescindible entre estas tres regiones. Por tanto, derivado de lo anterior, la acciones en el exterior de Turquía han incluido tanto sucesivas operaciones contra las fuerzas de las YPG en el norte de Siria, como un aumento de sus capacidades navales en cuanto siendo un puente hacia África dado el desarrollo de una industria militar nacional fuerte y efectiva.

Asimismo, el mencionado Pivot to Africa no sólo a través del hard power, sino igualmente recurriendo al soft power, incrementando el número de Embajadas en África de 12 a 42 y acordando una serie de acuerdos para la construcción de grandes infraestructurales en el continente, lo cual no hace sino subrayar la importancia económica y geopolítica de esta región para Turquía. En este sentido, el volumen comercial entre Turquía y África aumentó hasta los 179 mil millones de dólares entre 2009 y 2018, siendo Egipto, Argelia y Marruecos los principales destinos de las exportaciones turcas.

Ahora bien, la entrada de Turquía en África significa una disputa directa por las zonas de influencia tradicionales de Francia, único espacio libre sobre el cual el país galo está actualmente volcando todos sus esfuerzos. De este modo, las crecientes tensiones entre ambos miembros de la OTAN por las acciones de Ankara en el Mediterráneo Oriental y Libia no han hecho sino acercar Francia a Egipto y a los Emiratos Árabes Unidos, rivales regionales de Turquía. Un acercamiento materializado en el Foro Gasístico del Mediterráneo Oriental y donde también participan Israel, Grecia y Chipre entre otros.

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De esta manera, la reorientación estratégica de Turquía se presenta simultáneamente como una oportunidad y como una amenaza a lo conseguido hasta ahora. En esta línea, a diferencia de Francia, Turquía no tiene una posición sólida en África, y la correlación de fuerzas entre ambos países se inclina notablemente en favor del país europeo, cuyo gasto militar dobla el de Turquía con un presupuesto de defensa en 2019 de 52’2 mil millones de dólares frente al presupuesto militar turco de 20’8 mil millones Además, mientras que en cambio el gasto de Francia es un 1.9% de su PIB, el de Turquía ocupa un 2.7% de su PIB. No obstante, las alianzas y acuerdos tejidos por Turquía con Estados Unidos y Rusia principalmente, así como con Irán y Qatar en menor medida, han permitido a Turquía consolidar provesivamente su posición en África, especialmente en Libia y Somalia.

La presencia de Turquía en Libia y Somalia

Libia y Somalia han sido los dos países donde más efectivo ha sido el despliegue de la nueva política exterior turca. En este sentido, la elección por parte de Ankara de estos dos países como los principales objetivos de su política exterior no es casual, sino que responde a la posición estratégica de ambos en la región con respecto a los intereses en el medio y largo plazo de Turquía. Asimismo, cabe mencionar que las acciones de Turquía en África, aunque impulsadas a partir de 2015, ya venían desarrollándose a través del Plan de Apertura Africana.

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En lo que respecta al país localizado en el Cuerno de África, la presencia turca en esa región debe ser comprendida dentro de las crecientes tensiones con los países del Golfo, así como debido a la importante posición económica y su proximidad a una de las arterias económicas más importantes del mundo. En este sentido, a partir de 2011, tras las hambruna que asoló a Somalia y donde la ayuda de Ankara fue reconocida internacionalmente, la presencia turca se ha incrementado considerablemente a través de acuerdos militares, de cooperación y comerciales, destacando la apertura en Mogadiscio en 2017 de la base militar turca más grande fuera de su territorio, la cual dotaba a Ankara de una posición estratégica para con el control de las rutas de navegación hacia el Mar Rojo.

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Así las cosas, la presencia de Ankara en el Cuerno de África responde a una motivación económica y estratégica, logrando en Somalia un elevado apoyo interno aprovechado por Turquía para proyectarse como potencia en algunas organizaciones regionales como es la Liga Árabe debido a un inteligente uso de su soft power y su capacidad para marcar distancias tanto con respecto a Europa, como con el resto de países del Golfo y China, presentándose por tanto como una opción alternativa en cuestiones diplomáticas y comerciales. En este sentido, Somalia es un ejemplo de lo que el modelo de cooperación turca puede ofrecer.

Base militar turca en Somalia | Fuente: Avhal

Por otro lado, atendiendo a las maniobras turcas en Libia, es en estas donde más se juega actualmente Erdogan. Este país no es únicamente la puerta de entrada a África para Turquía, sino que asegura consolidar la posición turca en el Mediterráneo Oriental, así como presentar una amenaza directa e inmediata en términos geográfico con respecto a Egipto, su principal rival regional. Es decir, Libia en definitiva es para Turquía un medio a través del cual presionar a la comunidad internacional y los países del Mediterráneo Orienta para diseñar un acuerdo justo de las fronteras marítimas acorde a su intereses.

Asimismo, el apoyo de Turquía al GNA, gobierno reconocido por la ONU, ha permitido a Turquía desarrollar una narrativa de compromiso con el orden internacional ante el resto de países y obtener de ello un rédito internacional que puede ser aprovechado en su favor en la medida que su actuación se desenvuelve libre de cualquier resonancia colonial. Igualmente, los yacimientos petrolíferos y gasísticos que se encuentran en territorio libio es otra cuestión de interés para Ankara en la medida que un gobierno favorable puede proporcionarle acceso a dichos recursos.

Libia es una doble pieza clave en el tablero para Erdogán, quien en el desenlace del conflicto civil se juega su prestigio político interno y la consolidación de Turquía como potencia regional, en tanto que aseguraría su control y libre circulación sobre el Mediterráneo Oritental de acuerdo a lo dispuesto entre Ankara y Tripoli según el Tratado de la frontera marítica entre ambos a la par que abriría un corredor seguro hacia el Sahel. Ahora bien, el rechazo de distintos países al mencionado tratado se presenta como un importante obstáculo para Turquía en sus objetivos estratégicos en tanto que un Mediterráneo calmado es condición indispensable para la consecución del resto de objetivos.

Conclusiones

Así las cosas, tanto Somalia como Libia representan escenarios que pueden ser considerados como paradigmáticos dentro de la nueva política exterior turca vertebrada sobre la doctrina del neo-otomanismo. En ambos escenarios ha sido a través de la combinación del hard power y del soft power como Turquía ha logrado referencializarse dentro del mundo mulsulmán como alternativa a las opciones presentadas por otros países y asegurar su papel como potencia regional fundamental en el devenir de Oriente Medio.

La situación de disolución del orden internacional instaurado tras el final de la Guerra Fría y la creciente rivalidad geopolítica entre Estados Unidos y, principalmente, China -y Rusia en segundo lugar- ha permitido a distintas potencias de segundo orden aprovechar la coyuntura actual para impulsar sus intereses nacionales más allá de sus tradicionales zonas de influencia. En este sentido, como a lo largo de este ensayo se ha expresado, Turquía materializa fielmente esta situación.

La consolidación del AKP y más concretamente de la facción erdoganista a lo largo de los últimos 20 años como resultado de la crisis política en la que el sistema kemalista se hallaba inmerso, ha permitido a la anterior, a través de un discurso nacionalista e islamista, conectar con sectores mayoritariamente rurales y conservadores tradicionalmente alienados de la vida pública, erigiéndolos como una base social relativamente estable. Asimismo, la consolidación del erdoganismo dentro de las estructuras estatales, definitiva tras los eventos de 2016 y el referéndum de 2017, le ha permitido concretar la doctrina esbozada por Davutoglu a inicios del milenio, así como orientar la política exterior turca hacia el este, dando portazo a una posible integración europea que desde los sectores sociales representados por el AKP de Erdogan era vista como perjudicial y nociva para Turquía.

En este sentido, la relación existente entre la Unión Europea y Turquía puede ser vista como una relación de conveniencia entre ambas partes y cuyo recurso al otro es planteado como un medio para estabilizar la situación interna e internacional de ambos actores en momentos de relativa debilidad. Así pues, está por ver el desarrollo de los recientes acercamientos ocurridos entre Turquía y la Unión Europea, así como el posible recorrido efectivo de estos encuentros.

Así las cosas, en los últimos años Ankara ha desplegado una política exterior orientada hacia Oriente Medio y el Norte de África con el objetivo de devolver la grandeza al país otomano y erigirlo como una potencia regional indispensable para la estabilidad de la región y con proyección claramente internacional y autónoma. En esta línea, Somalia y sobre todo Libia se han convertido en escenarios fundamentales para el éxito de la estrategia turca en el medio y largo plazo, tal y como sucintamente he pretendido describir. En cualquier caso, un elemento meridianamente claro en el caso turco es la minuciosa planificación de su política exterior, erigida sobre fundamentos sólidos y cuyas acciones no suelen ser fruto de la improvisación, sino resultado de decisiones largamente sopesadas.

Finalmente, es importante subrayar el hecho de que la autonomía turca está limitada por la posición que la misma ocupa en el orden internacional de tal modo que en última instancia se ve obligada a acatar aquello que potencias globales como Rusia o Estados Unidos dictaminan. Así, Turquía se mueve dentro del espacio que las disputas entre dichas potencias deja y a la vez sus acciones se constriñen al mismo. En este sentido, obsérvense las líneas rojas que Rusia ha puesto tanto en Azerbaiyán como en Siria o Libia y que Ankara se ha visto obligada a respetar. Por tanto, el éxito futuro de Turquía dependerá de la agilidad y habilidad con la que sea capaz de desenvolverse en el escenario internacional y la manera en la que pueda sacar provecho del mismo sin comprometer excesivamente su posición.

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Estudiante de Relaciones Internacional en la Universidad Complutense de Madrid. Interesado en procesos insurgentes del siglo XX y XXI, así como en el periodo de transición que caracteriza al sistema internacional actual y la forma en que esto se concretiza en Oriente Medio y Asia-Pacífico.

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