Irlanda del Norte: 100 años de inestabilidad

Muro de Cupar Way, que separa los unionistas de Shankill de los nacionalistas de Falls. Fuente: Alfons Cabrera.

Alfons Cabrera. Belfast, Irlanda del Norte.

Plantar un árbol

El pasado día 3 de mayo se cumplió un siglo de la creación de Irlanda del Norte y se celebraron los actos institucionales inevitables cuando ha pasado un determinado número de años de algún evento importante. El primer aniversario siempre es especial, y lo son también los múltiplos de 5, de 10 y de 25. Ahora que hace 100 años, a pesar de que los pocos que quedan que lo vivieron no lo recuerdan, la cifra es lo suficientemente poderosa como para organizar actos institucionales y plantar árboles conmemorativos. La creación de Irlanda del Norte como entidad política fue consecuencia de la Guerra de Independencia de Irlanda y causa de la Guerra Civil Irlandesa. Después vinieron décadas de discriminación de la minoría católica y finalmente los Troubles, el conflicto armado que enfrentó a nacionalistas irlandeses (católicos) contra unionistas británicos (protestantes), y que dejó más de 3500 muertos durante el último tercio del siglo XX. El progreso y la relativa paz de los últimos 23 años no pueden darse por descontados.

Debido a que el nacimiento de Irlanda del Norte fue a expensas de la partición de Irlanda, la efeméride fue ignorada por los nacionalistas irlandeses y celebrada por los unionistas británicos. Cosas así son habituales en una región donde las dos comunidades no comparten ningún símbolo: ninguna fecha, ningún himno, ninguna bandera. Sea como fuere, el aniversario llega en el momento más convulso de los últimos años, y el unionismo aprovecha para continuar con sus reivindicaciones.

Pasamontañas y esteroides

Un día más, cientos de unionistas salen a la calle. Esta vez en Antrim, 30 km al norte de Belfast. Es una de las múltiples protestas del unionismo contra la frontera comercial que el Brexit ha fijado entre los puertos de Irlanda del Norte y Gran Bretaña. Por delante de la cabecera, dos hombres hacen de servicio de orden: uno va con pasamontañas de tres agujeros, y el otro, hinchado de esteroides, a cara descubierta. Primero cortan el tráfico para que la multitud pueda comenzar la marcha. Unos metros más abajo, con gritos y amenazas obligan a la prensa (seis periodistas, todos extranjeros) a guardar todas las cámaras. A continuación, con gritos y amenazas echan a unos policías que consideran que están demasiado cerca, y los policías obedecen y se marchan. La tentación de volver a sacar la cámara se desvanece ante esta demostración de poder de los cachorros de la disidencia paramilitar unionista reconvertida en mafia.

La concentración es del estilo de las marchas de la Orden de Orange: una banda desfila tocando música militar entre una multitud de vecinos que forman un pasillo. Pero la marcha de Antrim presenta algunas diferencias: es ilegal, no van uniformados, y casi todos los miembros de la banda van con capucha y con la cara tapada (en un país en que nadie lleva mascarilla por la calle porque ninguna normativa obliga a hacerlo). No quieren cámaras por la misma razón: para que la policía no pueda identificar a los manifestantes. Sin embargo, antes de que termine la marcha, Twitter ya va lleno de vídeos grabados por los propios manifestantes en los que se pueden ver algunas caras descubiertas.

Clima cálido

Los lealistas, la rama más radical del unionismo, comenzaron a salir a las calles hace ya un mes y medio. Hay varias protestas cada semana, pero poco concurridas: los participantes se cuentan, según el día, por decenas o por cientos. A pesar de la escasa afluencia, durante los primeros días el mundo les miraba porque había violencia: varias protestas acabaron con coches en llamas y con el lanzamiento de cócteles molotov a la policía. Los disturbios más graves sucedieron la noche del 7 de abril, cuando la protesta derivó en enfrentamientos entre unionistas y nacionalistas, muy jóvenes, que se lanzaron cócteles molotov y todo lo que tenían a mano por encima del muro que separa el barrio protestante de Shankill de los católicos de Falls Road. Después de la tormenta, murió el duque de Edimburgo y el duelo detuvo las movilizaciones unionistas durante una semana. Desde que se reanudaron, las llamadas a la no violencia han sido insistentes y, de momento, exitosas. Pero sin fuego y con la prensa a menudo expulsada, estas protestas (pequeñas y rutinarias) se han convertido en onanismo activista: un producto de autoconsumo que cohesiona y anima a la parroquia, pero que no tiene espacio más allá de la prensa local.

Barrio de Ardoyne, en Belfast. Fuente: Alfons Cabrera.

Estas protestas forman parte de un escenario relativamente convulso: la semana pasada, hubo en Derry tres elaboradas bombas falsas; casi un mes antes, en un mismo fin de semana se desalojó una zona del sur de Belfast por un artefacto sospechoso y al día siguiente un supuesto líder paramilitar unionista recibió un disparo en el pecho; poco después de Semana Santa, hubo un coche bomba del Nuevo IRA contra un policía. No explotó porque las bombas del IRA, desde hace unos años, casi nunca explotan. No les hace falta ir tan lejos para recordar a todo el mundo que siguen ahí, vigilantes. Los llamados republicanos (nacionalistas irlandeses radicales), tanto los paramilitares del Nuevo IRA como quienes les apoyan, llevan a cabo su función mejor que los lealistas: hacen menos exhibicionismo y menos aspavientos, pero las acciones que ejecutan son políticamente más eficaces. Dicho todo esto, es preciso señalar que la vida en Irlanda del Norte transcurre con absoluta normalidad, especialmente ahora que las tiendas y los pubs ya han reabierto después de meses de cierre por la pandemia.

De qué se quejan

El Acuerdo de Viernes Santo que puso fin a los Troubles siempre ha sido percibido por una parte del unionismo como una concesión inaceptable y la primera piedra para la reunificación de Irlanda. Desde entonces, se presentan como víctimas y, de forma recurrente, denuncian un apartheid cultural, el procesamiento de veteranos del ejército, la presencia del gaélico irlandés en lugares públicos, el fracaso escolar de los niños protestantes, ataques a barrios protestantes, la ausencia de la bandera del Reino Unido en edificios oficiales y muchas cosas más. Pero la causa inmediata y principal que ha desencadenado la actual ola de protestas es la disposición del acuerdo del Brexit que ha fijado un control de mercancías en los puertos que comunican Gran Bretaña con Irlanda del Norte. No afecta a la circulación de personas, y permanecen intactas la integridad y la soberanía del Reino Unido, pero este control de los bienes es percibido como una frontera interna y un paso más hacia la reunificación de Irlanda.

Este temor es comprensible. Pero no había ninguna solución óptima: la alternativa era una frontera terrestre entre Irlanda del Norte y la República de Irlanda, pero entonces la solución no habría gustado a los nacionalistas. Además, una frontera entre las dos irlandas contravenía uno de los puntos fundamentales del acuerdo de paz del 98. Por otra parte, la frontera terrestre habría sido un blanco mucho más fácil para los disidentes del IRA, de lo que lo es la frontera invisible en el mar de Irlanda para los disidentes de los grupos paramilitares unionistas. Detrás de cualquier política, siempre existe la coacción de las armas. No sólo en Irlanda del Norte.

Más allá del muro

“Con cualquier decisión que se hubiera tomado, una de las partes no iba a quedar contenta. Pero puestos a que haya una frontera, ya había una con Irlanda hace unos años”. T. es de Shankill, el principal bastión de los lealistas en Belfast. Se define como moderado, y la frontera del mar de Irlanda ni le gusta ni le quita el sueño. Es crítico con los políticos que “dijeron una cosa y han hecho otra” (Boris Johnson aseguró que no habría controles en el mar de Irlanda) y también es crítico con los disturbios: “Son chicos muy jóvenes que no tienen nada que hacer, y para ellos los disturbios son como un deporte”. El lugar de trabajo de T. es delante mismo del muro de Cupar Way, una barrera de 800 metros de largo y 6 de altura que separa protestantes y católicos. Hay más de 20 km de muros en toda la región. “Si echaran el muro al suelo, habría enfrentamientos”.

A. vive al otro lado de la barrera y trabaja en una tienda en segunda línea de muro. Es nacionalista irlandesa. “Las protestas no son por la frontera, eso es sólo una excusa, siempre están con algo. Además, la mayoría son adolescentes, no entienden la parte política”. T. y A. tienen, de entrada, tres cosas en común: los dos rondan la trentena, prefieren preservar su anonimato, y creen que las protestas simplemente irán perdiendo fuerza hasta que se acaben. El resto de entrevistados, los que han quedado fuera del reportaje, también eran de esta opinión. Salvo una mujer mayor, nacionalista, que creía que la cosa iría cada vez peor. Aquellos que vivieron los Troubles a una edad consciente a menudo son más pesimistas. Saben que la tragedia a veces no la ves venir hasta que ya es demasiado tarde.

El futuro inmediato

En breve comenzará la temporada de las marchas de Orange, que siempre es la época del año más tensa entre católicos y protestantes. En tiempos más sosegados, la cosa no pasa de algún leve encontronazo con la policía, amenazas de bomba, rencillas políticas y declaraciones fuera de tono. Pero este no es un año tranquilo, y mientras en las calles continúan las protestas, el unionismo institucional ha implosionado. Arlene Foster, la líder del Partido Unionista Democrático (DUP, en inglés) y Primera Ministra de Irlanda del Norte, dejará ambos cargos a finales de mayo y de junio, respectivamente. La tormenta provocada por el Brexit, el cual ella apoyó, la ha hecho caer después de que 22 de los 27 diputados que su partido tiene en la Asamblea de Irlanda del Norte firmaran un manifiesto expresando la pérdida de confianza en la líder. Pero esta rebelión no ha sido sólo por el Brexit y la frontera comercial. El unionismo norirlandés es más bien conservador, y el DUP aún más, y muchos miembros del partido entendían que la posición de Foster era demasiado blanda en cuestiones como el aborto o el matrimonio homosexual. La gota que colmó el vaso fue cuando el 20 de abril, una semana antes del golpe dentro del partido, Foster se abstuvo en una moción para la prohibición de las terapias de conversión para homosexuales, en lugar de votar en contra como la mayoría de sus compañeros (exactamente, 22 de los 27). La moción prosperó, aunque no era vinculante.

Primer ensayo, después de un año parados por la pandemia, de la banda lealista Shankill Protestant Boys, de cara a la temporada de marchas Orange. Fuente: Alfons Cabrera.

Cuando esta dimisión en diferido se haya consumado, ocupará su lugar Edwin Poots. Es un político veterano, creacionista y miembro de la Orden de Orange, y todo apunta a que el partido tomará una línea más dura. Si este viraje es un éxito o un fracaso lo dirán las elecciones a la Asamblea del próximo año. Quizá consiguen retener la mayoría de voto unionista; quizá estos votos van a parar a los moderados del Partido Unionista del Ulster (UUP). O quizá este voto moderado opta por la equidistancia de Alliance o por la abstención, lo que podría dar la victoria, por primera vez en el parlamento regional, a los nacionalistas del Sinn Féin. La demografía ya les va a favor, por lo que las turbulencias en el seno del unionismo político simplemente podrían avanzar un relevo de poder que tarde o temprano llegará.

Ante la culminación de la inversión demográfica que viene, el unionismo político podría optar por una moderación del discurso nacional y social en busca del voto de los inmigrantes y su descendencia, de unionistas abstencionistas o incluso de aquellos católicos que (al estilo de los convergentes catalanes de los 90) votan Sinn Féin porque son los suyos pero en el fondo ya les van bien las cosas como están ahora dentro del Reino Unido. Este es un perfil abundante. Pero el DUP va en otra dirección, y las posiciones esencialistas de los lealistas parece que se impondrán.

El lealismo es un movimiento profundamente identitario, pero no necesariamente hostil si no eres un republicano irlandés. Pero últimamente, la sensación de que se aproxima la derrota les hace ver enemigos en todas partes: en el nacionalismo irlandés, por supuesto, pero también en el unionismo moderado, en el Reino Unido, en la Unión Europea, en la policía. Es una exacerbación del miedo atávico a que cualquiera les quite lo que es suyo, o que, como la prensa, puedan ser un obstáculo para conservarlo. Así, desprecian los altavoces que tienen al alcance y renuncian a intentar ganar el relato. Más impermeables que años atrás, más aislados, y a menudo agresivos. Como los habitantes de Sentinel del Norte, que viven sin ningún contacto con el resto del mundo, y si alguien se acerca a su isla, le reciben a flechazos. El final de esta metáfora, si cambiamos las flechas por piedras, fue literal una tarde de abril bajando por Shankill Road, tranquilamente, con la cámara colgada del cuello.

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