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Estados Unidos, China y Ucrania: el dilema de los dos frentes

Fuente: Foreign Policy

En Estados Unidos se incrementa el debate sobre cómo se va a solucionar la guerra en Ucrania. En un contexto en el que ningún bando apuesta por la diplomacia, es complicado dilucidar qué salida se le va a dar al conflicto. En Washington temen que la guerra dure años y que ello pueda suponer una distracción de su verdadera prioridad en política exterior: la competición con China.

Estrategia estadounidense en Ucrania

Antes de la invasión del 24 de febrero, lo cierto es que, para Washington, Ucrania no era una de sus prioridades. Fue Moscú quien presionó a la administración Biden para tener varias reuniones de alto nivel y tratar así el orden de seguridad europeo. Sin embargo, tras el all in ruso, ni Estados Unidos ni Europa se podían permitir no responder con fuerza. En Washington son conscientes de que el desafío de Moscú debe de ser suprimido, ya que, si triunfase, pondría en tela de juicio el orden internacional liderado por Occidente.

En ese sentido, Estados Unidos ha buscado a través de Ucrania debilitar a Rusia desgastando sus capacidades convencionales para impedir que vuelva a intentar una invasión de esta magnitud. Evidentemente también está el hecho de evitar un Moscú fuerte que pueda profundizar su relación con China. Este apoyo en forma de armas, inteligencia y asesoramiento ha ido in crescendo gracias a la resistencia ucraniana y sus sucesivas ofensivas exitosas. Lo que empezó con suministro de armas anti tanque, ha acabado con el envío de tanques e incluso misiles de largo alcance. Es decir, la implicación de la OTAN ha ido aumentando según ha trascurrido la guerra.

El aumento del apoyo a Ucrania ha supuesto que los objetivos en la guerra se hayan vuelto más ambiciosos: de resistir a Rusia a expulsar a todos los soldados rusos y recuperar las fronteras de 1991, además de exigir a Moscú reparaciones de guerra y solicitar la creación de un tribunal que juzgue los crímenes rusos. Las prerrogativas de Kiev en este caso son francamente maximalistas, siendo sumamente complicado que se puedan cumplir dada las capacidades militares del ejército ucraniano.

Como se ha explicado, Estados Unidos y la OTAN se han ido implicando cada vez más en el conflicto. Esto por una parte ha supuesto una ayuda vital para Ucrania, pero a la vez supone que sea más difícil retirarse del mismo. Es decir, se han ido rompiendo los puentes con Moscú y las rampas de desescalada. La implicación de Occidente es tan alta que la única acción que pueden tomar en este momento es la de seguir aumentado el apoyo a Ucrania, al menos de momento. La derrota de Kiev supondría un desastre geopolítico para Occidente y una pérdida de prestigio internacional notable. Evidentemente, Rusia ha sufrido un desgaste muy importante, pero su estrategia pasa por una guerra larga y seguir escalando lo necesario para intentar cosechar una victoria. No está claro que un escenario de contienda prolongada sea lo más beneficioso para Occidente.

Las divisiones se empiezan a notar en Washington

Si bien el apoyo a Kiev sigue siendo mayoritario, dentro de la administración Biden empiezan a surgir voces críticas con el desarrollo de la guerra y sus consecuencias para el país. Desde hace meses se han reportado desde medios estadounidenses las divisiones entre la cúpula militar y el sector más político de Washington. Los primeros defienden más decididamente la diplomacia, mientras que los segundos apuestan por seguir aumentando la asistencia a Kiev.

La cúpula militar estadounidense, de hecho, es la que se ha mostrado más crítica con la estrategia de Ucrania y sus desempeños en el campo de batalla. Recientemente, el General Mark Milley, el presidente del Estado Mayor Conjunto, aseguró que era “muy muy difícil” que el ejército ucraniano pudiera expulsar a los rusos de Crimea. Estas declaraciones, como no podía ser de otra forma, han sentado muy mal en una Kiev que espera poder organizar una importante ofensiva en primavera-verano que consiga tomar Melitopol y cortar en dos el territorio ocupado por Rusia en el sur de Ucrania. En ese sentido, uno de los principales objetivos de Kiev es retomar la estratégica península de Crimea. Pero según una filtración de Politico, el Pentágono también comparte la idea de la improbabilidad de que el ejército ucraniano pueda retomar Crimea.

Sin embargo, la filtración más interesante se ha producido a través de un medio suizo, citando a varios políticos alemanes de alto nivel. Según esta información, a mediados de enero, el jefe de la CIA, William Burns, viajó a Kiev y Moscú para evaluar la disposición de ambos a negociar. Supuestamente, Washington habría puesto sobre la mesa una oferta para la negociación, Ucrania renunciaría así a un 20% de su territorio a cambio de la paz. Tanto Kiev como Moscú habrían rechazado la oferta, los primeros porque no aceptan renunciar a su territorio y los segundos porque esperan ganar la guerra a largo plazo. Más allá de eso, en la filtración vuelven a aparecer las divisiones dentro de Washington sobre el desarrollo de la estrategia respecto a Ucrania. Por un lado, el asesor de seguridad, Jake Sullivan, y el jefe de la CIA buscarían un final pronto al conflicto, para así concentrar los esfuerzos en China. Por el otro, el secretario de Estado, Antony Blinken, y el secretario de Defensa, Lloyd Austin, apostarían por perseguir la derrota rusa apoyando el envío masivo de ayuda militar a Kiev.

Estas filtraciones, negadas desde Washington y Berlín, hay que tomarlas con cautela, pero nos dejan entrever una cierta tendencia en Estados Unidos. La estrategia de la administración Biden sería evitar una guerra larga, en ese sentido, actualmente está aumentando su apoyo militar a Kiev con el objetivo de establecer un acuerdo diplomático después de que termine la próxima fase intensa de la lucha. Es decir, Washington habría reducido sus objetivos en la guerra para prepararse a una salida diplomática. La cuestión ya no se trataría de restablecer a Ucrania a sus fronteras de 1991, sino que Kiev sea defendible militarmente, políticamente independiente y económicamente viable.

La dificultad radica en cómo se enfocaría dicho cambio de narrativa después de haberse implicado tanto en la guerra. También habría que analizar si esta rebaja de los objetivos está en consonancia con los aliados europeos. Kiev es muy probable que se muestre en contra, pero al depender de la OTAN, en caso de que Washington decida un cambio de rumbo, no les quedará más remedio que aceptarlo.

Banderas de China y Estados Unidos. Fuente: Reuters / Aly Song

China, el verdadero rival de Estados Unidos

Desde que comenzó la invasión rusa de Ucrania prácticamente todos los focos se han dirigido a la guerra. Sin embargo, Estados Unidos tiene otros frentes abiertos importantes, especialmente en Asia-Pacífico y China. Contener el ascenso de Pekín sigue siendo el principal objetivo de la política exterior de Washington. De hecho, esta cuestión es la que más consenso genera en el establishment estadounidense.

Desde varios sectores de Washington, así como analistas, temen que el aumento de la implicación de Estados Unidos en Ucrania signifique alejar el foco de lo realmente primordial. Esta preocupación aumenta teniendo en cuenta que se están comenzando a reportar advertencias sobre el estado de los arsenales estadounidenses y la capacidad de su industria militar. El Wall Street Journal se ha hecho eco de un estudio en el que se asegura que la guerra de Ucrania ha puesto de manifiesto los problemas de la industria militar estadounidense, lo que podría mermar las capacidades de sus Fuerzas Armadas ante un conflicto prolongado con China.

Debido a la naturaleza de guerra de alta intensidad en Ucrania, el material militar suministrado a Kiev se agota rápidamente, lo que hace necesario que la industria trabaje a pleno rendimiento para reponer lo enviado. Ante esta situación, el Pentágono ha ordenado incrementar en un 500% la producción de munición de artillería en dos años para compensar los déficits causados por Ucrania, además de generar reservas para futuros conflictos. En ese sentido, se trataría de “el esfuerzo de modernización más agresivo en casi 40 años” para la base industrial de defensa.

Estos movimientos entroncan con la preocupación estadounidense ante un futurible conflicto con China en un plazo de unos pocos años. El temor radica no solo en que, si se alarga la guerra de Ucrania, Washington podría encontrarse con una guerra de dos frentes, sino ya la propia capacidad del ejército para afrontar una guerra directa con Pekín. La tensión entre ambos países ha crecido sustancialmente, no solo por la guerra comercial y tecnológica, sino por la crisis de Taiwán. La visita de Nancy Pelosi fue vista de manera muy hostil por parte del Partido Comunista de China (PCCh), y el nuevo presidente de la Cámara de Representantes, Kevin McCarthy, ya ha anunciado su intención de viajar a Taipéi, lo que hará escalar aún más la situación.

A lo largo de meses y años, en Estados Unidos ha habido un largo debate sobre si Washington sería capaz de ganar una guerra en dos frentes contra Rusia y China. Si bien no hay una conclusión clara, lo cierto es que son muchas las voces que argumentan que ni las Fuerzas Armadas ni la industria militar estadounidense tendrían capacidad para alcanzar la victoria en ese escenario. Este hecho aumentaría la pulsión en Washington de intentar buscar un arreglo a la guerra de Ucrania, y centrar así los recursos en el escenario principal de Asia-Pacífico.

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