El ‘siglo de la humillación’ como construcción nacional e identitaria de China

Los Estados modernos han utilizado la memoria histórica como una herramienta política e ideológica para impulsar los procesos de construcción nacional. Las ideas, creencias y significados que conforman el pasado han sido moldeados, sobredimensionados o manipulados por las élites para dar forma a la estructura identitaria del país, definiendo de esta manera cómo se ve a sí mismo el Estado, cuáles son sus intereses estratégicos y qué grupos sociales son considerados como miembros de la nación, entre otros. Asimismo, los grandes acontecimientos históricos permiten a los líderes fortalecer la cohesión social, legitimar sus decisiones políticas o movilizar el apoyo popular. En definitiva, los elementos ideacionales, ampliamente ignorados por los análisis centrados en principios materiales, influyen en las dinámicas domésticas de los países y, en última instancia, en las relaciones internacionales.

En este contexto, el concepto de la humillación nacional desempeña un papel transcendental. Los traumas experimentados por una nación, si bien a priori pueden ser considerados como algo negativo, sirven para construir un discurso oficial con tintes victimisas o heroicos que permite utilizar el pasado para moldear el presente y el futuro. Estas narrativas, difundidas especialmente a través del sistema educativo, recuerdan a una sociedad (a) quiénes son los “enemigos” que causaron las humillaciones y quiénes los “héroes” que las resolvieron; (b) acontecimientos históricos oscuros que bajo ningún concepto pueden volver a repetirse; o (c) problemas actuales originados décadas atrás que han de solucionarse.

Cuando Mao Zedong proclamó la República Popular China en 1949 declaró que el país se había puesto en pie tras un siglo de luchas contra “los opresores nacionales y extranjeros” y aseguró que China ya no sería una “nación sujeta a insultos y humillaciones”. El Gran Timonel identificó en su discurso a Japón y al Kuomintang como los “enemigos” nacionales y se proclamó como el “héroe” que puso fin a 100 años de humillaciones. En este sentido también se pronunció Xi Jinping durante la conmemoración del centenario del Partido Comunista de China, señalando que “después de la Guerra del Opio la civilización china se sumió en la oscuridad” y concluyendo que el Partido consiguió “dirigir al pueblo en las batallas sangrientas con determinación inquebrantable”.

Oficiales del EPL y estudiantes chinos en la plaza del Museo de Historia 9.18 en Shenyang, provincia de Liaoning. El museo exhibe la historia de la invasión japonesa de Manchuria en 1931 y la guerra de liberación. Fuente: Global Times

El concepto de la humillación nacional no se aplica únicamente al gigante asiático. Numerosos Estados -o, en su defecto, un grupo social- utilizan estos traumas teniendo en consideración su propia historia, idiosincrasia, intereses, contextos y circunstancias. Los surcoreanos defienden que tanto la anexión por parte de Japón en 1910 como el rescate del Fondo Monetario Internacional de 1997 constituyen humillaciones nacionales. Los republicanos irlandeses identifican la soberanía del Reino Unido sobre Irlanda del Norte como una humillación desde hace ocho siglos que solo se resolverá con la unificación del Ulster con la República de Irlanda. No obstante, pese a ser una idea universal, como argumenta William Callahan, “los chinos se sienten únicos en la humillación nacional” puesto que solo China pasó de ser el Imperio del Centro al ‘hombre enfermo de Asia’ a mediados del siglo XIX.

El conocido como como ‘siglo de la humillación’, por tanto, se ha convertido en uno de los principales elementos que conforman la identidad nacional del gigante asiático. Generalmente se conoce como el periodo comprendido entre la primera guerra del Opio (1839-1842) y la proclamación de la República Popular (1949). Durante esta época China fue sometida por las potencias extranjeras que dividieron territorialmente el país mediante la firma de tratados desiguales. Si bien su uso se ha generalizado en la actualidad, el concepto tiene sus orígenes en las primeras décadas del siglo XX y ha sido utilizado por diferentes actores para construir una narrativa con diferentes significados.

El objetivo del artículo se centra en demostrar a través de un estudio de caso en qué medida la historia puede ser utilizada con fines políticos e ideológicos. Se dividirá en tres periodos principales: 1915-1927, 1927-1949, 1949-2022 y se analizará la evolución del discurso de la humillación nacional en cada uno de ellos.

1915-1927: movimiento popular contra las Veintiuna Demandas

La narrativa de la humillación nacional emergió en 1915. Es importante destacar el contexto histórico: China estaba atravesando un difícil proceso de construcción nacional tras el derrocamiento de la dinastía Qing mientras sufría las agresiones externas y una profunda división interna agravada por la existencia de un gran vacío cultural y espiritual. Es decir, el país, que había dejado de ser un imperio celestial para convertirse en un Estado-nación moderno, estaba intentando encontrar su propia identidad en un periodo caracterizado por el caos y el desorden. A ello se une que Japón había presentado las Veintiuna Demandas en enero de ese mismo año, unas exigencias que suponían una violación fragrante de su soberanía.

Las autoridades chinas vieron el discurso de la humillación como una herramienta política para fortalecer la unidad nacional y presionar a Tokio durante las negociaciones. El gobierno de Beiyang permitió que se llevasen a cabo actividades contra Japón como manifestaciones, boicots o la creación de un fondo de Salvación Nacional. También se popularizó el lema “Nunca olvides la humillación nacional”, que fue exhibido en murales, libros de texto e incluso en anuncios publicitarios de productos chinos.

Este panorama, no obstante, pronto sufrió un vuelco de 180 grados. Tokio dio un ultimátum el 7 de mayo y China se vio obligada a aceptar sus demandas dos días después. En ese momento la narrativa de la humillación nacional también experimentó un profundo cambio. Se convirtió en un movimiento popular que veía no solo a Japón como el enemigo nacional, sino también a las propias autoridades que permitieron que el imperio fuese colonizado por culpa de su incompetencia. Este cambio de paradigma se pudo ver reflejado en el debate que se produjo sobre cuándo conmemorar el Día de la Humillación Nacional, una festividad no oficial en aquella época: el 7 de mayo, cuando Tokio dio el ultimátum, o el 9 de mayo, cuando Beijing accedió a las exigencias niponas.

Anuncio de «Cigarrillos patrióticos». Se puede leer: «Por favor, señor, no olvide [la humillación nacional]». Fuente: Paul Cohen

En definitiva, el discurso de la humillación nacional pasó rápidamente de ser una iniciativa política promovida por el Estado a un movimiento popular que pedía a la sociedad china que reaccionara frente a la agresión extranjera e incluso contra la ineptitud de las autoridades chinas. El resentimiento social, si bien se debilitó progresivamente en los meses posteriores, sentó un precedente que impulsó el resurgimiento del sentimiento nacionalista y anti-japonés reflejado en el Movimiento del Cuatro de Mayo de 1919. Como señaló Luo Jialun, uno de los líderes de las protestas, “China antes del cuatro de mayo era una nación sin aliento. Después del movimiento, es una nación más vital y viva”.

1927-1949: el Kuomintang capitaliza la humillación nacional

El Kuomintang también vio la humillación nacional como una herramienta política e ideológica cuando asumió el poder del país. Chiang Kai-shek capitalizó el descontento popular que había surgido una década antes y utilizó el discurso con cuatro objetivos principales:

  1. Construir una nueva identidad nacional en base a los principios e intereses del propio partido.
  2. Fortalecer el nacionalismo para llenar el vacío ideológico originado por el debilitamiento de los valores confucianos que habían caracterizado a la dinastía Qing y que el gobierno de Beiyang no pudo solucionar.
  3. Presentar al partido como la única fuerza capaz de “salvar al país” y poner fin a las humillaciones.
  4. Deslegitimar a las fuerzas del Partido Comunista de China (PCCh) durante la guerra civil.

El KMT se convirtió en el único actor legal para moldear el discurso de la humillación nacional en un intento de evitar que se volviese en su contra como ocurrió con el gobierno de Beiyang. Así, por ejemplo, las autoridades implementaron un calendario oficial de días que conmemoraban la humillación nacional -hasta 26 en un primer momento- y forzaron la vinculación al partido de las asociaciones independientes para controlar el nacionalismo y evitar protestas no autorizadas.

Asimismo, fue en 1943 cuando se empezó a introducir la palabra “siglo” al discurso para crear el concepto que conocemos hoy del “siglo de la humillación”. Este cambio también tenía un trasfondo político puesto que el “siglo” daba a entender implícitamente que los traumas experimentados habían acabado. Chiang Kai-shek utilizó ese año porque fue cuando se reunió en igualdad de condiciones con Estados Unidos y Reino Unido en la Conferencia de El Cairo y cuando concluyeron los tratados desiguales. De esta forma, el KMT se postuló como el gran héroe nacional. En este sentido se pronunció el líder chino:

“Una de las causas más profundas de satisfacción que nosotros y nuestros compatriotas encontramos en los acontecimientos recientes es, por supuesto, la abolición de los tratados desiguales. La liberación de los grilletes que han atado [a China] por mucho tiempo (…) El debilitamiento de la posición internacional de China y el deterioro de la moral del pueblo durante los últimos cien años se ha debido principalmente a los tratados desiguales, de principio a fin un registro de humillación nacional. No solo hicieron que China dejara de ser un estado, sino que también hicieron que el pueblo chino dejara de ser una nación (…) Hemos transformado un aniversario sin gloria en una ocasión de regocijo nacional”.

1949-2022: el PCCh como el gran vencedor

Pero los nacionalistas fueron derrotados en la guerra civil y el uso de la humillación nacional volvió a cambiar de dueño. Invalidando la consagración de Chiang Kai-shek, Mao Zedong declaró el fin del siglo de la humillación con la fundación la República Popular en 1949. Desde lo alto de la plaza Tiananmén, el Gran Timonel se autoproclamó como el gran salvador de China.

Mao Zedong durante la proclamación de la República Popular en 1949. Fuente: foto de archivo.

No obstante, este discurso perdió importancia en la narrativa oficialista y como fuente de legitimidad. El máximo mandatario del gigante asiático se centró en construir una ideología e identidad nacional basada en el marxismo-leninismo, en la lucha de clases y en el pensamiento de Mao Zedong. Los mensajes victimistas no tenían cabida en la narrativa de una figura que se presentaba como el gran líder del movimiento revolucionario internacional. Asimismo, cabe recordar que, si bien habían ganado el conflicto bélico, los comunistas anhelaban recuperar Taiwán, que estaba controlado por el Kuomintang. Por este motivo, Japón dejó de ser el gran enemigo para centrarse en Chiang Kai-shek al otro lado del estrecho y a Estados Unidos por apoyar a la “provincia rebelde”.

El discurso de la humillación nacional volvió a reaparecer en la década de los ochenta bajo el liderazgo de Deng Xiaoping para llenar el vacío ideológico que se produjo durante aquellos años. China había dejado de lado la Revolución Cultural para elaborar una estrategia pragmática e introducir una reforma económica que provocó el debilitamiento de la identidad nacional construida por Mao Zedong. Las protestas de la plaza Tiananmén de 1989 fue lo que empujó a Beijing a actuar con el objetivo de fortalecer el nacionalismo y la legitimidad del partido.

La solución a este problema fue elaborar un programa de educación patriótica construida sobre la idea de la humillación nacional, pero con una diferencia: el mensaje se centraba más en las luchas que el pueblo chino había librado contra las agresiones externas y el papel clave que el PCCh había tenido. El partido, a través de una narrativa que identificaba a China como una víctima, se presentaba como la única fuerza capaz de evitar que el país volviese a estar sometido y fragmentado por las potencias extranjeras y “la corrupción de los gobernantes feudales”. El público objetivo, si bien no el único, eran aquellos nacidos después de 1949 que no habían experimentado las décadas oscuras de China.

El propio Deng Xiaoping señaló la importancia del programa educativo en un discurso concedido ante oficiales del Ejército Popular de Liberación (EPL) pocos días después de finalizar las protestas de la plaza Tiananmén:

“Durante los últimos diez años nuestro mayor error se cometió en el campo de la educación, principalmente en la educación ideológica y política, no solo de los estudiantes sino de la gente en general. No les dijimos lo suficiente sobre la necesidad de una lucha dura, sobre cómo era China en los viejos tiempos y en qué tipo de país se convertiría. Eso fue un grave error por nuestra parte”.

La campaña patriótica, asimismo, se complementó con la construcción de museos, monumentos y esculturas, la publicación de libros de texto y la difusión de mensajes propagandísticos a través de medios de comunicación o eventos culturales. La humillación nacional acabó formando parte del día a día de la sociedad, permitiendo al Estado que su narrativa histórica fuese interiorizada y ampliamente aceptada por los chinos.

Xi Jinping y otros líderes chinos visitan el lugar donde se celebró el primer Congreso Nacional del Partido Comunista de China. Fuente: Xinhua

En la actualidad, el uso de la humillación nacional sigue muy presente en la historiografía del PCCh. De hecho, Xi Jinping pronunció su primer discurso sobre el «sueño chino» en el Museo Nacional de China que exhibe la historia del gigante asiático desde la Primera Guerra del Opio hasta la Segunda Guerra sino-japonesa. En este escenario y aludiendo a “las dificultades y los sacrificios inusuales” experimentados por el pueblo chino, Xi llamó a superar los lastres del pasado y materializar la “gran revitalización de la nación china” para transformarla “en un país socialista moderno, próspero, poderoso, democrático, civilizado y armonioso”.

El siglo de la humillación ha moldeado la visión que tienen los dirigentes y académicos chinos sobre el sistema internacional y el papel que el país debe jugar en él. Beijing utiliza este discurso para legitimar sus políticas tanto domésticas como externas, señalando que son necesarias para que China pueda recuperar la grandeza que perdió durante el siglo de la humillación. Cuando la Armada del Ejército Popular de Liberación (PLAN) moderniza sus buques de guerra tiene muy presente que las potencias extranjeras utilizaron su superioridad naval para penetrar en el Imperio del Centro por el mar. Cuando el Consejo de Estado elabora una estrategia para impulsar la modernización tecnológica es consciente de que “una de las principales causas del estancamiento de China en la era moderna fue que dejó pasar las revoluciones tecnológicas anteriores”. Cuando las potencias occidentales critican las políticas establecidas para Xinjiang, Hong Kong o el Tíbet, los dirigentes chinos consideran que es un intento de volver a dividir el país. 

«No debemos permitir que esta trágica historia se repita (…) China se ha puesto de pie. Nunca más tolerará ser intimidado por ninguna nación», advirtió Xi Jinping en un discurso concedido a estudiantes y profesores de la Universidad de Beijing. En definitiva, no es posible entender las dinámicas del gigante asiático sin tener en cuenta este periodo oscuro de la historia milenaria de China.

«Usar el pasado para servir al presente»

Si bien la idea de la humillación nacional puede ser universal, los discursos que se elaboran en torno al concepto son únicos. Y dentro de esta unicidad, destaca especialmente China. El Imperio del Centro pasó de ser una de las mayores potencias mundiales a ser considerado como el ‘hombre enfermo de Asia’ a mediados del siglo XIX debido a las ambiciones expansionistas de las potencias extranjeras y a la corrupción e ineptitud de las autoridades imperiales. Desde la perspectiva china, ninguna otra nación ha sufrido una mayor humillación que la experimentada por ellos mismos desde 1839 hasta la década de 1940.

Los diferentes actores que han gobernado china han utilizado el discurso de la humillación nacional -con mayor o menor éxito- para garantizar sus propios intereses. En la actualidad, esta idea sigue muy presente en la historiografía del PCCh. Siguiendo la tesis de Vamik Volkan, el partido ha utilizado los «traumas elegidos» y las «glorias elegidas» con el objetivo de impulsar los procesos de construcción nacional y legitimar su poder. El uso del pasado, difundido a través del sistema educativo, museos, libros de texto o medios de comunicación, recuerda a la sociedad cómo era el Imperio del Centro durante el siglo de la humillación, quiénes eran los «enemigos» y quiénes los “héroes” que salvaron al país. 

«Usar el pasado para servir al presente; usar lo extranjero para servir a China». Estas palabras que pronunció Mao Zedong se presentan como un buen resumen del artículo.


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Periodista con más de cinco años de experiencia en el ámbito de la comunicación y las relaciones internacionales. Interesado especialmente en la región Asia-Pacífico y la República Popular China.

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