África ante la guerra en Ucrania

El pasado 2 de marzo, la Asamblea General de Naciones Unidas realizó una votación extraordinaria para condenar la invasión rusa de Ucrania. Entre los datos que podemos obtener se encuentra uno muy significativo: África fue el continente donde más países se abstuvieron (16) y donde un mayor número no participó en la votación (8), e incluso uno de ellos, Eritrea, votó en contra.

A pesar de críticas concretas, como el llamado del presidente de la Unión Africana Macky Sall a Putin exigiéndole “respeto al derecho internacional, la integridad territorial y la soberanía nacional de Ucrania”, o el feroz discurso del presidente de Kenia, Martin Kimani, en el Consejo de Seguridad de la ONU en el que comparaba el papel de Rusia en Ucrania con el colonialismo en África, la condena africana a la guerra no ha sido tan abrumadora como en otros continentes. Y es que parte del continente desea mantener su neutralidad ante los conflictos entre grandes potencias, a la par que Rusia ha aumentado notablemente su influencia en la casi totalidad de los países africanos durante los últimos años. Esto último, sin duda, causa inmediata de que las consecuencias de la guerra no sean ajenas al continente.

Resultados de la votación en la Asamblea General de Naciones Unidas para condenar la invasión rusa de Ucrania. Fuente: Naciones Unidas

Estrategia milita rusa en África

La seguridad es uno de los elementos donde se encuentra más visible el papel protagónico de Rusia en el continente. En los últimos años, Rusia ha participado en mayor o menor grado de diversos conflictos africanos, ya sea en la lucha contra la insurgencia o ayudando a consolidar regímenes poco democráticos. Analizando la votación en la ONU encontramos varios de estos casos entre los países que no votaron por la condena. Burkina Faso, Mali, Guinea o Sudan han encontrado en Rusia su mayor aliado para legitimar los golpes de Estado producidos durante el último año. Para otros como Mozambique, Sudan del Sur o República Centroafricana, la ayuda rusa les ha permitido contrarrestar la fuerte inestabilidad provocada por conflictos armados. En otros países como Uganda, Guinea Ecuatorial o Eritrea, el apoyo ruso ha permitido una menor condena internacional a sus regímenes autoritarios.

La colaboración militar rusa en el continente se centra principalmente en dos factores: la venta de armamento y la presencia de asesores y mercenarios. Desde principios de siglo, Rusia ha renovado su estrategia en este sector decidiéndose por diversificar sus exportaciones y aumentar el volumen de forma significativa. Actualmente, según datos del Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz (SIPRI), el 49% de las importaciones armamentísticas de los países africanos proceden de Rusia, siendo Argelia, Egipto, Sudán y Angola los mayores receptores.

A su vez, en los últimos meses, Rusia ha mostrado interés en establecer bases militares en Guinea Ecuatorial y Sudan, siendo este uno de los temas principales tratados durante la reciente visita del jefe adjunto del Consejo Soberano de Sudán, el general Mohamed Hamdan Dagalo, al Kremlin. Por otra parte, el interés de Rusia en Sudan va más allá del terreno militar, y, según afirma el diario británico The Telegraph, durante los últimos meses Rusia habría importado una cantidad enorme, pero indeterminada, de oro sudanés con el que crear una reserva para las previsibles sanciones.

Por otro lado, mercenarios del Grupo Wagner han participado de diversos conflictos del continente, siendo especialmente visibles en la lucha contra la insurgencia yihadista u otros grupos armados en países como Mozambique, Mali o República Centroafricana. Muchos analistas temen que la necesidad de utilizar a estos combatientes en la guerra de Ucrania provoque su traslado, derivando en un aumento de la inseguridad en regiones como el Sahel.

Esta circunstancia, aunque posible, parece improbable dado el gigantesco número de las fuerzas armadas rusas y milicias de otras regiones como Chechenia o Siria, sin que Rusia tenga necesidad de recurrir a los mercenarios que actualmente actúan en África. Dejar a estos países a su suerte derivaría en una gran perdida de la credibilidad rusa, y Rusia no puede permitirse perder a unos aliados clave en un panorama de transformación del escenario geopolítico mundial. A su vez, las actividades de Wagner, vienen frecuentemente acompañadas de suculentos contratos para la extracción de minerales, de vital importancia para la economía rusa.

Vladimir Putin con diversos líderes africanos en la cumbre Rusia-África celebrada en Sochi en 2019.

Además, la influencia rusa en la seguridad del continente tiene su contrapartida en la  pérdida de esta por otros actores, especialmente Francia. En la oleada de golpes de Estado del último año, ha sido frecuente la imagen de manifestaciones de apoyo a los militares en las que se enarbolaban banderas rusas y la francesa era quemada y pisoteada. En Mali, las nuevas autoridades han mostrado una clara beligerancia hacia Francia, ejemplificada en la retirada progresiva de sus tropas del país saheliano, acrecentando allí la presencia rusa y convirtiéndose en ejemplo para el resto de la región. En los últimos días, las autoridades malienses han mostrado su preocupación de que la guerra en Ucrania derive en una perdida del apoyo militar ruso, y una delegación de este país ha viajado recientemente a Moscú, donde han recibido plenas garantías de que Rusia continuará apoyando a Mali en su lucha contra el yihadismo.

Los yacimientos africanos como alternativa al gas ruso

Pero si hay un factor que ha centrado la atención mediática de la actual guerra en Ucrania, este es el sector energético. El alza de precios de gas y petróleo, y una posible disminución del suministro, afectará también de forma determinante a África, pero para ciertos países puede convertirse en una oportunidad. I es que la Unión Europea depende de las importaciones de hidrocarburos rusas (aproximadamente el 40% del gas natural y el 27% del petróleo), y, Frans Timmermans, jefe de política climática de la UE, afirmó recientemente que están dispuestos a hacer un esfuerzo para que su dependencia de Rusia disminuya en al menos dos tercios a finales de años.

Esta gigantesca transformación en la política de importación de energía, pasa irremediablemente por una diversificación del suministro, y, para ello, las miradas de muchos países europeos se han centrado en África. Sin embargo, solo Argelia y, en parte, Nigeria, cuentan actualmente con las infraestructuras necesarias para una exportación significativa de gas a Europa. El primer país, asimismo, ya ha anunciado que en un presente cercano no cuenta con la capacidad de substituir las enormes cantidades de gas ruso que abastecen el continente europeo. Aun así, Argelia, que ya exporta gran parte de su gas a Europa, se ha comprometido a duplicar su producción en los próximos cinco años.

Por tanto, las posibilidades europeas pasan por invertir grandes cantidades de dinero en mejorar las capacidades productivas de ciertos países. Algunos como Mozambique, Tanzania, Guinea Ecuatorial o Senegal cuentan con grandes reservas en su subsuelo, pero no reciben la inversión necesaria para extraerlas. En este contexto, grandes empresas europeas y norteamericanas llevan años posicionándose en el continente e invirtiendo grandes sumas para hacerse con el control de los yacimientos. 

Es el caso, por ejemplo, de la francesa Total, quien ha anunciado recientemente la construcción de un gran oleoducto junto a una petrolera china para extraer petróleo en Uganda y trasladarlo a puertos tanzanos, o los gigantescos proyectos de extracción de gas licuado en Mozambique, parcialmente paralizados por los ataques yihadistas en la provincia de Cabo Delgado. Otras como la británica Shell llevan años explotando el subsuelo del delta del Níger, siendo a su vez la causa de diversos desastres medioambientales.

Pero si existe un proyecto considerado clave para el abastecimiento europeo, este es la construcción del llamado “gaseoducto transahariano”. A finales de febrero, Nigeria, Níger y Nigeria anunciaron la construcción de este enorme gaseducto de más de 4.000 kilómetros que unirá la ciudad nigeriana de Warri con el campo gasístico de Hassi R’Mel, en Argelia, considerado uno de los más grandes del mundo. Desde allí, deberá trasladarse a Europa, donde se prevé que lleguen 30.000 millones de metros cúbicos anuales de gas.

Mapa con algunos de los principales yacimientos de hidrocarburos del continente y su afectación en algunas reservas naturales.

Está por ver si estos proyectos energéticos tienen un efecto real en la economía de la población africana, o si, como ya ha pasado históricamente, sus beneficios repercuten únicamente en las elites de estos países y en las cuentas de grandes empresas europeas. Sin embargo, donde no hay duda de que sentirán las consecuencias del conflicto, es en la subida de los precios energéticos, provocando una grave inflación que repercutirá en los precios de otras materias o en la imposibilidad transportar-las. También cabe señalar la oposición de parte de la población africana en convertir su territorio en el “hub” energético europeo, conscientes de las consecuencias ecológicas que conlleva o de la expulsión de su población originaria.

Crisis alimenticia agravada por la guerra

Pero si la guerra en Ucrania puede ser, en parte, una oportunidad para ciertos gobiernos africanos en materia energética, la crisis alimentaria que esta puede producir repercutirá directamente en su población. Una asfixia económica de Rusia, junto a la pérdida de la capacidad productiva y de exportación en Ucrania, pueden poner en serios problemas de abastecimiento a diversos países de África.

Especialmente preocupante es la situación en el norte del continente. Egipto, Túnez, Argelia y Libia importan más de la mitad de los cereales que consumen, y sus mayores proveedores son precisamente Ucrania y Rusia. En el caso egipcio, las importaciones de trigo dependen en un 85% de estos países. En el caso de Argelia, las malas relaciones con Francia provocaron una gran disminución del grano que recibía de este país, dependiendo desde entonces de las importaciones rusas. A todo esto, se le suma que el último año ha sido especialmente seco, y que el pan es un elemento vital de la cultura alimenticia de estos países.

El total de importaciones africanas de productos alimenticios rusos era de aproximadamente 4.000 millones de dólares en 2020, de los que un 90% eran cereales y el resto aceite de girasol y otros productos. En el caso de Ucrania se calcula en 2300 millones, ofreciendo porcentajes similares. Además de los citados en el norte de África, otros como Sudan, Nigeria, Tanzania o Kenia se encuentran entre los máximos importadores.

Es cierto que un aumento de los precios puede derivar en mayores beneficios para los agricultores africanos, pero no es menos cierto que la interrupción de la cadena de suministros y un alza de precios repercutirán en el conjunto de la población que puede verse incapacitada para adquirir productos básicos. Cabe recordar que el precio de los alimentos fue uno de los múltiples motivos que desencadenaron las primaveras árabes en 2011 y, más recientemente, la revolución que derrocó al dictador sudanés Omar al-Bashir tuvo su origen en el fuerte aumento del precio del pan.

La guerra en Ucrania llega además en el peor momento. Antes la entrada de tropas rusas en Ucrania, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) ya alertaba que el Índice de precios de los alimentos, que calcula la variación mensual de los precios internacionales de la cesta básica, se encontraba en máximos históricos. La sequía en territorios productores como América Latina o Indonesia, y el aumento de la demanda en países con grandes poblaciones como China o la India, son algunos de los motivos del encarecimiento, pero el hecho de que Rusia y Ucrania se encuentren entre los máximos exportadores alimenticios del planeta, no ha hecho más que agravar la situación, provocando desde febrero una subida imparable de los precios.

Manifestantes sudaneses durante la “revuelta del pan” que acabaría con el régimen de Omar al-Bashir. Fuente: AP Images

Además, en informes recientes de la FAO ya se alertaba de una grave crisis de seguridad alimentaria en diversos países africanos, causante de severas hambrunas en un futuro cercano. Entre las causas se encuentra la grave sequía que padecen territorios como el Cuerno de África y, en países como Etiopia o Sudan, esta situación se ve seriamente agravada por los conflictos internos. A esto se le suma que proyectos como el Programa Mundial de Alimentos de la ONU, ya ha anunciado que los elevados precios derivados de la guerra están dificultando sobremanera su trabajo y alerta de que el mundo “se enfrenta a un año de hambre sin precedentes”

Por todo lo expuesto, no cabe duda de que las consecuencias de la guerra en Ucrania serán también determinantes en África. Desde hace décadas, las grandes potencias mundiales se posicionan en el continente, que ha pasado a jugar un papel crucial en el tablero geopolítico. Sus inmensas reservas de hidrocarburos, muchas de ellas sin explotar, pueden convertirse en el salvavidas europeo para dejar de depender de Rusia, quien, por su parte, hace tiempo que intenta ganar influencia en el continente. Sin embargo, África sigue siendo muy vulnerable a las fluctuaciones alimenticias, y la crisis derivada de la guerra en Ucrania debería servir para centrar los mayores esfuerzos en asegurar su autoabastecimiento.


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