
Estados Unidos, uno de los países más extensos y poblados del planeta, es descrito comúnmente como la primera potencia mundial. Nacida al abrigo de una de las primeras revoluciones liberales, la nación estadounidense ha jugado desde entonces un papel clave en la historia del mundo occidental. Tras la victoria de las Trece Colonias en la Guerra de Independencia y la ratificación de la Constitución de Estados Unidos, el país fue extendiéndose hacia el oeste de Norteamérica.
La creciente división entre los estados sureños y norteños condujo a la secesión de los primeros, lo que resultó en una guerra civil (1861-1865), que se saldó con la victoria de los estados septentrionales, la permanencia de la Unión y la abolición de la esclavitud a nivel nacional. A partir de ese momento, se asentaron definitivamente las dos formaciones que desde entonces dominarían la escena política estadounidense: el Partido Demócrata y el Partido Republicano, cuyas bases ideológicas y de apoyo electoral, no obstante, sufrirán diversas transformaciones hasta la actualidad.
Favorecido por el auge de la Revolución industrial y la inmigración europea, Estados Unidos fue consolidándose como una gran potencia económica. Su papel en la victoria del bando aliado en la Gran Guerra (1914-1918) impulsó su ascenso como potencia. Sin embargo, el crack del 29 desató una profunda depresión económica. Para combatirla, el presidente demócrata Franklin D. Roosevelt llevó a cabo una política fuertemente intervencionista que bautizó como el New Deal.
Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945, marcado por la derrota del Eje y el declive de los antiguos imperios europeos, Estados Unidos se convirtió en superpotencia y hegemón del mundo occidental en un nuevo orden geopolítico bipolar dominado por su rivalidad con la Unión Soviética, líder del bloque socialista. A lo largo de la subsiguiente Guerra Fría, ambos se enfrentaron indirectamente por la supremacía mundial, tratando de ampliar sus esferas de influencia y alcanzar el liderazgo económico, político, cultural e ideológico.
En el plano interno, el crecimiento económico posterior a la Segunda Guerra Mundial dio lugar al éxodo rural y a la expansión de la clase media, estimulada por el desarrollo de las políticas del New Deal, que continuaron vigentes hasta que, con la crisis del petróleo de 1973, la victoria de Ronald Reagan en las elecciones de 1980 engendró un nuevo consenso neoliberal. Unos años antes, en 1968, el Movimiento por los Derechos Civiles había logrado el fin de la segregación racial que aún se aplicaba en algunos estados sureños, lo que se tradujo en el realineamiento ideológico de las bases electorales demócratas y republicanas.
La caída del bloque socialista y la disolución de la Unión Soviética en 1991 dio paso a un período de dominio absoluto de Estados Unidos, que emergió de su victoria en la Guerra Fría como la única superpotencia global. No obstante, las primeras décadas del siglo XXI han alumbrado el surgimiento de un nuevo orden geopolítico de carácter multipolar, mientras que el sistema construido por Washington tras la Segunda Guerra Mundial ha dado muestras de empezar a resquebrajarse.
En este contexto, Estados Unidos se ha visto sumido en una profunda crisis de identidad que ha espoleado la polarización social y el aumento de las tensiones ideológicas y raciales. La llegada al poder de Donald Trump en 2016, partidario de una política populista y proteccionista que suponía una ruptura con los consensos vigentes en Washington hasta la fecha, supuso uno de los mayores shocks electorales que se recuerdan en la política mundial.
Aunque muchos auguraron la desaparición del movimiento trumpista con su derrota en 2020, acontecimientos posteriores como el asalto al Capitolio en 2021 o su nuevo triunfo en las primarias republicanas de 2024 parecen indicar que continuará condicionando la política estadounidense, y que lo que suceda en las elecciones de noviembre de 2024 puede determinar por completo el futuro del país y, por extensión, el del mundo occidental.
Para entender los resultados de las próximas elecciones, será necesario prestar atención a los movimientos y transformaciones sociodemográficas que se han producido en el interior de los distintos estados, pues, en un país tan diverso como Estados Unidos, las diferencias entre sus distintas áreas geográficas juegan un papel esencial para explicar los hitos que han marcado su historia.
En la actualidad, Estados Unidos continúa siendo un actor clave en la política mundial y, pese al auge de nuevos rivales que aspiran a arrebatarle la hegemonía –como China–, sigue siendo la principal potencia económica, militar e industrial del mundo. Seguramente, no ha habido en la historia otro país que, sin necesidad de dominar territorialmente otras naciones, haya sido capaz de ejercer tal grado de dominio ideológico, gracias a sus estrategias de imperialismo cultural y soft power.
Sin embargo, sus profundas divisiones internas y el sentimiento de declive que muchos estadounidenses perciben ha dado lugar al surgimiento de dos visiones contrapuestas de la identidad nacional, que se enfrentarán, por tercera vez consecutiva, en las elecciones del 5 de noviembre de 2024. La victoria de uno u otro candidato dirimirá el porvenir del país en los próximos años y la evolución del orden geopolítico actual, enfrentado a múltiples conflictos –guerra de Ucrania, conflicto palestino-israelí, enfrentamiento entre China y Occidente– en cuyo devenir la posición de Estados Unidos jugará un papel fundamental.
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