Protestas históricas en el Líbano: hablemos de revolución

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El jueves 17 de octubre, a las 18 horas, el gobierno libanés anunció la imposición de un nuevo impuesto que pasará a la historia como el impuesto al Whatsapp. A raíz del anuncio, empezaron las que son ya consideradas, mayores protestas en la historia del país desde su independencia de Francia en 1943.

Lo que empezó siendo la anarquía en su estado más puro (yo mismo estuve a punto de ser linchado, ya que un grupo de manifestantes me acusó de ser de la C.I.A), con la quema de edificios, barricadas ardiendo por todas las calles, y el destrozo de todo aquello que pudiera arder o romperse, ha ido transformándose en toda una lección de revolución pacífica para el mundo.

Foto: Jaime Rufino Campos

Aunque la mayoría de los medios de comunicación hablan de la revolución del whatsapp, ya que fue el hecho que hizo prender la mecha de las protestas, hay muchos otros factores que pueden explicarnos como se ha llegado a esta situación, y porqué los libaneses en las calles piden la dimisión de todos y cada uno de los miembros del actual gobierno, al grito de Thawra (revolución).

Impuesto al whatsapp: el preludio del desastre

Para muchas personas, puede ser difícil de entender que la mayor parte de la población de un país se una, y se eche a las calles, para pedir la dimisión de un gobierno porque decida establecer un impuesto a los servicios de llamadas por internet, tales como el Whatsapp, Facebook Messenger y Facetime, de 6$ al mes; pero ¿y si solo existen dos empresas telefónicas en todo el país, y una tarifa telefónica costase 25$ al mes de media?.

Esto puede no parecer tan grave, pero hablaríamos de 33$ de media al mes en un país como el Líbano, donde el sueldo mínimo es de 675,000 libras libanesas (450$) al mes, y donde, según el Banco Mundial, más del 70% de la población gana menos de 10,000$ al año (833$ al mes). Esto supondría destinar el 7,33% del sueldo mensual únicamente en la tarifa de teléfono, por lo que para muchos libaneses, el impuesto al WhatsApp supuso una demostración de que los políticos viven en una realidad completamente distinta a la del pueblo.

El conocido como milagro libanés, va difiriendo cada vez más de la situación que vive el país, y sus habitantes, habiéndose convertido en uno de los países con mayor índice de desigualdad del mundo. Según un estudio publicado en 2017 por el UNPD (Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas), el Líbano sufre una enorme desigualdad: Índice GINI de 50.7 (se mide de 0 a 100, siendo 0 perfecta igualdad, y 100 desigualdad total), ocupando el puesto 129 de un total de 141 países analizados.

Con una población de unos 6 millones de personas, este diminuto país alberga 2 millones de refugiados, entre palestinos y sirios (1 de cada 3 personas), y las precarias condiciones en las que se encuentra el país, refleja cómo el  27% de la población libanesa vive bajo el umbral de la pobreza.

A todo esto hay que añadirle el sentimiento de hastío por la clase política (en su mayoría los mismos desde el fin de la guerra civil en el 1990) que invade a la mayoría de los libaneses, ya bien por la incapacidad de estos de hacer frente a la gravísima crisis económica en la que lleva sumida la nación en los últimos años, o por las altísimas tasas de corrupción de la que los gobernantes “gozan”. Un buen, y cercano, ejemplo en el tiempo, fue la revelación de unos pagos por un total de 16 millones de $ por parte de Saad Hariri (Primer Ministro del país) a una modelo sudafricana con la que se dice tenía un romance.

En un estudio publicado por la consultora McKinsey en 2018 a petición del propio gobierno libanés, se reflejaron unos datos estremecedores, con una estimación del coste anual de la corrupción a las arcas del Estado libanés rondando los 4.8 billones de $ anuales.

Una utopía hecha realidad: Protestas bajo una misma bandera

Imagen que refleja la realidad del país: imán suní (izqda.), cura católico (centro) e imán druso (centro) con la bandera del país detrás / Foto: Jaime Rufino Campos

Estos 14 días de protestas han llevado al país a superar -aparentemente- una de las mayores lacras desde su nacimiento como Estado: la polarización social. Desde la capital Beirut, pasando por todos los rincones del país, la bandera del cedro ha inundado las calles y avenidas. Por primera vez en años, los libaneses parecen estar olvidando sus diferentes banderas e ideologías en casa, y se agrupan bajo una sola bandera, y un mismo himno.

A pesar de no tener ningún líder, algo en lo que parecen estar de acuerdo la gran mayoría de manifestantes a los que tuvimos la oportunidad de preguntar, es que están cansados de divisiones internas, de la corrupción de los políticos, y de que la política del país se haya construido entorno a la religión.

Videos explicativos del sistema político:

https://www.youtube.com/watch?v=3KWyBlzJhtg (55s)

https://www.youtube.com/watch?v=7Eh2DNWG1b8 (4 mns)

Dicha característica es algo que se consideraba intrínseco en el país, donde conviven 18 religiones, y en base a las mismas se reparten los puestos dentro del gobierno (lleva así desde 1990). Es necesario destacar que el último censo poblacional se realizó en 1932, con un total de 875,000 habitantes, siendo el cristianismo la mayor rama con un 52% de la población (por ello el presidente es Cristiano Maronita).

Además, en tu documento nacional de identidad, se indica a qué religión perteneces, estando obligado a votar a los candidatos pertenecientes a esta, y sin posibilidad de cambiar/renunciar a ella.

Una olla en ebullición

Tras el estallido de las protestas el 17, y en vistas de su magnitud, Hariri se dirigió a la nación al día siguiente, dando un ultimátum de 72 horas al resto de ministros que según sus palabras “estaban impidiendo las reformas contra la austeridad” que solicitaba el pueblo, amenazando con dimitir si no se presentaban soluciones convincentes pasadas dichas horas.

Tras la expiración del ultimátum, Hariri volvió a dirigirse al pueblo con una serie de medidas que aunque buscaban apaciguarlo, provocaron un mayor descontento entre los manifestantes, que veían como sus demandas de ver a los 30 miembros del gobierno ceder no se hacían realidad.

A partir del segundo día, las protestas estaban siendo un reflejo de la posibilidad de conseguir cambios mediante la paz. Con unos 2 millones de personas en las calles, el país se encontraba totalmente paralizado, ya que los manifestantes estaban cortando carreteras, e inundando las grandes plazas. Escenarios con DJ´s, camionetas con gente subida a lo alto bailando, plazas repletas de tiendas, y encuentros para debatir acerca de la situación actual, y el futuro del país, eran la estampa de estos días en Beirut. Mientras todo esto ocurría, y se respiraba felicidad en el ambiente, la policía se mantenía rodeando el palacio presidencial sin cargar contra los manifestantes, salvo cuando algunos hacían el ademán de querer pasar el cordón policial, lo que se vio reflejado en lanzamiento de gas lacrimógeno contra los mismos.

Ocho días habían pasado, y Nasrallah (líder del Hezbolá o Partido de Dios) había aparecido una única vez en televisión desde el estallido de las revueltas, sin llegar a calar entre la población, sorprendida de sus casi inexistentes apariciones en estos días. Todo concurría pacíficamente en la gran mayoría del país, salvo por casos violentos en ciudades como Trípoli (con varios muertos) hasta que llegó el noveno día de las protestas, y con ello una nueva aparición de Nasrallah. Dicha aparición ha supuesto un punto de inflexión en las protestas, porque aunque en un principio condenó la violencia y pidió la retirada de sus miles de seguidores de las mismas (apoyando al gobierno), después estos se vieron arengados, y pasaron a atacar a los manifestantes, reporteros o cámaras, destrozando toda estructura hecha para las protestas que se encontraban a su paso.

Como consecuencia, el ambiente se encuentra cada vez más enturbiado, y la violencia se ha vuelto a disparar por todo el país, con graves enfrentamientos entre diferentes facciones, y contra los manifestantes.

Niebla en el horizonte

Con una situación insostenible a nivel gubernamental, y con las sirenas avisando de un corralito a la vuelta de la esquina, con ATM´s vacías, y gente empezando a hacer colas durante horas para poder sacar únicamente LBPs (libras libanesas), una moneda cada vez más devaluada frente a su paridad con el dólar (solía ser 1500 LBPs: 1 Dólar), el Primer Ministro Saad Hariri decidió presentar su renuncia el 29 de Octubre.

Cuando parecía que esto había calmado a los manifestantes, ya que el número había disminuido drásticamente tras la renuncia, y las principales universidades anunciando el regreso a las clases tras 2 semanas cerradas, la violencia de Hezbolá, y la aparente negación a dejar el cargo por parte del presidente Michel Aoun (84 años. Su discurso tuvo que ser emitido en diferido, se rumorea que se quedaba dormido cada minuto.), y la verdadera mano fuerte, y figura más odiada del gobierno, Gebran Bassil(ministro de Asuntos Exteriores e Inmigración. Casado con una hija de Aoun), han provocado que los manifestantes vuelvan a salir a las calles cortando las carreteras del país, y con una rabia muy palpable.

El Líbano es uno de los países más difíciles de comprender del mundo, y a día de hoy, se encuentra en un terreno que no sonaba familiar desde el estallido de la guerra civil que asoló el país en 1975. La población está cansada, y cada vez más enfurecida, aunque a su vez asustada. No hay apenas esperanza en un cambio real, y los datos económicos derivados de las protestas no dan lugar a ningún tipo de alegría: según datos del FMI, el Líbano tiene la tercera deuda pública externa más alta del mundo, valorada en 86,2 billones de dólares, o lo que es igual, un 152% de su PIB (solo por detrás de Japón y Grecia).

Estas protestas marcarán un punto de inflexión en la historia del país, aunque la incertidumbre no puede ser mayor. O hay un cambio de unas magnitudes desconocidas en el país hasta el día de hoy, o el futuro se tornará aun más gris para este velero a la deriva.

La metáfora del país, y el pueblo a cuestas con él / Foto: Jaime Rufino Campos
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