Introducción a la cuestión naxalita

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El objetivo de este artículo es analizar el nacimiento y las cuestiones claves del desarrollo de los grupos denominados como “naxalitas”, que deberían ser objeto de mayor atención. El texto ofrece una visión general que proporcionará una base en castellano a posteriores investigaciones, así como una introducción pormenorizada que sirva de resumen a un público general.

Introducción y desarrollo del movimiento

Para comenzar, debemos ubicarnos en la compleja situación del país indio. Este está moldeado por el criterio religioso, con una hostil relación con Pakistán y enfrentada al titán de la región, China, desde la guerra en 1962. El cerrado y hermético sistema social de las castas se añade a la pauperización del campo respecto a la ciudad, lo que origina unos desequilibrios muy fuertes con los que es difícil lidiar, así como la propia división territorial, con fortísimas competencias para cada región, lo que dificulta que la aplicación de las medidas tomadas desde el gobierno central se tomen con homogeneidad y coherencia. Esta misma división de competencias impidió -hasta la operación “Green Hunt”, de la que hablaremos más adelante- la colaboración de fuerzas del ejército y policiales a los niveles que hubieran necesitado para detener a la marea naxalita. La corrupción endémica de algunas zonas como Bihar y el bajo nivel de vida de sus habitantes han favorecido un terreno de cultivo perfecto para que estos grupos busquen una mejora de la calidad de vida en muchos sentidos; objetivos que se difuminan con el alcance del socialismo y el triunfo final del comunismo, al menos en su teoría.

Áreas de influencia naxalita en 2016

Origen y composición ideológica

Los naxalitas no son un grupo uniforme en absoluto. Se compone de al menos una treintena de células, pero todas atribuyen su origen al CPI (ML). Asghar Ali Shad propone citar la revuelta de Talangana de 1946 como un preaviso de lo que podrían ser los naxalitas. Los elementos que hicieron de este movimiento un “susto” son los mismos que han hecho de ellos un verdadero problema para el estado indio. Su origen está en el movimiento de Talangana definido por el CPI en 1948 en el “Manifiesto de Andhra Pradesh”, así como en el posterior movimiento del citado CPI (ML) y escisiones posteriores de relativa importancia entre los naxalitas, que se basan en gran medida en el modelo de “Nueva Democracia” propugnado por Mao. De actualidad en aquel momento tanto para China como para India, este movimiento propugnaba la liberación de las cadenas feudales, tanto económicas y productivas como sociales, mediante la revolución armada campesina (apoyada, según el caso, por los obreros). Por el camino, los individuos se forjarían tanto en el campo de batalla como en la teoría y el estudio, considerados imprescindibles para que las clases bajas alcanzasen un auténtico poder. Pero en esta época llegó un momento de debilidad, pues cuando finalmente la rebelión fue aplastada en 1951, Stalin en persona recomendó abandonar la violencia revolucionaria e integrarse en el sistema parlamentario democrático burgués, lo que implicaba prácticamente una traición a los campesinos que, no compartiendo las tesis marxistas más ortodoxas, habían juntado sus fuerzas para conseguir una mejora de la vida común.

La frustración estalló de nuevo en Andhra Pradesh, y un grupo de comunistas decepcionados fundó el Girijan Sangham en Skrikakulam,3 que durante un tiempo sería coetáneo a los naxalitas. En el bosque profundo proclamaron “zonas liberadas”, comenzaron a recolectar impuestos y a exterminar de forma sistemática a los señores feudales, copiando los modelos de juicios populares de la China revolucionaria. Con igual dureza fueron aplastados durante los años 70, sin dejar rastro, y coincidiendo con uno de los momentos bajos de los naxalitas.

Nacimiento, avances, y lucha contra el gobierno – desde 1967 hasta 1972

Pero las consecuencias de las actuaciones de la URSS no se limitaron al Girijan Sangham. Un solo año después, Malenkov proclamaba que no tenían ninguna intención de “exportar la revolución” al resto de países, como se había dicho siempre desde la ortodoxia. La apuesta de Stalin por el “socialismo en un solo país” había ido hasta el final. Esto contradecía las doctrinas maoístas, que señalaban la importancia de la expansión y el contagio, especialmente en las zonas rurales y campesinas. Las diferencias llegaron al máximo soportable cuando estalló la guerra con China y la URSS se mantuvo neutral. Apoyar a la China comunista o a la India (en sus cabezas, prerrevolucionaria) era una difícil decisión para un miembro del partido que siguiera la línea marcada por los soviéticos; así, la mayoría de cabecillas y jefes “viejos” se mantuvieron en el CPI, mientras que la mayoría de jóvenes se escindieron en el Partido Comunista de India (Marxista-Leninista).

El CPI-ML surge después de que el Partido Comunista Indio (CPI) se haya dividido en numerosas facciones en el mismo año 1967. Mazumdar, que fue un cargo de rango medio en el CPI-ML, adquirió gran popularidad. Argumentó que las tesis maoístas eran el camino a seguir, y que el pueblo indio había sido traicionado por los revisionistas que seguían a pies juntillas las directrices soviéticas. Declaró que la revolución tendría que venir de los campos, no de las ciudades, considerando que India estaba en un estadio “semi-feudal, semi-colonial”, y trasladó su campo de acción al terreno rural. Las demandas principales que podrían definir a la mayoría de naxalitas serían:

  • Redistribución agraria
  • Redistribución de las zonas boscosas
  • Establecimiento de salarios y condiciones mínimas de trabajo
  • Igualdad, en un país en el que aún pesan no sólo los prejuicios de clase, sino además los privilegios de casta
  • Derecho de autodeterminación en ciertas áreas
  • Mejora del estatus de la mujer

La tensión tiene un origen poco ligeramente controvertido. El ICP perdió la región de Bengala Oriental, y como parte de la coalición ganadora, el CPI obtuvo el ministerio de interior (“Home Ministry”) para Jyoti Basu, y el ministerio de agricultura (“Land Revenue”) para H.P. Konar, encargado, entre otras cosas, de la reclamada reforma agraria. Algunos han querido ver en Mazumdar una influencia de las teorías foquistas,3 puesto que proclamaba abiertamente que no había necesidad de organizar ningún partido de masas, porque el pueblo estaba ya listo en realidad para tomar el poder, y lo único que hacía falta era “una chispa.” La revolución por la violencia era para él, además, innegociable, y un paso absolutamente necesario para la transición al socialismo. En este contexto, se ha tendido a mitificar la rebelión de Naxalbari que dio nombre a los naxalitas, y la retórica agresiva de Mazumdar ha contribuido a ello.4 En 1967, Mazumdar comenzó una rebelión contra los excesos de un gran terrateniente de la zona. Tal y como lo cuenta Ranjeet Gupta, jefe de policía de la época y miembro del Consejo Nacional de Seguridad del Primer Ministro (2009), ese día hubo noticias de saqueos de comida y armas de los almacenes de los terratenientes.5 Cuando la policía llegó, fue recibida con flechas hasta que fueron repelidos. Naxalbari estaba en el territorio bajo la administración de Bengala Oriental del CPI, lo que le dejaba en una situación muy comprometida que no manejó con soltura. La tibieza al principio les permitió hacerse fuertes y reclutar individuos afines, animados por la inacción estatal. Es interesante analizar la composición social de los primeros naxalitas, muy distinta a la que encontraremos dos décadas después. Un 78% tendrían menos de 30, y una sorprendente mayoría (65%) provendría, de hecho, de las castas altas, con un 41% de educación superior y menos de un 20% de analfabetos.6 Con la dirección de Mazumdar, se emprendió un “regreso al campo”, que pretendía, de forma similar a otras experiencias socialistas, crear una simbiosis y alianza entre campo y estudiantes, aprendiendo mutuamente el uno de otro y estableciendo lazos de solidaridad de clase.

Nada más lejos de lo que consiguió. En la mayoría de las zonas rurales no reunieron prácticamente apoyo, y de hecho, no se habían preocupado en exceso por ello. Mazumdar daba por hecho que la sociedad india estaba lista para el cambio, y que las acciones espontáneas en diversos puntos colmarían finalmente el vaso. Pero otra de sus tesis implicaba evitar la mejora de las condiciones de vida de las clases dominadas hasta que llegase la revolución, a fin de evitar su “aburguesamiento.” Obviamente, este mensaje no podía calar entre los campesinos y clases rurales, ahogados ya por la penuria económica y la desasistencia del gobierno. Las acciones policiales, pese a su relativa inefectividad, fueron mermando poco a poco la capacidad de acción de los naxalitas, que no encontraban refugio entre la población local. Los lazos de clientelismo entre clases y castas estaban mucho más sólidamente afianzados de lo que Mazumdar y los dirigentes intelectuales del CPI-ML habían creído.

En julios de 1972 Mazumdar fue capturado por la policía en Calcuta y murió bajo custodia policial, con su cuerpo mostrando signos de tortura y maltrato. Esto implicó un auténtico estallido en lo que quedaba del partido, que empezó a dividirse en numerosos grupos enfrentados entre sí por las tesis maoístas. Estos grupos, al final más de 40, se dividieron y repartieron por las zonas rurales, pasando a una mayor clandestinidad. Desde esta posición descentralizada y heterogénea, el movimiento se encontraba en una posición mucho mas favorable para atraer las voluntades de los habitantes de las zonas rurales.

Avances y retrocesos – desde 1972 hasta la actualidad

Desde este momento, los grupos naxalitas comienzan una multitud de tácticas divergentes que consiguen enraizarse adecuadamente con las estructuras tribales locales, especialmente en las zonas del noreste de India.

Bajas anuales en la policía.

Del periodo 67-72 aprendieron que tenían que desarrollar una base de apoyo entre la población, coherente y acorde con la teoría y la práctica a desarrollar. Mazumdar había obviado muchas de las condiciones reales del país, adecuándolo a los supuestos teóricos maoístas que no encajaban con la situación. El movimiento se dividió en muchísimos fragmentos, que se esparcieron por el territorio rural huyendo del estado y estableciéndose en remotos parajes de difícil acceso, o permaneciendo durante años o décadas como nómadas. Desde los 70 hasta principios de los 2000, su número fue mermando significativamente hasta que apenas pudiera considerarse amenaza alguna.

En algunas zonas desde finales de los años 90, y en general en todo el territorio indio hasta 2004, los naxalitas fueron adquiriendo cada vez más influencia, militancia y capacidad operativa; pero también se han ganado una imagen más benévola y positiva por los intelectuales, tanto del propio país como de los adyacentes, así como de los movimientos comunistas, antiglobalización. Para esta buena imagen ha contribuido irónicamente la creación de grupos paramilitares por parte del gobierno indio, siendo Salwa Judum,1 en Chhattisgarh, la más importante de todas por su negativo impacto mediático. En principio, un movimiento campesino de unos 32.000 efectivos integrado por los granjeros afectados por las actividades maoístas, rápidamente obtuvo facilidades legales de parte del estado, además de una importante cantidad de armas. Pese a que la prensa inicialmente lo presentaba como un efectivo movimiento contra el terrorismo, pronto sus actividades les granjearon no sólo una pésima fama, sino una mejor posición política a los naxalitas. Estudios realizados por varias organizaciones por los DD.HH. contabilizaron multitud de crímenes contra la población civil, entre los que figuran el desplazamiento forzoso de 420 pueblos, el asesinato de 250 personas en la región de Bastar, además de rapiñas y violaciones. En 2011 el grupo fue oficialmente prohibido.

Combatientes de Salwa Judum en una instrucción.

El MCC (“Maoist Communist Center”, agrupación de maoístas al margen del CPI-ML), comenzó su ascenso de forma espectacular especialmente a partir de 2004. Dos años después, Judith Vidhal contaba alrededor de 15.000 guerrilleros en activo tomando el control del 45% del bosque de India y con una influencia significativa o absoluta en 160 de los 604 distritos. Así, hacia 2007 los naxalitas habían conseguido establecer el llamado “Corredor rojo”, visible en el mapa (debajo), en el que prácticamente habían logrado organizar una estructura estatal paralela a la india. 4

Corredor rojo de la India.

Según los datos del gobierno, hasta 40 grupos rebeldes han llegado a operar a la vez en la zona. Todos los analistas coinciden en considerar la situación económica depauperada de la zona como el elemento clave del éxito de los maoístas. Precisamente las regiones del Corredor Rojo se corresponden a las más pobres de India, habitadas en su mayoría por castas inferiores (dalits) y grupos tribales marginados (adivasis.) El 60% de la población tiene un IMC inferior a 18’5, y la OMS establece en sus parámetros que una zona debe considerarse en hambruna si las personas en esta situación alcanzan un tercio del total. 2 Todo esto ha de tenerse en cuenta a la hora de analizar el éxito de estos grupos.

El enorme número de grupos proporciona una amplia oferta política dentro del marco ideológico comunista, con acciones y propuestas favorables a multitud de grupos sociales cuyos intereses tradicionalmente contrapuestos impedían su unión bajo un único estandarte. Además, la mayoría de los líderes han desarrollado un carisma muy fuerte y establecido verdaderos lazos de comunidad con las sociedades indígenas. Pese a su procedencia urbana y sus estudios superiores, han conseguido establecer una mentalidad colectiva con un concepto particular de “clase” adaptado a su contexto. Las barreras lingüísticas, culturales y religiosas, de la poliforme India, han sido tradicionalmente un impedimento para la agrupación de personas en torno al criterio económico, pero respondiendo con flexibilidad a las necesidades de las distintas comunidades locales, los grupos maoístas han conseguido ir ganando su voluntad y ayuda, el elemento clave para la supervivencia de una guerrilla. El territorio por el que los maoístas han desarrollado su influencia, además, es de difícil acceso, escarpado, por lo general con una vegetación selvática muy densa que dificulta las incursiones policiales a gran escala y que favorece la ocultación de los guerrilleros, siguiendo las tácticas ya probadas por otros grupos en el pasado en entornos similares. La movilidad y estilo de vida casi nómada de la mayoría de ellos en una constante huida de las fuerzas del estado estimulan además las relaciones entre los distintos grupos, que pese a ser un número tan elevado, tienen relativamente poca divergencia ideológica entre ellos, encuadrándose casi todos en el maoísmo, a saber por la poca información que se puede extraer de las fuentes oficiales – tanto del gobierno indio como de las principales agrupaciones naxalitas actuales, el PWG, brazo armado del CPI-ML, y el MCC, que emergió con fuerza en el sur a partir del “Deccan Desh Group.”


Soldado del Partido Comunista de la India (Maoista) en Bhanupratapur, en el centro-oeste de India // Namas Bhojani for The New York Times

A finales de 2009 y principios de 2010, el gobierno central decidió contraatacar de manera firme. Se lanzó la operación “Green Hunt”, cuyo objetivo era formar unas fuerzas especialmente preparadas para acabar con la insurgencia, superando las distintas barreras legales y de competencias entre los distintos estados indios lo que había dificultado enormemente la cooperación en el pasado. Las cifras varían mucho según las fuentes, pero se estima que se reclutaron entre 60.000 y 20.000 fuerzas paramilitares, que serían entrenadas acorde a los parámetros del ejército. Se hicieron partidas especiales de presupuesto para la lucha contra los maoístas además de 384 millones de euros para 2010 – 2011 y 460 millones para 2011 – 2012. Los naxalitas reaccionaron con un repunte de la violencia y del reclutamiento, alcanzando los 20.000 soldados armados y 50.000 colaboradores activos entre los civiles, según estimaciones. Las primeras incursiones contra los guerrilleros en las zonas de Chhattisgahr y Marashtra se saldaron con emboscadas y unas primeras humillaciones para el ejército del gobierno, que además de por paramilitares, estaba compuesto de regulares, policía local y policía estatal. Los naxalitas intentaron aprovechar la ventaja momentánea para ganar terreno, pero fueron repelidos con dureza, y contraatacados en la operación Monzón, que resultó en la muerte de dos de los líderes del CPI-ML, Cherukuri Rajkumar «Azad», el portavoz del partido, en agosto de 2010, y de Mallojula Koteswara Rao «Kishenji», el jefe militar, en noviembre de 2011. Al parecer, se inició desde entonces una reorganización radical, intentando funcionar como cohesionador de varios grupos naxalitas, pero manteniendo una estructura descentralizada, con nuevos líderes orientados a la práctica militar para hacer frente al desafío del gobierno. Se creó desde el estado la fuerza de contrainsurgencia COBRA (Combined Battalion for Resolute Action), dentro del cuerpo general de la CRPF (Counterinsurgency Force of the Central Reserve Police For­ce.) Desde entonces, los naxalitas han ido perdiendo terreno paulatinamente. Aunque inicialmente intensificaron el número de sus ataques, pronto se volvieron infructuosos y perdieron fuerza; especialmente a partir de 2014, momento en el que por primera vez en más de una década no causaron más de 100 bajas policiales. En este año se estimó también que el número total de fuerzas empleadas en su búsqueda era de unos 200.000 efectivos.6

Situación actual

La situación que han alcanzado los naxalitas es digna de análisis. Sus explicaciones se encuentran tanto en la coyuntura arriba expuesta, como en ciertos factores característicos que no se han dado en otros movimientos de esta índole, y que merecen ser revisados. Algunos analistas han señalado entre las causas la capacidad de los naxalitas de actuar en muchos frentes a la vez de forma independiente. Esto es derivado de una falta de partido líder absoluto, clave en la ortodoxia marxista, pero que en este caso se reveló ineficaz, con el ejemplo de 1972. De esta manera, sus ataques, concentrados especialmente en las vías de comunicación como trenes, secuestro de figuras políticas a cambio de rescates, etc, durante mucho tiempo no pudieron ser contrarrestados eficazmente. Además, la política india no favorece en absoluto la participación en la misma de ciertos estratos de la sociedad, precisamente aquellos en los que los naxalitas gozan de mayor influencia. Una corrupción endémica ha provocado la desilusión del electorado, que muestra simpatías hacia una estructura al margen del estado legítimo que lo boicotea y lo pone en evidencia. Un caso evidente es el de Bihar, en el que con 59 policías para cada 100.000 ciudadanos (130 de media en India) hace imposible actuar contra la expansión de los naxalitas. Se aumentó con medidas especiales el número de agentes en servicio, pero progresivamente se fueron reservsndo para la protección de un número cada vez mayor de personas VIP (hasta 20.000). La falta de voluntad política, junto a las propuestas naxalitas han fomentado un importante apoyo entre la ciudadanía. Sus acciones en contra del estado atraviesan todas las formas posibles: “Sentadas pacíficas”, huelgas, boicot, robo de alimentos a los terratenientes y armas a la policía, siega forzosa de las tierras de los campesinos ricos, formación de patrullas de seguridad ciudadanas y creación de grupos armados que guarden los puntos estratégicos. Además de obtener avances locales a un nivel que podríamos calificar de “sindical”, han conseguido incluso aumentar el carácter democrático de ciertos estados, en los cuales los “intocables” no tenían siquiera derecho a voto y los cristianos eran menospreciados. Esto es porque la influencia de los naxalitas mediante todas esas tácticas ha sido decisiva en muchos casos para su inclusión en el sistema político. Reforzando los ideales de equidad e igualdad, se ganan el respeto de las minorías oprimidas, sin cerrar la puerta a nadie.3 Al parecer, en zonas de mayor influencia naxalita estos son capaces de imponer un salario mínimo e incluso de regular el orden, documentándose menos casos de violaciones, robos y asesinatos allí donde tienen control. Incluso en algunos distritos de Gondia, Chandrapur y Garhcholi, los comerciantes locales pagaban los impuestos regularmente a las guerrillas; en algunas zonas, incluso la policía pagaba impuestos.4

Muertes en la guerra de los naxalitas contra el Estado Indio.

Conclusión

Como señalábamos en el punto anterior y se refleja en esta tabla, vemos cómo los grupos naxalitas han perdido influencia. Su éxito anterior se debe en gran medida a la estructura paralela al estado que han organizado, supliendo con efectividad necesidades básicas de carácter sanitario, alimentario, educativo e incluso de infraestructura, en cuanto a potabilización de agua o canalización. Esto ha sido posible, como decíamos, por la influencia ejercida en algunas zonas de difícil acceso para el gobierno; pero las operaciones militares han despojado a los guerrilleros maoístas de su capacidad de acción política. Como podemos ver, es mucho más reducida de lo que podía parecer, y la mayoría de analistas coinciden en que, pese a lo que dijera el presidente Singh en 2009 calificándolos como “la mayor amenaza interna para la seguridad del país”, después de estas acciones y éxitos coordinados de las fuerzas del estado, no se pueden seguir considerando un verdadero problema para el gobierno indio. Pero si quiere mantener estos éxitos e incluso aumentarlos, la única opción pasa por solucionar los problemas que han causado la rebelión. La derrota en 1972 no sirvió más que para retrasar unas décadas un asunto que ha vuelto a resurgir con mucha fuerza, y que lo hará otra vez si no mejoran las condiciones socioeconómicas de la gente que vive en los territorios donde se establecen. Para lograrlo no basta con simple inversión económica, sino una reorganización política que impida la corrupción y devuelva la legitimidad política al sistema. Esto es, por supuesto, mucho más complicado que una operación militar, pero sería la única manera de asegurar que el gobierno central pueda mantener el control de la integridad de su territorio. En cualquier caso, los propios naxalitas no parecen tener muchas posibilidades de crecer de nuevo, al menos, a corto plazo. Su ideología y defensa de derechos populares cala muy bien entre la sociedad rural que ya conoce su mensaje, pero su aceptación en el país se limita a una simpatía ocasional como individuos que luchan por la mejora de sus condiciones de vida, con una expansión limitadísima en el terreno urbano más allá de unos pocos estudiantes. No hay atisbos de que la ideología pueda extenderse ni causar disturbios serios, pero tampoco de que las zonas rurales que están bajo su control deseen prescindir de ellos.

Bibliografía

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