Alepo un año después de la batalla

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Ruinas del este de Alepo / Alberto Rodríguez

Parece que en la prensa del ‘mundo libre’ la verdad ha perdido todo su sentido. Bajo el paraguas de un relativismo absoluto, los propagandistas más mediáticos han encontrado una excusa para justificar sus mentiras bajo la premisa de que solo interpretan su realidad.

Hace un año, durante la liberación de Alepo, la prensa internacional llevó a cabo una de las mayores campañas de mentiras de los últimos años. Algunos llegaron incluso a ser tan ridículos que no escondían que basaban sus informaciones en lo que publicaba la cuenta de twitter de Bana Alabed, una niña nacida durante la guerra y que vivía en el Este de Alepo. Uno de sus tuits más icónicos fue aquel en el que aseguraba en un excelente inglés que era preferible una tercera guerra mundial a permitir que Rusia siguiese ayudando en Alepo a las tropas del Ejército Árabe Sirio.

“Querido mundo, es mejor empezar la 3ª guerra mundial antes que permitir a Rusia y Assad cometer el #HolocaustoAlepo”

Tal despropósito, lejos de quedarse en una broma tuitera, fue más allá y se llegó a permitir que en pleno prime time “expertos” asegurasen que terminar con la bolsa rebelde en el este de Alepo era algo terrible que había que evitar a toda costa. Para finales de 2016 la resistencia inicial de Fatah Halab ya se había transformado en ganas de negociar con el gobierno, pero el brazo de al-Qaeda en Siria Jabhat al-Nusra y Harakat Nour al-Din al-Zenki -conocidos por grabar la decapitación de un niño- lo impedían atacándoles e incluso disparando a civiles que intentaban huir o izaban banderas sirias. Es decir, en un plató de La Sexta hay quienes han blanqueado y defendido con total impunidad a los mismos que el 11 de marzo de 2004 asesinaron a casi 200 personas en Madrid.

La campaña tenía un discurso muy claro que solo se sostenía con informaciones de las que todavía hoy nadie ha podido aportar una sola prueba o confirmación: Combatir a los rebeldes en Alepo era un crimen y solo podía llevar a la ciudad a una situación aún peor, a un clima de terror y persecuciones digno de los tiempos de nuestra inquisición; aunque fuese a los fanáticos religiosos a quienes se estaba intentando expulsar.

Casi un año después de la batalla de Alepo y esta campaña mediática, todavía se siguen vertiendo mentiras sin nada que las respalde. Por esta misma razón decidí ir a la ciudad y descubrir por mi mismo qué había sido de ella tras la batalla.  Quería conocer de primera mano la situación y a las personas que habitan Alepo para poder tener un criterio propio y comprobar si tenía algo de cierto lo que decían los principales medios de comunicación.

Hombre recogiendo los escombros para comenzar a reconstruir en el este de Alepo / Alberto Rodríguez

La entrada a la ciudad evoca a un entorno post-apocalíptico. Se trata de barrios enteros destrozados por cuatro años de intensos combates y más de treinta mil muertos. Los edificios no son más que imponentes esqueletos de hormigón, agujeros de bala y artillería y metal retorcido. Sin embargo, al adentrarse en las callejuelas es posible encontrar a pequeños grupos de personas retirando escombros y comenzando a reconstruir sus antiguos comercios.

No todas las calles son seguras, y muchas se mantienen cerradas porque los zapadores rusos todavía las están desminando. La pintada más común en el este de Alepo es нет мин (sin minas) en todas las zonas desminadas. Por desgracia éstas siguen siendo un importante factor de mortalidad en las afueras de la ciudad.

Son curiosas también las pintadas de Алеппо наш (Alepo es nuestra) en los barrios donde hubo combates más intensos, y que hacen referencia a la operación conjunta entre Ejército Ruso y Ejército Sirio. Debido a la gran presencia de Policía Militar rusa, la sensación es de que resulta más fácil hablar en ruso que en inglés.

Contrario al en ocasiones desolador silencio de los barrios que no han podido ser reconstruidos todavía se encuentra el oeste de la ciudad, donde la vida continúa ininterrumpida. El tejido eléctrico está destrozado, por lo que los generadores son parte del paisaje de la ciudad. También resulta bastante común que los generadores fallen y se caiga la luz por unos minutos varias veces al día.

También hay camiones que patrullan la ciudad llevando agua potable a las casas ya que no se ha logrado reparar completamente la infraestructura subterránea machacada por toneladas de artillería. A pesar de ello, la gente reconoce que en un año las condiciones de vida han mejorado mucho aunque todavía queda un enorme trabajo que hacer por delante. Es curioso caminar por calles abarrotadas de gente y pensar que hasta hace poco era un suicidio salir a pasear por las mismas.

Soldado del Ejército Árabe Sirio haciendo guardia en la entrada de la Ciudadela de Alepo / Alberto Rodríguez

Bajo la ciudadela ya se ha arreglado el asfalto y están reconstruyendo el acceso con ayuda económica de la UNESCO. También se han reabierto un par de puestos en los que tomar un refresco o fumar shisha bajo los imponentes muros de la ciudadela, uno de los castillos más grandes y antiguos del mundo.

La principal plaza de la ciudad es Saadallah al-Jabiri, donde bajo un enorme retrato de Bashar al-Assad hay una escultura que recita I Love Aleppo en la que es común encontrar a gente fotografiándose. Frente a la plaza hay un edificio que recuerda la guerra el cual amenaza con derrumbarse en cualquier momento debido al daño que sufrió la estructura en un ataque terrorista.

La plaza Saadallah al-Jabiri quedó completamente destrozada en 2012 por los combates, pero hoy ya reconstruida se ha convertido en el lugar en el que se conmemora la liberación de Alepo.

Desde donde mejor se observa la plaza es desde lo alto del edificio de correos. En 2014 un trabajador que simpatizaba con los rebeldes subió a la misma y comenzó a lanzar desde la azotea contra el suelo de la calle a sus compañeros hasta que lograron reducirlo.

Plaza Saadallah al-Jabiri / Alberto Rodríguez

El día que juega el Real Madrid, las terrazas y los bares se llenan de gente y no queda una sola mesa libre. Es uno de los equipos que más aficionados mueve en toda Siria; el otro es el Barsa. Con el partido las calles se vacían, pero durante la tarde los  puestos callejeros mantienen el ajetreo y el flujo constante a lo largo de Shoukri al-Qouwatli y colindantes.

Desde Bab al-Faraj, una de las nueve entradas a la antigua ciudad de Alepo, es posible acceder a un mercadillo por el que cuesta caminar. La primera vez que han abierto sus puestos desde la crisis ha sido a mediados de 2017. Cabe destacar que la población de Alepo es más conservadora que en Damasco, y es común ver a mujeres vestidas de negro tapadas por completo. Sin embargo, en este mercado la primera vez resulta chocante ver a estas señoras comprando lencería de colores fosforitos e incluso de marcas eróticas relacionadas con el mundo de la pornografía. Tal vez algo tan cotidiano sea lo que mejor define la ciudad: Un lugar de contrastes.

Los minaretes de las mezquitas están destrozados. Durante la batalla eran una posición importante para francotiradores y los pocos que resistían a la aviación los derribaban los rebeldes cuando se veían forzados a retroceder. La mezquita Omeya no fue una excepción, y  todavía está destruída. En la entrada hay unos soldados que impiden entrar a quien se acerca por el alto riesgo de derrumbarse que tiene la estructura, pero si que tienen un rato para compartir mate.

Guardias en la entrada de la Mezquita Omeya. Sobre la mesa, tabaco y mate / Alberto Rodríguez

La sensación con la que he vuelto de Alepo es con la de haber estado en una ciudad que refleja la destrucción de la guerra pero también las ganas de paz y reconstruirla de sus habitantes. He encontrado una ciudad que se esfuerza por volver a la normalidad.

No he sentido el terror ni la tiranía. En las calles de Alepo se puede hablar de política, pero también se puede charlar de fútbol o beber batidos al ritmo de música latina. Uno puede beber alcohol e incluso celebrar la navidad. Estas cosas sin embargo estaban prohibidas bajo el mandato de Fatah Halab y lo rebeldes.

Grupo de tras una visita escolar a la zona de la Ciudadela / Alberto Rodríguez

 

 


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