22.145 km2 : El radical contraste de Israel

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Bandera israelí en la fortaleza de Masada. / Alejandro Matrán

Tel Aviv es llamada la California de Oriente Próximo y he de decir que no se me ocurre otro eslogan mejor.

Puesto que es Shabat, las estaciones de autobús y tren están cerradas, así que aprovecho a dar un paseo por la antigua Yaffa. A lo largo del paseo marítimo me encuentro con turistas de todas partes del mundo, gente musculándose y haciendo surf, conjuntos dignos de la moda berlinesa de los 80 y sobre todo muchas sonrisas. Parece que esta ciudad está cubierta por la burbuja divina de la inmunidad. Después de una buena comida tradicional, sigo paseando por el casco antiguo en busca de unas cúpulas azules que he visto en el horizonte, pero no las llego a encontrar. En su lugar, me veo envuelto en una cabalgata navideña de cristianos ortodoxos árabes. A lo lejos suena una banda tocando el Himno de la Alegría -o según se mire, el himno de la Unión Europea- lo cual no deja de sorprenderme. Después de varias modestas carrozas y muchos niños representando pasajes bíblicos, el desfile termina en una fiesta con fuegos artificiales, té y danzas populares.

Mientras los movimientos de los bailarines me hipnotizan noto cómo alguien está tirando de mi mochila. Me doy la vuelta con un poco de mal humor y me encuentro con un grupo de niños que se están riendo. Uno de ellos comienza hablar en una mezcla curiosa de inglés y árabe para decirme que me parezco a su amigo, que estaba quieto, con los brazos pegados a los lados del cuerpo y la cabeza gacha intentando ocultar una sonrisa nerviosa. “Tienes la nariz grande y el pelo rizado como mi amigo” – me dice antes de asegurar que somos hermanos y que sentimos un profundo amor el uno por el otro – “¿Te gusta Israel?” – me pregunta otro. No sé qué contestarle así que me limito a preguntarle – “¿A ti te gusta?” – a lo que responde asintiendo tímidamente con la cabeza. Después de una foto y de un rato haciéndole pasar vergüenza a su amigo los niños deciden irse con sus familias a seguir con la fiesta.

Los días en Tel Aviv pasan y conozco a varias personas, de día y de noche. Nuestros temas de conversación son sorprendentemente desconectados de la realidad del país. Cine, gimnasios, trabajo, amigos, dinero, fiestas… y si se habla sobre el Gobierno, o cualquier otro tema relacionado, ha de hacerse entre risas y asegurándose de no darle demasiada importancia puesto que no la tiene. Me gusta su cercanía y su pensamiento liberal pero me deja atónito la indiferencia que se respira en la ciudad ante un conflicto tan grande y tan cercano.

Una sensación parecida tengo cuando llego a Tiberíades, en el Mar de Galilea, donde los hoteles acaparan el skyline entre ruinas de mezquitas, iglesias y sinagogas. Mi confusión me trae un recuerdo a la mente y entonces lo entiendo.

Ruinas de una mezquita en Tiberíades tapadas por las nuevas construcciones. / Alejandro Matrán

Entre el sonido de las ruedas de doscientas maletas, la megafonía del aeropuerto de Ben Gurion comienza a sonar. Tres toques de gong dan la impresión de que algo va a descender del cielo encapotado entre jarros de agua. Mientras la voz de la azafata hace eco por todo el edificio, de apariencia cuanto menos bíblica, en mi cabeza resuena otra cosa:

“Yo haré llover sobre la tierra cuarenta días y cuarenta noches; y raeré de sobre la faz de la tierra a todo ser viviente que hice.”

 

Sin duda ese recibimiento del principal aeropuerto del país y mis primeros días en Tel Aviv son solo un solo pequeño reflejo de lo que Israel es: un despliegue de medios que esconde una realidad totalmente distinta; un contraste bestial en tan solo 22.145 km2.

Es medio día y decido coger un autobús a Belén (Cisjordania). El conductor ha decidido colgar una bufanda del Real Madrid en el parabrisas y pretende arrancar en pocos minutos. El viaje es sorprendentemente largo pero se hace entretenido porque voy viendo unos vídeos musicales en el móvil de un hombre que debe creer estar solo en el autobús. Una vez me bajo del vehículo, una marabunta de palestinos se me echa encima para ofrecerme sus servicios de taxista y guía turístico, así que me lleva un rato salir de ahí.

Banderines palestinos en una calle de Belén. / Alejandro Matrán

Mientras voy caminando por las calles abarrotadas veo banderines palestinos y cómo la gente pasea por el mercado sin presencia de militares israelíes, lo cual es bastante reconfortante. En el centro de la plaza principal se erige un enorme belén y un árbol de Navidad. A un lado está el Centro de la Paz de Belén. Al fondo, la Basílica de la Natividad, y en frente, entre una gran bandera palestina y el minarete de una mezquita, veo una cafetería que me llama la atención: un Starbucks descaradamente falsificado. Desde la tienda de al lado alguien me llama. Es Mohammad, de 31 años, un artista de origen jordano que, aparte de la que tiene en Belén, lleva una tienda de arena en Ramallah. En la tienda conozco también a Abu Musa y a Abu Busra, uno de ellos es su socio y el otro es el dueño del restaurante de pollo frito de enfrente. Rápidamente, Mohammad abre un cubilete que usa a modo de caja registradora y coge un billete diciendo “los últimos 50” antes de invitarme a cenar a su casa, un cubículo sin calefacción, donde el vaho sale blanco de la boca, con un diminuto cuarto de baño y un camping-gas, donde cocina un plato tradicional de pollo, arroz y coliflor mientras escuchamos música palestina. Durante la cena, a la luz de las velas, comienza una larga conversación que desemboca en un gran manifiesto de Mohammad sobre sus proyectos artísticos mientras la botella de arak se vacía rápidamente antes de irnos a dormir.

Al día siguiente me quedo con él y Abu Busra en la tienda y les ayudo a reorganizar la disposición de la mercancía. A lo largo del día ni un solo cliente entra a echar un vistazo. “Ya no hay turistas” – me dice Mohammad – “Desde que Donald Trump declaró Jerusalén como capital de Israel todos los turistas han cancelado sus billetes porque tenían miedo.”

Tras un tenso viaje en el que el conductor del autobús va dando cabezazos de sueño y un largo camino desde la estación, por fin la Puerta de David me resguarda del calor del sol matutino. Una vez que cruzo la muralla entro en otro mundo. Justo enfrente está el bazar, así que me dirijo hacia allá, le compro unas palestinas a un niño, sigo mi camino y me pierdo. La ciudad antigua de Jerusalén es pequeña, pero laberíntica y el mapa de la oficina de turismo apenas incluye cuatro calles más aparte de las principales, así que decido ir a la deriva hasta que por fin me ubico. Estoy en el barrio cristiano. Las calles son realmente tranquilas y estrechas. Mientras paseo disfrutando del silencio sepulcral del ambiente me encuentro con un chico que está cantando asomado a la ventana. Me mira sin dejar de producir sonidos como si yo fuera incapaz de verle. De repente me veo rodeado de sombreros que me tapan la vista y tirabuzones que se mueven frenéticamente según la prisa de su dueño. Definitivamente estoy en el barrio judío, repleto de joyerías y galerías de arte. Entre los rabinos, de vez en cuando descubro algún grupo de adolescentes norteamericanos haciendo turismo religioso.

Puesto policial en el barrio musulmán de Jerusalén. / Alejandro Matrán

Después de la declaración de Trump yo también tenía mis dudas sobre qué hacer con el billete pero –“Jerusalén es una ciudad tranquila y con diversidad cultural” – digo para mis adentros antes de entrar en el barrio musulmán para dirigirme hacia el Monte del Templo. El recinto tiene varias puertas y cada una cuenta con un puesto de guardia de la policía israelí. Además de esto, hay otros puestos localizados casi en cada esquina del barrio, pero no todo acaba aquí. Cansado de buscar una entrada para ir a la mezquita de Al-Aqsa decido salir de la ciudad antigua por la puerta de Damasco. Lo que me encuentro es nada más y nada menos que un puesto de guardia al lado del arco de piedra y dos torres de vigilancia ocupadas por el ejército en lo alto de la escalera que da a la parte Este de Jerusalén.

Puerta de Damasco, Jerusalén. / Alejandro Matrán

Son casi las cuatro de la tarde, el sol comienza a reflejarse en la cara oeste de la dorada Cúpula de la Roca y la temperatura baja notablemente mientras me dirijo hacia el Monte de los Olivos. Allí conozco a Yasid, un palestino de 34 años que me comienza a contar la historia del conflicto palestino-israelí y me indica desde dónde puedo ver el muro que separa Israel de Cisjordania. No todo el mundo sabe de su existencia, pero lo cierto es que es un muro bastante parecido al de Berlín, solo que este aún sigue en pie. Al cabo de un rato, Yasid vuelve para enseñarme algo. Un profesor está dando clase a unos jóvenes que se encuentran sentados en unas gradas de piedra. Todos son judíos, así que hablan hebreo. Yasid hace de traductor. Mientras tanto, me fijo en que el profesor lleva algo en la cadera. Una pistola. Cuando le pregunto si es normal que los civiles vayan armados, Yasid se ríe y me enseña un vídeo en el que se aprecia perfectamente cómo un rabino dispara a un joven árabe sin razón ninguna. Instantes después aparecen varios militares israelíes y colocan un pequeño cuchillo al lado del cuerpo sin vida. Ante mi cara de asombro, Yasid me muestra más vídeos en los que ocurre lo mismo y me dice que

“Es normal, todos los judíos pueden ir armados. Hombres, mujeres, todos. Si ven que un árabe va detrás de ellos por la calle y tienen miedo de que les haga algo pueden disparar sin problema.”

 

Vista de la Cúpula de la Roca desde el Monte de los Olivos. / Alejandro Matrán

El profesor sigue hablando sobre los supuestos orígenes de Israel y su derecho como nación judía con cierta soberbia mientras los alumnos toman nota; algunos con más entusiasmo que otros. Tras un largo silencio, cuando el sol solamente deja ver sus rayos, Yasid vuelve a hablar.

“El problema no son los judíos. Yo trabajo con un judío. Es iraní y no tengo ningún problema con él. De hecho hay rabinos que defienden a Palestina. El problema son los israelíes. Pero no os preocupéis por los palestinos; somos gente fuerte. Yo he nacido aquí y voy a morir aquí, aunque las cosas ahora mismo van a ir a peor.”

 

¿El problema son los israelíes? Me pregunto: ¿es ser israelí una ideología en sí misma? ¿Es lo mismo ser israelí de nacimiento que israelí de pensamiento?

Dicen que Ben Gurion es el aeropuerto con más medidas de seguridad de todo el mundo, lo cual he comprobado. Una vez superado el primer control para volver a casa, donde un empleado me interroga profundamente, me dirijo hacia el control de equipaje. Allí un miembro de seguridad me redirige hacia un control especial, donde me piden mi documentación y una chica, que desprende bastante poco júbilo, me dice con voz ronca que abra mi maleta, dentro de la cual encuentra una palestina. Acto seguido se da la vuelta buscando algún compañero que acuda al “lugar de los hechos” urgentemente. De repente aparece una mujer con mi pasaporte y comienza un segundo interrogatorio que se lleva a cabo mientras veo cómo toda mi ropa abandona poco a poco la maleta. Minutos después viene un tercer interrogatorio seguido de algún tipo de test y un exhaustivo escáner de mi equipaje, que finalmente es devuelto con prisa a su lugar correspondiente antes de ser expulsado a patadas casi literalmente de la sala de control. Sin duda todas estas medidas son fruto del racismo y la paranoia del Estado y la ideología israelí.

Durante el tiempo que he estado en Israel he conocido a mucha gente diferente. Unos judíos, otros árabes, cristianos y musulmanes. No están enfrentados, quiero decir, no la gran mayoría. Efectivamente, como decía Yasid, no es un problema religioso, sino ideológico. Es realmente fácil identificar a ese israelí, o israelí de pensamiento, su paranoia lo delata. Pero en realidad ¿Se trata de miedo a lo árabe o de miedo a que su sistema se tambalee? Durante décadas, la mayoría de países de la OTAN han dado carta blanca a Israel a pesar de ser conscientes de que sus acciones no eran las más apropiadas. Esta seguridad se ve reflejada en los israelíes, que quizás se sienten dueños de un derecho que saben que en realidad no les pertenece del todo. Es lo único a lo que se puede achacar su desconfianza enfermiza y su constante estado a la defensiva.

Pero insisto, por fortuna, y también a sorpresa de muchos, he de decir que no todos los nacidos en Israel, ni siquiera todos los judíos nacidos en Israel, son israelíes. Definitivamente es necesario diferenciar entre los israelíes de nacimiento y los israelíes de pensamiento, pues no todos sienten que su propio país tenga derecho a existir tal y como se plantea. Puede llamarse Israel, puede llamarse Palestina, o podríamos inventar un nuevo nombre si queremos, pero lo que está claro es que es una tierra donde judaísmo, cristianismo e islam tienen derecho a coexistir sin imponerse uno sobre otro pues es sencillamente ridículo discutir sobre quién llegó antes; la realidad de Israel es que sus habitantes, sean de la religión y el origen que sean, han nacido todos sobre la misma tierra.

Ruinas de una mezquita en Tiberíades. / Alejandro Matrán
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Alejandro Matrán

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